Fundado en 1910
Daños en un campo de cultivo en Almodóvar.

REMITIDA / HANDOUT por ASAJA
Fotografía remitida a medios de comunicación exclusivamente para ilustrar la noticia a la que hace referencia la imagen, y citando la procedencia de la imagen en la firma
11/2/2026

Un campo de cultivo en AlmodóvarASAJA

Arraigo: un muro seco ciñendo un campo

Cuando me comunicaron el tema de la mesa redonda con el título «Tener, ser, pertenecer» dentro del Congreso (Des)Arraigo, la primera idea que me vino a la cabeza fue algo desconcertante: ¿hasta qué punto podemos tener arraigo en esta vida cuando estamos aquí «de paso»?

Cuando me comunicaron el tema de la mesa redonda con el título «Tener, ser, pertenecer» dentro del Congreso (Des)Arraigo, la primera idea que me vino a la cabeza fue algo desconcertante: ¿hasta qué punto podemos tener arraigo en esta vida cuando estamos aquí «de paso»?

Antes de abordar lo que pueda implicar tener, ser y pertenecer en esto del arraigo o del desarraigo, mi primer movimiento, mi reacción inmediata, tuvo algo de ese gesto con el que comienzo algunos de mis paseos por las dehesas de Ávila: tocando, que la tengo al lado, la valla del cementerio. O mejor dicho, ese término tan bonito de camposanto: un campo santo, sagrado.

La tapia del camposanto

Porque así es como emprendo algunas caminatas, con ese gesto de tocar con la mano la tapia del camposanto de mi ciudad. Éste linda con los restos de una dehesa donde se encuentra mi urbanización y nuestra casa, entre un polígono, la estación de bomberos y otras dehesas amplias y bien cuidadas que hay cruzando la autopista. Entre ellas discurre un camino público que va a dar a varios pueblos cercanos.

Así que doy inicio a mi intervención sobre «Tener, ser, pertenecer» en relación al arraigo o al desarraigo con algo paradójico, tal y como empiezan algunos paseos hasta Brieva o Vicolozano. Porque el arraigo aquí, con toda su importancia, tiene ese constante contrapeso de la tapia del camposanto que nos recuerda algo, y que, a la vez, proporciona ánimo para la hora y media o dos horas y algo andando, es variable.

La tensión de la paradoja

Inmediatamente, como parte de esta paradoja, me surge otra idea sobre el desarraigo: la intuición de que es posible que muchos de los diferentes desarraigos que caracterizan a nuestra sociedad contemporánea se deban a la ignorancia en la práctica, al ocultamiento, al olvido, de esa verdad con la que comienzo mis paseos por el campo. Es esa consciencia, y también conciencia, hoy olvidada, que nuestros antepasados tenían y cultivaban al saberse precisamente «de paso» con una fe que hasta hace unas dos generaciones producía una interesante tensión.

La paradoja no deja de ser un modo de tensión de la propia realidad, paradójica siempre. Hay tensión entre el tener, pertenecer y ser de tejas abajo y esa apertura, ya desde aquí, hacia el definitivo arraigo, nuestro ser, pertenecer y tener finales, nuestro último hogar y patria, para el que estamos creados.

Y, sin embargo, este mundo no debe, no puede, ser considerado como una mera «servidumbre» de paso. Porque no es tal el camino por el que andamos: no es así como lo ve, como lo considera, un católico.

Arraigo: templo

Hace unas semanas el profesor Francisco Gallardo nos explicaba el origen de la palabra templo a través de la palabra griega temenos, temnein, recortar, acotar un suelo y, también, el cielo.

Los primeros templos no tenían techo, se trataba de, desde un concreto espacio terrenal, poder observar el cielo acotado para que el augur pudiera realizar, precisamente, sus augurios de acuerdo al vuelo de las aves que por él pasaban.

Esto del templo como terreno terrestre y celestial delimitado resonó en mí con fuerza: sí, nuestros hogares, nuestras vidas, necesitan cortar un definido espacio terrenal y relacional también para poder vivir, para poder mirar al cielo.

Necesitamos también de compañía concreta y cercana con la que emprender el camino, sabernos parte de una comunidad, o preferentemente, de varias: una comunidad única puede acabar siendo absorbente y totalizadora, tiránica.

Y, sin embargo,… no somos nosotras

Pero hay siempre en nuestro interior un hondo deseo que no llega a satisfacer por completo ningún arraigo terrenal, ningún amor o pertenencia y, desde luego, ninguna posesión. Antes bien, todos los buenos arraigos muestran en gran medida y con diferentes notas ese otro arraigo final que anhelamos, del que son, en cierto modo, imagen los terrenales: la naturaleza, nuestro hogar, el amor conyugal, el filial, el tiempo disfrutado con tantos amigos y familiares, etc., nos hablan, con todas sus limitaciones, del arraigo definitivo que nos aguarda.

Voy por ese campo glorioso primaveral, tan breve en Ávila, cuando la dehesa estalla en verde brillante gracias al agua (y a que el sol todavía no abrasa), o en ese sueño de diciembre, con el campo ensimismado, y es imposible no maravillarse con las criaturas, sean encinas centenarias, rabilargos peleándose, un zorro que se ha echado en el camino y se despereza al notar unos pasos, los eternos milanos planeando o un par de parejas de águilas.

Pero el campo, y por supuesto y primero las personas, hasta las más amadas, acaban respondiéndonos como San Agustín hace más de mil seiscientos años: «no somos nosotras, busca a Quién nos ha hecho…» Y es también San Agustín quien expresó los límites de nuestros arraigos terrenales con una de las afirmaciones que mejor muestran el alma humana: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti».

Tener… ¿qué?: posesiones inmateriales y materiales

Tengo, como todo ser humano diversas posesiones importantes a diferencia de los animales, que no tienen nada, que no se apropian de nada, que no poseen nada. No seré yo quien rechace el tener como algo fundamental humano y clave de varios de nuestros arraigos.

El pensamiento griego clásico ya señalaba que lo distintivo del hombre es tener, pero en esta tradición hay que identificar distintos grados (citando a continuación al profesor Juan Fernando Sellés, que cita a Leonardo Polo). Hay un tener práctico: posesiones físicas o materiales, entre las cuales el lenguaje es la más importante. Por encima de esto, un tener ideas, el modo de poseer propio de la inteligencia. Y un poseer aún más alto: las virtudes, el dominio de los propios actos. Más allá otro tener, los hábitos intelectuales: los prácticos (la prudencia en la cima) y los teóricos, cuya cúspide es la sabiduría.

Cuando se cae en la cuenta de que muchas de estas posesiones inmateriales pueden quedar opacadas, incluso ignoradas, por otros teneres más conocidos y populares se puede sentir algo que se llama vergüenza.

Arraigo: Alguien en casa

El tener según nuestro cuerpo se asienta en la triada «habitar, trabajo y propiedad». Habito una casa y habito el mundo, un modo de tener propio, así es mi propio paseo por estas dehesas de Ávila… Se trata de un estar en el mundo en cierto modo dominando algo del espacio y el tiempo.

Nuestro trabajo es un modo de tener, de estar en el mundo, de disponer de él. Pero hoy, para nuestra desgracia, consideramos que sólo es trabajo el remunerado. De hecho, nuestra identidad en el mundo contemporáneo en muchos casos proviene del puesto profesional pagado que desempeñamos.

Así crecientemente el trabajo que se realiza en el hogar, con tu familia, el más importante, es visto como de segunda clase, residual, el que realizas en ese tiempo que te deja el verdadero trabajo, el remunerado. Y creo que gran parte del desarraigo actual tiene que ver precisamente con esto.

«No es compliquéis a la hora de explicar lo que es el Cielo» nos dijo Jorge Zazo, nuestro párroco, a varias catequistas preocupadas por cómo abordar los Novísimos para los niños de primera comunión sin caer ni en herejías ni en cursiladas: «decidles que es como cuando llegan a su casa tras un duro día de colegio y en ella están su madre, su padre».

Propiedad privada y pública

Del mismo modo, la propiedad privada y pública es una exigencia de mi cuerpo, necesito tener unos zapatos propios, aunque esté pasando en este momento por un camino público que permite que podamos atravesar los caminantes dehesas que son privadas respetando unas normas (abre cancela, cierra cancela, que hay ganado).

Hay algo profundamente maligno, anti humano, en tanta cháchara sobre el desprendimiento obligado de los bienes materiales, sea éste de corte estatalista, sean otras filosofías en boga. Hay algo extraño en ciertos estoicismos, en filosofías orientales de desapego de los bienes materiales: algo falso, tramposo, que no cuadra… Como con el deseo, tan mal entendido, tan denostado, todos estamos hechos para poseer algo en este paso temporal.

El «no tendrás nada y serás feliz» es una mentira ideada a conciencia por quienes nos pretenden sin el arraigo natural y humano que supone, para empezar, tener un hogar, que es de las posesiones más significativas e importantes del ser humano.

El desarraigo del consumismo

Y, efectivamente, el consumismo nos desarraiga: esa fiebre devoradora de tener que poseer un objeto y luego otro y otro, la acumulación, no hay posesión que nos baste, un modo quizás de acallar, de tapar, nuestro anhelo más profundo. Pero esto es una desviación del tener, un haber perdido el foco, porque el tener en sí es humano.

Tener cosas tangibles y duraderas forma parte de ese armazón que rodea las cosas permanentes de las que hablaba Russell Kirk: tener objetos que heredamos, también que adquirimos, diferentes, no intercambiables, tener una casa propia, tener un taller, un negocio también…

Kevin Roberts, director de la Fundación Heritage, en su libro recién traducido al español «Un tiempo nuevo» habla precisamente de la importancia de una economía tangible, real, donde las personas tengamos cosas materiales significativas, no una economía financiarizada. Frente a todo esto reivindiquemos las posesiones que nos arraigan en una historia familiar, en un territorio, en el mundo a través de cosas que tocamos y llamamos «nuestras».

Conocer, valorar y agradecer lo dado

Los excesos «del tener», la avaricia, la codicia, se combaten mejor desde dos pasos antes y con otra idea hoy olvidada: reconocer que casi todo, o al menos lo más importante, lo hemos recibido. En consecuencia, y sólo tras ese conocer primero y re-conocer el valor de lo recibido, está el sentimiento de gratitud, ese dar las gracias de las personas conscientes y educadas.

Porque otro de los grandes generadores de desarraigo en este plano es, precisamente, la extendida ignorancia sobre todo aquello que nos ha sido dado, la vida para empezar, pero también la tradición y el saber acumulado, experiencial y de otro tipo, de quienes nos precedieron. Hoy los expertos que proliferan en cualquier campo han sustituido al saber decantado durante siglos.

Pero es que, además existe un adanismo y presentismo que permea los más diversos ámbitos. Es otra característica de la sociedad contemporánea que considera que hasta que su generación llegó (sea millenial, zeta, X) la gente no amaba, no sabía realmente nada importante, no podía educar niños correctamente, ignoraba los árcanos de la política o la cosa pública que hoy nos son revelados, o, incluso, su fe era de segunda clase en comparación con la autenticidad de la nuestra.

Resulta totalmente sintomático pensar que tu abuela, que rezaba el rosario en misa, no vivía la misa con verdadera fe y piedad, pongo por caso, o que con tal o cual evento o movimiento o carisma religioso de este siglo o del pasado y benditos sean todos, vayan por delante llegamos al culmen de la fe católica.

La falta de conocimiento, reconocimiento y gratitud por lo dado nutre el desarraigo: niños, jóvenes y adultos narcisistas, neuróticos y egocéntricos, porque consideran que todo se les debe, que todo es su derecho o, también, que todo es fruto de su propio esfuerzo (los self made men… y women).

Ver al niño como centro del universo y no como un miembro nuevo que aportará su novedad, claro, pero que debe ser integrado en una comunidad preexistente que con amor lo acoge y educa, genera personas profundamente desarraigadas.

Y tú ¿de quién eres?: pertenecer

Pertenecer es lo que en principio dice más de mí. En el orden natural es así, ese «y tú … ¿de quién eres?» con que te interrogan en los pueblos porque no saben si eres la hija de Conchita o de Paco. Tener una relación humana con otro ser humano fundada en esa mezcla de biología y cultura que es la familia o, más adelante, en otro conjunto de circunstancias, formar parte de una comunidad, de varias, es otra de las herramientas del arraigo.

Nada (bueno, casi nada) dice más de mí que soy hija de mis padres, mujer de mi marido, madrastra de mis hijastros, prima de 35 primos carnales, sobrina, tía, en fin, todo ese entramado familiar al que estoy unida por lazos de sangre y vida en común, veranos juntos, duelos, alegrías y, también, desgracias.

Y es cierto ya que ese pertenecer a una familia y, posteriormente, a la comunidad de vecinos de tal barrio, asociación cultural o profesional, educativa, social, etc., todo ese entramado de comunidades ya nos proporciona un cierto sentido de identidad básico de ese «¿quién soy yo?», aunque la respuesta importante a ese quién soy yo se pronuncie antes.

En busca de comunidad

Como señala Robert Nisbet en el libro, de próxima aparición en español, «En busca de comunidad», gran parte del desarraigo actual y de nuestra entrega a dioses extraños, fundamentalmente al Estado, pero también a colectividades (hoy precisamente las de tipo identitario woke: feminismo, lgtbq, hay varias) tiene que ver con el borrado de la comunidad. Escrito en 1955 mantiene toda su actualidad como análisis de la pérdida de la comunidad.

¿Pero cuántas comunidades? Hay varias, algunas fundamentales, otras que nos pueden parecer menos importantes: primero familia, luego familia extensa (hoy desaparecida en muchos casos, pues sin hijos apenas no hay hermanos ni luego primos). No abordo la familia porque en este Congreso habrá quienes lo hagan y sí me detengo en la Iglesia.

Creo que en la actualidad es muy difícil vivir la fe sin una comunidad más pequeña que nos acompañe, llámese movimiento, parroquia, etc., dentro de la gran comunidad eclesial. He cambiado de opinión en esto porque constato de modo creciente la importancia que tienen hoy para vivir la fe comunidades intermedias que, además, contribuyen a menudo a construir otras comunidades: a veces barrio, otras iniciativas culturales y sociales, etc.

Trabajo, educación, barrio

¿Comunidades en el trabajo? Uno de los grandes problemas que tenemos en la actualidad es la movilidad en este campo que, siendo inicialmente buena, genera personas sin arraigados lazos laborales. Es más, se ha producido un cambio brutal en cuanto a sentido de pertenencia en este campo. La relación que existía en España en los años 50 y 60 y bien entrados los 70 entre empresas y trabajadores no tiene nada que ver con lo que hoy vemos.

En este ámbito, como en otros, hay mucha cháchara (sólo hace falta entrar en Linkedin, la red social con peor postureo por goleada) precisamente porque escasean las verdaderas comunidades en el ámbito laboral, y las que se nos presentan son a menudo sucedáneos. Asistimos así a una pléyade de «innovaciones» de origen anglo que tratan en muchos casos de tapar esa realidad de falta real de arraigo: departamentos de la Felicidad, retiros o convivencias laborales, etc. Sin pestañear se pasa del despido sin que te tiemble la mano o, también, el dejar el empleado totalmente en la estacada a la empresa al team building, es absolutamente chocante.

De gran importancia son las comunidades educativas. Las universidades, los colegios, los institutos, tenían un sentido de bien común y misión específica que hoy se ha borrado en gran parte con la habitual parafernalia pedagógica y burocrática. Los expertos, como ocurre con la educación familiar, han acabado con la comunidad educativa tal y como se entendía hace décadas.

No queda tiempo para abordar esa comunidad que es el barrio o el pueblo y que hoy, en muchos casos, se encuentran desdibujados por inmigración descontrolada, gentrificación, inseguridad y otras circunstancias.

Comunidad era salir de tu casa de niña y que el tendero a la puerta de su comercio te riñera si te portabas mal sin que tu madre se indignara porque esa comunidad también educaba. Comunidad eran ciudades y pueblos que no eran todos iguales, ni siquiera barrios, cada uno con su idiosincrasia. Comunidad es poder (y querer) conocer al vecino sin miedo o desconfianza si existe un común mínimo de educación y valores compartidos: si no los hay no puede haber comunidad.

¿Quién soy yo?

Abordo ahora lo más importante, que es la pregunta que se hacen todos los adolescentes de distintas edades y por eso a veces no hay quien los aguante si se dan vueltas en exceso con esa navegación psicologista tan agotadora.

¿Qué dio seguridad interna a nuestros padres, a nuestros abuelos, qué tipo de arraigo tuvieron para superar tantas dificultades? ¿Qué les hizo trabajar con alegría, adquirir cosas materiales importantes y vivir, a la vez, desprendidos, con ese equilibrio y tensión del «somos del mundo, pero no somos mundanos»?

Muchos de ellos estaban hechos de la convicción que San Agustín nos relata: «¡Ay, ay de mí, por qué grados fui descendiendo hasta las profundidades del abismo, lleno de fatiga y devorado por la falta de verdad! Y todo, Dios mío (…) todo por buscarte no con el intelecto (…) sino con los sentidos de la carne, porque tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío».

Ser: sólo Tú me conoces por mi nombre

Ese quién soy yo realmente, más allá de las comunidades, tiene una respuesta en el sólo Tú conoces mi verdadero nombre, ese que Tú me has dado. Como ese tercer nombre de los gatos que estos rumian en el poema de Eliot, nuestro nombre verdadero, quién somos, sólo lo conoce Dios. Es Dios quien le dice a Moisés «De veras te conozco por [tu] nombre» (Éxodo 33:12), o a Isaías, capítulo 43, versículo 1, «No temas, porque te he redimido; Te he llamado por tu nombre, eres mío».

Perdimos el arraigo más importante, ése que paradójicamente acaba por arraigarnos en este suelo terrenal sin devorarnos, sin secuestrarnos, el día que dejamos de sabernos creados a Su Imagen y Semejanza, hechos para Dios: nuestro nombre verdadero sólo Él lo conoce.

Ese día que dejamos de contar a nuestros hijos y nietos esto les robamos literalmente parte de su identidad, la de más peso y significado, dejándoles a la intemperie religiosa y también cultural, no lo olvidemos.

Ese día que dejamos de rezar personalmente y en familia, en el que la dispersión, el gran mal, nos hace perder nuestro centro, el corazón, lo más importante, es cuando nuestros supuestos arraigos terrenales comenzaron a ser esclavitud y nos deslizamos por la vía de diversos desarraigos.

El cielo de John Ford y de Ortiz Echagüe

Cada día en misa en el momento del Sanctus el Cielo se abre y mis padres, mis abuelos, mis amigos, mi hermana, ya del otro lado, se unen a mí, todavía de pie en esta delgada línea de tierra, como en las películas de John Ford o esas preciosas fotos de Ortiz Echagüe: dos tercios de cielo, cada vez éste más grande.

Disfrutando de los diversos arraigos de la amistad, de la familia, de pensar junto a otros y alimentarse de lo que leen y escriben, de tantas comunidades como de las que me sé y siento parte, contemplo con alegría, esperanza y admiración iniciativas que intentan generar comunidad y arraigo tan variadas y generosas como Terra Ignota, universidades como ULÍA, Casamata, por nombrar sólo algunas: todas, por pequeñas que sean, son importantes.

Y acabo este paseo por el campo cerrando la última cancela. Dejo atrás en Brieva esos campos con sus cercados, como tantos en España levantados piedra a piedra, sin argamasa, por algún dedicado y paciente anónimo hace ya muchos años. Esta es nuestra patria: muchos muros secos que guardan un trozo de campo desde el que miramos al cielo.

Este texto está basado en la ponencia de la autora presentada en el marco del congreso «(Des)Arraigo» organizado por CEU-CEFAS y la Universidad CEU Cardenal Herrera.

comentarios

Más de Cultura

tracking

Compartir

Herramientas