El trabajo permanente de Dios
Filosofía para todos
La teoría filosófica que deja a Dios sin tiempo libre
Para Malebranche, hasta el más mínimo gesto es una ocasión para la acción divina
Los primeros pasos de la filosofía moderna estuvieron marcados por el racionalismo. René Descartes apuntaló los pilares de una corriente de pensamiento que consideraba la razón como la única herramienta válida para alcanzar verdades de las que no se pudiera dudar. Sin embargo, su preocupación no se limitó a la teoría del conocimiento, y no tardaron en llegar las preguntas sobre el hombre y sobre Dios.
Gracias a su famoso método, el francés alcanzó ese «pienso, luego existo» que se convertiría en la primera verdad sobre la que sustentar su filosofía. Así, el ser humano pasaba a ser entendido como la unión entre dos sustancias muy distintas e independientes: la res cogitans, el alma pensante, y la res extensa, el cuerpo. Las diferencias entre ambas son de tal calado que fue difícil explicar la relación existente entre ellas. Descartes señaló la glándula pineal del cerebro como punto de encuentro entre cuerpo y alma y lugar en el que se producía esa interacción entre ambos.
Sin embargo, la solución cartesiana no terminó de convencer a sus discípulos. Malebranche y Leibniz se pusieron a la tarea y en ambos casos llegaron hasta Dios. En el caso del segundo autor, apostó por una «armonía preestablecida» entre cuerpo y alma que hacía coincidir los pensamientos de una con las acciones y movimientos de la otra, a modo de dos relojes sincronizados a la perfección.
Un trabajo eterno
En cuanto a Malebranche, su teoría también apunta a un Ser infinito, pero lo hace cargando su existencia de un 'trabajo continuo' que se ha venido a denominar ocasionalismo. Según esta idea, dado que la relación entre ambas sustancias es imposible, es el propio Dios el que interviene «cada vez que se produce un movimiento en el alma para producir un correspondiente movimiento en el cuerpo y viceversa», tal y como explica Ferrater Mora en su magnífico Diccionario de filosofía.
El concepto de causa se sustituye por el de ocasión en la filosofía del racionalista. El error, explica, está en creer que mover el brazo después de querer hacerlo implica una relación de causa y efecto que no puede darse en los seres creados, ya que no poseen ese poder causal. El deseo de realizar ese movimiento es ocasión para que Dios lo lleve a cabo. Lo mismo ocurre con la interacción entre dos cuerpos, puesto que, entendidos ambos como algo extenso y pasivo, no pueden influir uno en el otro. Solo la acción constante de Dios sostiene el orden del mundo a través de las leyes generales de la naturaleza, como las del movimiento.
Sorprendentemente, la crítica a la causalidad que realiza Malebranche será continuada después por el empirista David Hume. El británico también reconocerá que no tenemos ninguna experiencia que nos permita trocar «sucesión» (entre el movimiento de una bola de billar y la siguiente, por ejemplo) en «causa». Hume, sin embargo, no apela a Dios: sostiene que la causalidad es una expectativa provocada por el hábito.