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Bocados de realidadCésar Wonenburger

«Cumbres borrascosas» blanquea el esclavismo

El nuevo delirio 'woke' denuncia que la película inspirada en el clásico literario es demasiado «blanca», mientras Obama se relaja desvelando posibles secretos de Estado y los trabajadores del Kennedy Center se van a la calle por culpa de sus heroicos «defensores»

Jacob Elordi y Margot Robbie, en un fotograma de 'Cumbres borrascosas'

Quizá el 'wokismo' no viva ya su esplendor, pero no es menos cierto que su definitivo ocaso no parece tan próximo. Sus más firmes partidarios y propagandistas procuran, todos los días, hacer con el resto del mundo aquello que, según el comediante Tezanos, para alborozo de Echenique, constituye la práctica sexual favorita de los votantes de Vox.

La más reciente reclamación de estos impenitentes resentidos consiste en denigrar la versión de Cumbres borrascosas que acaba de llegar a los cines. Lo de que la película sea un pestiño resulta irrelevante ante el tamaño de la nueva afrenta descubierta: otro lamentable episodio de discriminación racial.

Ya se sabe, lo blanco se emplea hoy como metáfora de todas las iniquidades habidas en el mundo desde que Caín, seguramente albino, acuchilló a Abel, posiblemente negro cual tizón. De aquel crimen, resultaría después toda una cadena de injusticias basadas en el privilegio del color, desde la esclavitud (que al parecer ya existía en Grecia) hasta lo improbable de que O. J. Simpson hubiera podido asesinar a su mujer, un castigo (el de la pobre señora) merecido por blanca, guapa y lagarta.

Así que ya acaba de darse lo que el otro día apunté aquí mismo, a propósito de la nueva serie sobre Mozart (Amadeus), donde al célebre escritor italiano Lorenzo da Ponte, autor de una trilogía de las mejores óperas del compositor, lo encarna un actor negro.

A nadie pareció sorprenderle tal licencia, entre otras cosas, porque quienes podrían llegar a molestarse por este tipo de arbitrariedades en el reparto, con su vulneración de cualquier verosimilitud dramática, no suelen ser el tipo de personas que acto seguido montan una escandalera en las redes (en todo caso solo serviría para que les llamaran nazis) y lamentarse por el despropósito.

Dije entonces que, en virtud de esa nueva facultad, a partir de ahora, si a Brad Pitt le propusieran protagonizar una biografía filmada de Sammy Davis, jr. (en la que su amante, Kim Novak, debería ser apropiadamente una actriz afroamericana), nadie debería sorprenderse por ello, ni mucho menos protestar.

Brad Pitt en los Cesar Film Awards 2023Aurore Marechal

Pues algo de esto ya acaba de suceder. En EE UU se alimenta uno de esos escándalos en que, como ahora suele ocurrir, deben mediar hasta filólogos. Los odiadores profesionales han descalificado la elección del actor Jacob Elordi para el esencial papel de Heathcliff. Opinan que la apuesta por este chico, que es medio vasco, supone un claro intento de «blanquear» la novela de Emily Brontë.

Creen estos cancerberos de las esencias del libro que un asunto desapercibido resulta muy claro, si se lee con la correcta intención. Aunque el afán de la autora consistiera en resaltar las marcadas diferencias sociales en la era victoriana, el expósito Heatchcliff de ningún modo podía tratarse de un blanco pobre.

En realidad, se revelaría que el huérfano debía ser, como poco, de etnia gitana, dado su aspecto bronceado, apuntan los scholars. Y por ahí continúan las disquisiciones de estos expertos, al escrutar cada línea para establecer si determinadas referencias a la tez oscura del muchacho, en realidad, no pretenderán sugerir que este hubiese desembarcado en las costas británicas como parte de algún contingente africano de esclavos.

Tirando de ese hilo, algunos hasta han sucumbido al poderoso influjo de lo freudiano, que casi siempre vale para todo. Al parecer, el padre de la escritora podría haber mantenido algún trato comercial con proveedores de mano de obra forzosa.

Lo cual resolvería el enigma para bien: traumatizada la niña por los despreciables negocios paternos, más tarde, en su célebre novela, retrataría a un personaje cuyos ambiguos orígenes sin duda deberían suscitar en los más perspicaces lectores el descubrimiento de una denuncia nada velada contra el colonialismo, y la extrema codicia de las élites blancas.

No sería extraño que para el año próximo se propusieran rodar una nueva versión de Cumbres borrascosas, quizá en versión musical afro o reguetonera. Para entonces, Heatchcliff podría ser incluso Bad Bunny, remoto descendiente de algún cortador de caña a poco que se pongan a indagar.

Los avistamientos de Obama descolocan a la izquierda

El ambiente relajado de los pódcasts, una puesta al día de aquellos programas de entrevistas de la televisión pública (como el de Soler Serrano, A fondo) cuando esta aún no parecía empeñada en presentar solo a telepredicadores del progresismo, suele propiciar el deslizamiento de jugosas confidencias a veces involuntarias.

El último pillado «in fraganti» con las defensas bajas ha sido Obama, quien, para escarnio de aquellos que lo tenían por un supremo defensor de la corrección política, acaba de alinearse esta vez junto a algunos conspicuos propagadores de bulos. Por ejemplo, aquellos que insistían en que los sótanos de algunas pizzerías en realidad albergaban sórdidos refugios para la ejecución de actos relacionados con la pedofilia, siempre bajo el amparo de reconocidos demócratas como los Clinton.

Por eso, ahora que gracias a los papeles de Epstein se sabe que dichos lugares de perversión en verdad sí existían escondidos en remotas islas, y que efectivamente el Clinton varón los conocía y quizá hasta se sirviera de ellos, como algún connotado estalinista (Chomsky) y varios republicanos (el deseo no entiende de lados correctos de la historia), quizá tampoco convenga desdeñar del todo las implicaciones de la sorprendente afirmación de Obama al validar la existencia de extraterrestres.

El expresidente de Estados Unidos, Barack ObamaGTRES

Esto ya lo habíamos anunciado aquí mismo (y lamento tener que citarme otra vez), en aquel bocado referido a la moda alienígena. Durante un reciente documental, The age of disclosure, que luego no ha tenido tanta repercusión porque lo ofrece una plataforma de pago (si lo llega a dar Iker Jiménez no se hablaría de otra cosa), el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, sostiene dos cosas particularmente inquietantes.

Rubio, que en su momento fue presidente del Comité de Inteligencia del Senado, reconoce que se han llegado a detectar aparatos no identificados sobrevolando, en varias ocasiones, centros nucleares restringidos en ese país; y no, no han sido drones chinos o rusos.

Después, añade además que de los registros oficiales completos con información confidencial sobre ovnis y extraños visitantes no se ofrecen a los presidentes de los EE UU más que someros detalles.

Lo hacen así por considerar que se trata de gente solo de paso en el cargo, que luego podría hacer un uso indebido de los detalles desvelados tras el regreso a la vida privada: los Pódcast los carga el diablo.

En cualquier caso, será interesante conocer la opinión de Pablo Iglesias sobre el anuncio de Obama, ya que se ha mofado de Jiménez por haber hablado de extraterrestres en su popular espacio. ¿Su percepción de que no estamos solos en el universo invalidará, ahora, a ojos del tabernero garibaldino el resto del discurso político de uno de los fundamentales referentes actuales de la izquierda? Ellos sabrán.

El postureo de los ricos y el trabajo de los pobres

Aún falta por ver lo que ocurrirá en la inminente ceremonia de los Goya, pero mientras, en el otro lado del charco, los artistas parece que han decidido morderse la lengua a la hora de recoger sus premios en esta larga temporada de reconocimientos con la que comienza el año.

Los agradecimientos a la familia y al gato vuelven a predominar. Quizá porque el mundo está tan mal que, si emplearan sus discursos en denunciar a todos los responsables de las catástrofes presentes o por llegar, necesitarían la duración completa del evento.

O puede que algunos empiecen a reconocer que sus acreditadas dotes para la canción (sin protesta) no corren parejas con la modesta capacidad para comprender la complejidad de la vida, con su predominio de matices y zonas grises, algo que a varias de las principales mentes brillantes y lúcidas de la historia les ocupó todo el tiempo de las suyas para alumbrar ideas y pensamientos algo más elaborados.

A veces el postureo tiene consecuencias dramáticas para aquellos a los que supuestamente se pretende proteger mediante legítimas protestas. Véase lo que acaba de suceder con el Trump Kennedy Center de Washington.

Desde que el actual inquilino de la Casa Blanca llegó al poder, una de sus prioridades consistió en ocuparse personalmente del gran centro cultural de la capital estadounidense. Bajo la premisa de que los demócratas lo habían llevado al caos económico por su mala gestión, y porque allí se programaban varios espectáculos con drag queens (ambas cosas eran ciertas), Trump decidió tomar cartas en el asunto.

Cambió a los gestores y, de paso, se empeñó en que su propio apellido figurara antes que el de Kennedy como nuevo nombre para el edificio. Las variaciones en la programación no debían, en cualquier caso, alterar el funcionamiento de dos de las principales instituciones que tenían su sede allí: la Ópera Nacional de Washington y la Orquesta Sinfónica Nacional, ni perturbar a los trabajadores del recinto.

Pero rápidamente el Trump Kennedy Center se convirtió en el pimpampún favorito de los artistas que decidieron erigirse en heroicos defensores de una institución cuyo funcionamiento nunca estuvo en tela de juicio: solo los criterios de los programadores, algo habitual cuando se cambia de gobierno, aunque esta vez se sumaran los ecos estruendosos de la batalla cultural.

El John F. Kennedy Center tras el cambio de nombre por parte de Donald TrumpBonnie Cash/GTRES

La mecha de los desplantes contra el presidente prendió rápidamente mediante cancelaciones de algunas de las actuaciones previstas en el centro. Al principio, se trató de artistas más bien menores, pero en las últimas semanas, dos grandes figuras norteamericanas salieron a la palestra para anunciar que desde luego no contaran con ellas: la soprano Renée Fleming se retiró de unos conciertos previstos para mayo, y el compositor Philip Glass decidió que el estreno de su última obra ya no se lo daría a la Sinfónica Nacional.

Mientras, a Trump, que no es un temperamento morigerado, sino más bien del tipo visceral, se le debió agotar la paciencia ante el desfile de los desprecios y optó por una salida que, en principio, no admite reparos. Al parecer, el edificio necesita reparaciones urgentes, algo que atribuyó al desinterés de los demócratas cuando les tocó regir sus destinos. Por lo tanto, decidió clausurarlo durante, al menos, dos años para su adecuada restauración.

Un problema menos, salvo para los trabajadores. De momento, nadie les ha dicho, como tampoco a los artistas que ya tenían actuaciones previstas allí, lo que ocurrirá con ellos. Los sindicatos han protestado y poco más. Pero lo que no ha sucedido, ni tampoco se espera, es que los millonarios Renée Fleming o Philip Glass se hubiesen ofrecido para destinar el dinero recaudado en algunas de sus próximas actuaciones para proveer de fondos a sus colegas y profesionales, no tan afortunados como ellos, que seguramente se quedarán sin empleo, ni quizá seguro alguno, por tiempo indefinido.