Fundado en 1910
César Wonenburger
Crítica de MúsicaCésar Wonenburger

¿Hay un director en la sala? Currentzis perdió su anillo en Madrid, pero no sus seguidores

Teodor Currentzis se desvaneció ayer durante la interpretación de «El anillo sin palabras» de Wagner, en el Auditorio Nacional, aunque el concierto logró concluir con un enorme éxito

Act. 06 feb. 2026 - 11:44

Teodor Currentzis

Teodor CurrentzisAuditorio de Zaragoza

La despedida de Wotan fue también la de Teodor Currentzis. Alcanzado ese instante de una intensidad musical prodigiosa, casi insoportable, el de la desgarradora separación entre padre e hija, cuando el dios realiza el encantamiento que sumerge a la valquiria en un sueño perenne del que solo habrá de despertarla el héroe que merezca conocerla, el célebre director emprendió un desconcertante recorrido hacia los camerinos.

Cesó la música, se quebró el idilio y una amarga sensación de sorpresa, desamparo y suspense se apoderó de todo el auditorio. El público, en cualquier caso, ya estaba advertido. El comienzo del concierto se había retrasado unos minutos, que resultaron salvíficos para quienes casi nos perdemos el festín entre maldiciones al alcalde por el caos del tráfico madrileño en algunas de sus calles principales, a esas horas.

Salió el responsable de La Filarmónica, en una de esas temidas apariciones inesperadas presagio de algún infortunio. Y dijo que, esa misma tarde, Currentzis se había sentido indispuesto, pero que aun así pretendía cumplir con su compromiso en un gesto de pundonor taurino. «Va por ustedes», solo le faltó añadir.

Más «tapado» que en recientes ocasiones, esta vez con chaqueta y su eterno aspecto de Severus Snape, Currentzis se desembarazó rápidamente de la ovación que lo acogía, incluso con mayor fervor tras el anuncio de su quebranto, para dar inicio sin demora a ese arranque mitológico de la Tetralogía, el célebre salto de una quinta con el que Wagner pone en marcha el inicio de su máxima creación y, al mismo tiempo, sitúa la chispa inicial del enigma eterno que originó el universo en el metafórico arranque de El oro del Rin.

Esta vez, Currentzis pretendía asomarse al torrencial mensaje mediante unas píldoras, bien escogidas. Para el viaje había elegido una obra producto de un encargo a otro supremo alquimista del sonido, como él mismo. Hace unos años, a Lorin Maazel le habían propuesto que realizase un Anillo sin palabras, la condensación en hora y pico de la esencia musical destilada a través de las casi quince horas que dura, en toda su extensión, la famosa Tetralogía.

Un «invento» de otro tiempo

No era un invento nuevo. En otro tiempo, el músico y director de orquesta André Kostelanez, un ruso avispado para los negocios (había crecido en una familia muy rica), cuando tuvo que buscarse la vida en EE. UU. tras la revolución, dio con una fórmula discográfica que le permitió despachar más de cincuenta millones de vinilos con fragmentos, u obras breves, de grandes compositores.

Su exitosa fórmula le permitió realizar exuberantes arreglos musicales de óperas de Verdi, Puccini y hasta Rachmaninov, sin la intervención de las voces (Rigoletto without words). Pero con Wagner no se había ensayado nada parecido, al menos no con la particular ambición de reducir la monumentalidad del Anillo a su esencial esqueleto de cabalgatas, descensos por el Rin, complots criminales, piras gigantes y amores no menos incendiarios.

Maazel se puso manos a la obra y el resultado, que escandaliza a esos mismos puristas a menudo capaces de tragarse cosas de mucho menor interés, y desde luego peor servidas, si cuentan con el respaldo de su programación en algún supuesto gran teatro, es muy disfrutable, sobre todo si lo que se pretende es ofrecer una carta de presentación que permita asomarse a una obra tan compleja, capaz de desanimar a cualquiera que lo intente «a pelo» en una primera aproximación, sin el auxilio, la preparación ni la cultura adecuados.

Desde luego, el resultado no es ni mucho menos un Wagner para TikTok, porque incluso la jibarización dura 75 minutos, pero fundamentalmente por dos razones esenciales. La primera de orden práctico: Maazel respetó escrupulosamente el trabajo del autor de Tristán Isolda, sin añadidos ni vulgares remiendos, procurando en todo caso mantener una fluidez que se aviniese a los postulados del máximo reivindicador de la «melodía infinita».

La otra tendría que ver con la propia filosofía que inspiró el empeño wagneriano, su firme propósito, expuesto en sus obras teóricas, acerca de que la música se convirtiera en el auténtico vehículo motor del drama.

Trenzar esta suerte de popurrí con Verdi, el gran valedor de las voces, quizá pueda resultar algo frustrante salvo que el oyente decida convertirse en improvisado Leonard Warren, y se lance a probar sus dotes baritonales sobre la línea melódica para desesperación de familiares y vecinos. Pero en Wagner, donde el drama está expuesto fundamentalmente a través de la música, hay suficiente materia para dejarse seducir por el poder simbólico que se le escapa a la palabra.

Nuevos instrumentos para la vieja orquesta

Habría que añadir además una tercera virtud: por su propia misión, la orquesta wagneriana adquiere una relevancia desconocida hasta entonces. Para hacer realidad sus intenciones, el compositor se ocupó de desarrollar instrumentos (la tuba wagneriana) y enaltecer otros (trompeta baja, oboe contralto), … que confieren al conjunto una suntuosidad, una variedad y riqueza de matices insospechada hasta entonces.

Solo por escuchar este Wagner así interpretado por las huestes reunidas ahora en Musicaeterna, el formidable conjunto de 120 profesores que Currentzis se ha traído esta vez, la experiencia ya resultaría una gozada: en España no se ha apreciado una interpretación wagneriana de esta intensidad ni calibre desde que Barenboim venía con sus huestes berlinesas a alegrarnos los veranos en el Teatro Real.

Vayan tomando nota los sabios de salón: en cuanto Currentzis decida afrontar el repertorio wagneriano más allá de este aperitivo, haciéndose cargo de sus óperas, ya pueden decirles adiós a sus amigos.

En tiempos de ilustres mediocridades, cuando hoy solo Thielemann y Bychkov se aproximan a los logros de otras épocas más felices para la interpretación de Wagner, la llegada del maestro griego puede suponer un revulsivo o nuevo amanecer: imagínense un Tristán e Isolda con Lise Davidsen y este director más una puesta en escena inteligente (lo del Liceo quedaría en una anécdota).

El final de «Valquiria» coincidió con la inoportuna despedida de Teodor Currentzis, que hasta entonces tenía prendida a la asistencia con su sortilegio desde el comienzo hasta el casi insoportable clímax del adiós de Wotan, a través de su catártico despliegue de emociones primero contenidas y finalmente desatadas con máxima elevación de fulgores expresivos. Normal que el mal que aquejaba al director volviera a hacerse evidente en ese justo pasaje.

Currentzis se desmayó en el camerino

El legendario Franco Ferrara no pudo hacer la carrera a la que estaba predestinado porque en determinados momentos se desmayaba mientras dirigía. Currentzis, según contó el responsable de la organización que salió al quite cuando el maestro desapareció misteriosamente por una puerta lateral, se desvaneció nada más llegar al camerino.

Cuando regresó entre los mortales, todo estaba dispuesto ya para su inmediato remplazo. Mientras el desasosiego cundía en la sala, con el auditorio repleto, de un atril entre los violines surgió la sorpresa. El asistente de Currentzis, Ilya Gaisin, que según el portavoz había sido quien se había encargado de preparar la obra con los músicos, durante los primeros ensayos, se haría cargo del resto del programa.

Ilya Gaisin, aclamado al final del concierto

Ilya Gaisin, aclamado al final del conciertoCedida

Salió con su estampa menuda y sus lentes oscuros para rematar al Miura. Y lo hizo con más que admirable aplomo. Por figura y gestualidad, más que a su tutor recordaba en ciertos momentos al apasionado Kirill Petrenko.

No lo tenía fácil, pero Gaisin logró triunfar restableciendo la comunicación con una orquesta formidable, perfecta en todas sus secciones, con esa cuerda sedosa e incisiva, siempre empastada, la contundencia bien aquilatada, sin vacilaciones ni estruendos impropios del metal, y la precisa ductilidad y variedad de colores de las maderas.

Esa teatralidad que algunos echan en falta por la necesaria ausencia vocal en este Anillo sin palabras no resulta tal cuando se advierte tal entrega para desentrañar cada uno de los detalles resaltados en esta ajustada selección: desde el murmullo de las aguas a los delicados cantos del pájaro en el bosque, la enérgica violencia juvenil tempranamente desplegada en la fragua o el fiero crepitar de las llamas que anuncian la llegada de un orden nuevo, todo aparece dibujado, por ejemplo, mediante la pulcra administración de dinámicas imposibles para otros conjuntos. Desde luego, no con esa precisión capaz de convertir, mediante el empleo de la cuerda, un pianissimo en un casi imperceptible hilo de sonido pleno de significado.

Al final, las ovaciones resultaron casi tan estruendosas como si el propio Currentzis hubiese conseguido concluir la faena. Merecido reconocimiento para el asistente, Gaisin; el inmenso trabajo que hay detrás de lo que consiguen estos músicos formidables, y también para el fallecido Maazel. El recordado maestro franco-americano logró destilar sus exquisitos poderes de taumaturgo para ofrecer no un remedo imposible al goce de una de las obras esenciales de la cultura occidental, con todas sus complejidades, pero sí un más que interesante esbozo que sirva para abrirle el apetito a los escépticos.

La mejor conclusión de este concierto puede condensarse en el diálogo que logré apreciar mientras salía del Auditorio Nacional. Un señor caminaba en compañía de lo que parecían sus tres rubias hijas. Mientras comentaban animadamente en voz alta lo que acaban de vivir, una de ellas le dijo al hombre: «¿Y de las cuatro (imagino que se refería a las óperas individuales que conforman el 'Anillo') por cuál me recomiendas comenzar?» El hechizo surtió el efecto esperado.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas