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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

Un conocido evangelista de Bach se despide

Helmuth Rilling, fallecido esta semana a los 92 años, no solo fue conocido como uno de los mayores propagandistas contemporáneos de la inmensidad bachiana, también asoció su prestigio a la creación de una orquesta española

Helmuth Rilling

Helmuth RillingMarco Borggreve / Escuela Coral de Madrid

Entre sus Sentencias y dardos, Nietzsche acuñó una frase que luego ha sido mil veces citada por quienes defienden la eficacia de burlar al tedio (eterna fuente de introspección de donde brota el conocimiento interior) con el sonido de una cornamusa. «Sin música, la vida sería un error», proclamó el autor de El ocaso de los ídolos. En realidad, sería insoportable.

Pero la sentencia no acaba ahí. Acto seguido, el filósofo la completa con la siguiente afirmación, más local: «El alemán se imagina que es Dios cuando canta». Por eso, quizá, Hitler ponía especial énfasis en que sus soldados acudieran a disfrutar de las producciones de Los maestros cantores que se programaban, repartidas por los principales teatros germanos, en cuanto este se hizo con el poder.

En las ocasiones en que pude conversar con él, nunca llegué a preguntarle lo que se imaginaba cuando, sobre todo de joven, cantaba a J. S. Bach, pero lo cierto es que Dios tuvo mucho que ver en el despertar de la vocación de Helmuth Rilling, uno de los grandes evangelistas del cantor de Leipzig, que acaba de morir esta semana, a los 92 años.

Helmuth Rilling

Helmuth RillingMarco Borggreve / Escuela Coral de Madrid

Aunque su repertorio era vasto, hasta abarcar las creaciones de su propio tiempo, Rilling consagró su vida mayormente a la difusión de la obra de su compositor de cabecera: fue el primero en llevar a cabo en el empeño monumental de grabar todas sus cantatas sacras, casi al mismo tiempo que dirigió entre cien y trescientas veces, por ejemplo, su Pasión según San Mateo.

Al director, organista y compositor nacido en Stuttgart, en 1933, se le apareció su destino en la iglesia. Durante su infancia y adolescencia, las misas se acompañaban con las magnas creaciones de Bach, que lejos de ser arroyo, como reflejaba su apellido, representaría más bien ese mar con el que Beethoven solicitaba que lo renombraran de nuevo por la profusión, variedad y belleza de sus composiciones.

Cantor de su iglesia, entre 1957 y 1998

A profundizar en la experiencia de Dios mediante la interpretación de partituras que evocan el sagrado misterio de la belleza infinita, contribuía modestamente aquel chaval tocando el órgano y cantando en cada servicio (fue cantor de la iglesia de Gedächtnis desde 1957 hasta 1998), mientras se formaba para la música en la Escuela Superior su ciudad. En el templo surgió el flechazo.

Apenas ingresado en la veintena, Rilling ya había fundado un coro, uno de los conjuntos que lo harían célebre, los Gächinger Kantorei, a los que más tarde sumaría, además, su propia agrupación instrumental, el Bach-Collegium Sttutgart. Junto a ambos recorrería el mundo para difundir la fecundidad del mensaje bachiano con alma y fervor de auténtico apóstol, como Santiago, otro breve pero significativo peldaño en su vida.

Si Rilling no ha gozado quizá de la fama de otros como Harnoncourt, Gardiner o el pionero Leonhardt, en este repertorio, seguramente se deba a que nunca se dejó influir por el virus del historicismo. Su biblioteca sobre Bach, los tratados antiguos acerca de usos y costumbres en la interpretación de la música antigua rivalizaban en su hogar con una formidable colección de biblias (de las que llegó a conservar auténticos tesoros) pero, en cambio, defendía que a la hora de interpretarlo había que acudir libre de consignas, prejuicios y dogmas.

Buscaba sobre todo la sencillez, la naturalidad y ese fogonazo imprevisto de la improvisación (que solo surge con garantías a partir del estudio profundo) para exponer un mensaje cuya permanencia y actualidad señalaba como la lógica consecuencia de su riqueza, hondura y complejidad.

Bach era capaz de «lidiar con cosas, asuntos, problemas que existían durante su tiempo, y también ahora. Se trata de situaciones comunes del ser humano como la tristeza o el sufrimiento o tener que tratar con la muerte, superar cosas que son difíciles de comprender», afirmó en una ocasión.

Al respecto de las prácticas defendidas por los cancerberos de lo único genuino, Alfred Brendel, que además de pianista era un escritor ameno, irónico e instructivo, cuenta una anécdota muy reveladora y verídica según su testimonio, porque él se encontraba ahí mientras se produjo. Aparece en su más reciente libro publicado estos días, en España, Milagrerías y escalas disonantes:

«Un hombre curioso visitó a un renombrado intérprete y erudito de la música del Barroco para que le explicara determinados hábitos interpretativos ‘auténticos’ (…) En lugar de la esperada referencia a los manuales del Barroco, el experto respondió: ‘Mire usted, alguien lo tocó así una vez y lo grabó, y los demás lo oyeron y lo imitaron».

Ganador de un Grammy por 'Credo'

No era en los numerosos registros discográficos servidos donde Rilling destilaba con mayor propiedad su particular maestría, aunque una vez ganó un Grammy, gracias a su disco del Credo de Penderecki.

Sus grabaciones de una de las obras a las que más atención dedicó, la Misa en si menor de Bach, quizá no cautiven en primera instancia con la intensidad de la fuerza dramática que Gardiner, por ejemplo, insufla a las suyas (cuestión no solo de enfoques filológicos, también influyen los temperamentos); pero quien asistiera a alguna de sus más contemplativas interpretaciones en vivo de esta pieza no podrá afirmar que no hubiese sido de algún modo iluminado por la experiencia.

Helmuth Rilling sosteniendo un premio Grammy en 2000

Helmuth Rilling sosteniendo un premio Grammy en 2000

Recuerdo cuando Rilling desplegó su campamento en Santiago, antes del nombramiento como primer director titular de la Real Filharmonía de Galicia. Acudía con una de sus principales contribuciones pedagógicas, aquellas Bachakademie con las que solía realizar giras sumando a las interpretaciones varias jornadas docentes, en las cuales alumnos de distintas nacionalidades recibían enseñanzas de los intérpretes y solistas convocados.

Por ejemplo, en Compostela, aquel estupendo barítono que era Andreas Schmidt (alumno del gran Fischer-Dieskau), despojado del peluquín para la ocasión, no solo cantaba en la Misa, también compartía los conocimientos y experiencias de una sólida carrera con jóvenes intérpretes.

Resultaba un placer seguir los ensayos de Rilling, aunque había que sentarse muy cerca del escenario porque sus indicaciones se desplegaban en susurros, igual que los diálogos en privado, donde masticaba con parsimonia cada palabra para luego ofrecérsela al interlocutor envuelta en un hilo grave, pero muy tenue, entre volutas de humo de aquellos breves habanos a los que se precipitaba en cuanto podía deshacerse de sus obligaciones en el auditorio.

La batuta, como un palillo de sushi

No era un director elegante, se colocaba la batuta entre los dedos pulgar e índice, como si se tratara de unos palillos para comer sushi o una cerbatana con la que lanzarle un dardo a cualquier músico díscolo o distraído. Sin embargo, el efecto que procuraba ese ejercicio de íntima pasión controlada, el rigor y el profundo conocimiento al servicio de la palabra, del significado oculto tras cada nota, resultaba siempre admirable, y en obras como la Misa en si menor (principio y fin de toda la música), particularmente conmovedor.

La pulsión minifundista, su escasa ambición remplazada a menudo por el logro seguro, discreto e inmediato, que en gran medida ha lastrado su desarrollo, conoció en Galicia otro de esos locales episodios pintorescos en la llamada «guerra de las orquestas», cuando dos ciudades separadas apenas por 70 kilómetros quisieron disponer, cada una, de su propio conjunto sinfónico, en lugar de sumar esfuerzos y recursos que sirvieran para disponer de una única institución mejor dotada en todos los aspectos, aún hoy.

Helmuth Rilling

Helmuth Rilling

La Coruña tenía ya su Sinfónica de Galicia, así que Santiago no iba a ser menos. Por eso hace ahora justamente treinta años (el 29 de febrero) se puso en marcha la Real Filharmonía, también de Galicia. El conjunto compostelano precisaba de una batuta internacional que le aportara especial brillo y contrastara los buenos resultados que por entonces empezaba a cosechar la formación de la ciudad rival.

Como Celibidache, Solti o Gilulini no se encontrarían disponibles, alguien, seguramente el director Maximino Zumalave, que había sido alumno suyo en Stuttgart, sugirió entonces el nombre de Rilling. Un detalle de la biografía que omite ahora el obituario del New York Times (la alcaldía compostelana debería presentar una queja formal).

Durante cinco años, Bach estuvo en muy buenas manos, en Galicia, pero hubo algunas protestas porque el maestro se dejaba ver bastante poco y cobraba mucho, decían. Como, además, las relaciones con el antiguo pupilo, Zumalave, se habían deteriorado gravemente a cuenta de algunas promesas artísticas desatendidas, el maestro alemán no renovó, aunque años después volvería con sus propios conjuntos de Stuttgart para ofrecer el Mesías haendeliano en la catedral, y reencontrarse ya, también, como director invitado en algún aniversario de la Real Filharmonía.

Llevó a Bach hasta Oregón, y más allá

Entretanto, siguió ocupándose del Festival Bach de Oregón, que él mismo había fundado, en 1970, y con cuya orquesta grabó el Credo de Krzysztof Penderecki, que había surgido como un encargo suyo. De su contrastada generosidad como artífice de encomiendas a otros colegas nacería, además, la hoy ya casi popular «Pasión según san Marcos» de Osvaldo Golijov, fruto de las conmemoraciones del 250 aniversario de la muerte del cantor.

Así que Helmuth Rilling no solo se ocupó de que toda la obra de su compositor idolatrado se interpretase en las mejores condiciones por el mundo adelante, también procuró, en la medida de lo posible, que su mensaje tuviera continuadores. Otro impagable servicio más de este fundamental hooligan de la causa bachiana.

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