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Las ranas

Lo primero que tenemos que hacer es ir en busca de Dioniso, patrón del teatro y pilar fundamental de la vida cultural

Retrato de Aristófanes

Retrato de Aristófanes

Tras la muerte de Paco Nieva, «el último clásico» al decir del académico Luis María Anson, un verdadero entendido en las artes de Talía y Melpómene, las tablas de la escena se han quedado vacías, o peor, lleno de horrísono ruido, repletas de charlatanes y corruptores del arte. Y un petardo profesor de filosofía tampoco las debería profanar.

Es por ello que deberíamos iniciar, como Aristófanes, en Las ranas, una katábasis al Hades para traer de vuelta a la vida a algún talento teatral que nos haya divertido y emocionado en los últimos cien años.

La verdad es que, además de Nieva, nos encontramos con otros grandes nombres del siglo pasado, como Valle Inclán, Benavente, García Lorca, Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Fernando Arrabal, Arniches, Casona, Mihura, Agustín de Foxá o Jaime de Armiñán, que llenaron las tablas de inteligencia y belleza moral.

Y con que Hades y Perséfone nos dejasen traer de todos ellos a dos o tres, ya tendríamos salvado el bache de la secatura hodierna, que no la mejora ni la inteligencia artificial. En fin, por el bien de nuestro teatro y el fervor del público, tenemos que preparar el viaje al Hades, la katábasis por antonomasia.

Y lo primero que tenemos que hacer es ir en busca de Dioniso, patrón del teatro y pilar fundamental de la vida cultural de la pólis, que es el que se decantará por esos dos o tres dramaturgos más útiles para combatir esta esterilidad, una vez que la pareja real del inframundo le permita ser juez del agón de los dramaturgos.

Los mismos dioses suelen olvidar la anfractuosa ruta que conduce al Hades, y hoy ya no podemos encontrar a los mortales que bajaron, como Heracles, Odiseo, Orfeo y Teseo. Es un viaje en el que necesitamos burro en las grises llanuras de asfódelos e hipotamnos de duras espiga y barco en las lagunas pestilentes.

Menos mal que Dioniso es un dios anfibio, que pasa con facilidad del mundo líquido al terrestre. Esto también tiene su relación con su capacidad de ser actor. Dionisio es el dios actor por excelencia, debido a su modo de ser versátil y polifacético, que le permite adoptar las más variadas manifestaciones.

Las ranas están siempre cantando en los umbrales del reino de los muertos. Brequequequex, coax, coax. Brequequequex, coax, coax. El asno es un animal muy prudente, que no se sale del camino, y fue el asno quien llevó de vuelta a Hefesto al Olimpo, y como reintegrará al mundo de los vivos a los dramaturgos seleccionados por Dioniso.

Lo malo es que para la primera etapa de la expedición, tanto para Dioniso como para los demás que integramos su séquito o «kômos», los descendientes de Prosimno, que son nuestros guías, exigen que a la vuelta te dejes sodomizar por ellos.

En fin, todo sea por el teatro. La apariencia femenina de Dionisos contaba con cierta tradición literaria, a la que nuestro Aristófanes inmortal de adhiere: ya Esquilo en los Edonos hacía decir a Licurgo sobre Dioniso: «¿De dónde viene este mujercito-débil-cobarde (gýnnis d´ánalkis)?».

No podría haber un carácter menos adecuado que el del asustadizo Dioniso para ir al Hades, lo que siempre requiere un especial valor, como nos los han acreditado Heracles, Odiseo, Teseo o Pirítoo en sus valientes descensos, pero sólo él puede seleccionar a los dramaturgos para su resurrección en el agón que Hades y Perséfone establezcan.

Los miembros de su kômos recurriremos a las gotas de Bromio para entrar en calor. Por otro lado, dado que pasar al Hades cuesta dos óbolos, lo mismo que una entrada al teatro, es como si Dioniso y su esclavo Jantias pagaran por ver una obra teatral, de modo que estaríamos ante un ejemplo de «teatro dentro del teatro», y probablemente el primer ejemplo en el teatro occidental.

Y ya llegados al mismo corazón de la ciudad de los muertos, entran en combate, por fin metidos en el anfiteatro plutónico, pero regido por las mismas Musas de la vida, los dos grandes atletas de la dramaturgia española, Antonio Buero Vallejo y Francisco Nieva.

Dioniso.- ¡Esclavos, traed una oveja negra, pues la tempestad va a estallar!

Nieva.- Yo no hubiera querido aquí combatir con Antonio, pues entre los dos la lucha es desigual.

Buero.- ¿Por qué lo dices?

Nieva.- Porque mis dramas, que transcienden la coyuntura histórica y el compromiso político me sobrevivirán, y los tuyos han muerto con tu época. Además, lo mejor con diferencia de El Tragaluz fue el decorado que te hice. Preparaste una aburridísima obra sobre Fígaro para obliterar mi Sombra y Quimera de Larra. No lo conseguiste. Yo estaba más familiarizado con Larra que tú.

Coro.- Oh, castas Musas helicónides, no muy lejos también del Parnaso, bajad a contemplar la fuerza de estos dos robustos atletas, otorgándoles a ambos inspiración para las grandiosas frases, que el gran certamen de ingenio va a principiar.

Dioniso.- Orad también vosotros antes de recitar vuestros versos.

Nieva.- ¡Oh, Virgen de la Asunción, patrona de Valdepeñas, que me cuidaste toda la vida, hazme, ahora muerto, digno de tu gracia!

Buero.- ¡Oh, padre Marx, aliento y esperanza de los pobres, pentángulo rojo que al proletariado inerrante guías, haz que triture los argumentos de mi adversario! Tú, Paco, después de haber pasado la mitad de tu drama entre vaciades ininteligibles, nos sueltas una docena de palabrotas muy fruncidas de entrecejo y empenachadas, verdaderos espantajos que aterran a los espectadores asombrados. Tus escenas se llenan de endriagos, de tenebregosis, de harpías ninfómanas y palabras ampulosas difíciles de comprender. Sin embargo, yo jamás dije a la ventura cuanto se me ocurría, ni lo resolvía todo a tontas y a locas: el primer personaje que se presenta en escena explica el carácter del asunto. Después, cada personaje desempeña su papel; y hablan todos, la mujer, el casero, el obrero, el capitalista, la joven y la vieja. Puse en escena la vida de familia modesta y las cosas más usuales y comunes, lo cual es atrevido, y no aturdí a los espectadores con incomprensible y fastuosa palabrería, ni los aterré con Nosferatus, Zebedeos y Cabricondes.

Coro.- Noble Nieva, no le respondas con ferocidad, recoge tus velas y deja sólo algunos cabos a merced de los vientos; dirige con circunspección tu nave y no avances hasta conseguir una brisa leda y apacible.

Nieva.- Mi obra expresa lo que hay en el interior del hombre, pues que el mundo son las sombras de las almas humanas. He redimido en la escena a Fedras e impúdicas Estenobeas, y nadie podrá decir que mi Corazón de Harpía es una de las mayores expresiones teatrales de la mujer enamorada. Respecto a mi lenguaje éste debe ser proporcionado a la elevación de las sentencias y pensamientos, y a la ironía de estos. El lenguaje de los semidioses debe ser sublime, lo mismo que sus vestiduras deben ser más ostentosas y locas que las nuestras. Lo que yo ennoblezco, tú lo degradaste. La Musa de Buero no sabe tocar la lira; sólo las castañuelas. Pesa más en ella la doctrina que el arte, y es contradictoria, porque seguro que prefiere las ergástulas de Franco que el dorado archipiélago Gulag.

Dioniso.- Colocando en los platillos de la balanza las obras de estos dos grandes dramaturgos, el platillo con la obra de Nieva baja más.

Coro.- Nieva, gracias a su ingenio y habilidad artística, vuelve a su casa para dicha de los españoles aburridos, amigos y parientes.

Hades.- Parte gozoso, Nieva; salva nuestro teatro con tu buena inspiración y castiga a los tontos.

Coro.- Dioses infernales, conceded un buen viaje al dramaturgo que retorna a la luz, y que revivirá el teatro, al dramaturgo bramador o «eribremétas». Y un poco más tarde subid también al gran Buero Vallejo, que tuvo un corazón gigante, aunque se vistiese como un administrador de una finca de vecinos.

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