Retrato de Carmen Polo, mujer de Franco
'Arte contemporáneo: 1975-presente'
El Reina Sofía y Urtasun ponen el foco del arte contemporáneo desde 1975 en el feminismo y lo LGTBI
El ministro de Cultura ha calificado la nueva exposición de la pinacoteca madrileña como un «acontecimiento cultural de primera magnitud»
Presentó Urtasun con rango ministerial la nueva exposición (reinterpretación) del Reina Sofía, Colecciones del Reina Sofía: Colección. Arte contemporáneo: 1975-presente, junto al director del Museo, Manuel Segade, la presidenta del Real Patronato del Museo Reina Sofía, Ángeles González Sinde, y la subdirectora artística de la pinacoteca española, la mexicana Amanda de la Garza.
«Un acontecimiento cultural de primera magnitud que refuerza el arte contemporáneo, con el que se abre el foco, se recogen más voces, más miradas y especialmente más miradas femeninas», dijo el ministro. Y tenía razón. Medio siglo de arte contemporáneo traído como si hubiera sido (casi solo) una larga época de feminismo y de lo LGTBI.
Sin olvidar el racismo, el franquismo, el indigenismo y otros temas «clásicos» del Museo madrileño. No sorprende el Reina Sofía en la supuesta reinterpretación de sus colecciones. Precisamente una pinacoteca que por su contemporaneidad debería sorprender, y más teniendo en cuenta que 258 obras (el 64 %) son inéditas. Pero es como si ya se hubieran visto o al menos como si ya se hubiera visto la intención de una forma real cada vez menos clara.
Tras la intervención del ministro, De la Garza comenzó la exposición para los medios introduciendo los más de 3.000 metros cuadrados de muestra en el lenguaje habitual con los términos habituales que hicieron asomar el monstruo ideológico o su sombra bajo una apariencia artística: «agenda global», «sostenibilidad», «recorrido más didáctico», «transición LED», «discusiones de género»...
Cuando le tocó el turno al director, un amable Manuel Segade, el glosario se disparó. Una de las afirmaciones más llamativas fue que con esta exposición lo que se pretendía era socializar el relato, ¡no crear!, con la intención de hacerlo todo permanente «revisable». Luego comenzó una privilegiada visita guiada a cargo del mismo director que Urtasun no terminó, despidiéndose de improviso.
Juan Genovés, Picasso, Miró o Warhol como nombres de frontispicio para lo que no se oculta que es un relato que casi comienza con «subjetividades que habían permanecido ocultas durante el franquismo» y «performances pioneras». Ya aquí es plena selva con Una historia de los afectos en el arte contemporáneo: «Las nuevas presencias sociales en los setenta conllevaban conexiones afectivas también inéditas, sobre todo en los espacios aparentemente marginales de la sociedad».
Tela quemada 4 de Joan Miró
Ya hay que meterse demasiado dentro para lo que debería ser arte «inexplicable» que no lo es porque necesita una explicación cada vez más retorcida en la configuración del «relato» que incluye que «Las nuevas libertades sexuales, los sistemas semánticos de las comunidades subculturales, las sustancias psicoactivas y sus adicciones y la proliferación de una cultura de la imagen compartida y global tienen efectos muy profundos en los lenguajes del arte».
Es todo demasiado confuso y al mismo tiempo previsible. Una vuelta de tuerca que no descubre nada nuevo, sino que profundiza en el camino abierto: feminismo, «masculinidades o feminidades», el Orgullo gay antes del sida, «disidencias sexuales», «intercambios». Casi una descripción pormenorizada de códigos sexuales según la vestimenta.
Asunción Gloriosa de José Pérez Ocaña
El efecto cultural de la heroína y el sida en «piezas» inverosímiles, «comunidades y resistencias», las obras de Ocaña, como Asunción gloriosa, «instalaciones-altares que proponen una heterodoxa forma de apropiarse de los rituales populares del catolicismo andaluz... no de forma paródica, sino de resignificación». Activismo «queer» para contar el catolicismo (menos mal que es paródico), «el cuerpo de la mujer como sujeto político», «nuevas presencias de género», «lucha por los derechos LGTBIQ+».
El recorrido se suaviza ideológicamente con las fotografías de Cristina García Rodero, Ouka Leele, Chema Madoz y luego vuelve a la guerra dogmática y revisionista que necesita ser explicada con lenguaje ininteligible, inventado. No se crea arte, pero sí lenguaje, ideología... Dijo Segade que «la obra de arte para contar la historia, mejor que cualquier documento». Cabría decir que no la historia, sino el relato que se contextualiza a través de cualquier «obra» a la que, una vez hecha, se le busca un sentido (o «el» sentido) para colocarla en la colección del Reina Sofía.