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¿Cómo se sienten los perdedores?

El populismo encuentra su ventana de oportunidad cuando un gran número de votantes se desencanta con los partidos existentes, a los que considera incapaces de dar respuesta a sus demandas

El desencanto se hace más visible en determinados sectores, como el de la agricultura

El desencanto se hace más visible en determinados sectores, como el de la agriculturaEFE

¿Quiénes son y cómo se sienten los perdedores de nuestros días? ¿Cómo están reaccionando ante su situación y qué consecuencias está produciendo esa reacción?

Se trata de cuestiones fundamentales, pues explican fenómenos característicos del presente que no se habían producido en Occidente desde hace casi un siglo y que fueron entonces la antesala de la guerra más destructiva que ha conocido la humanidad. ¿Sucederá lo mismo ahora?

Una encuesta realizada en 2017 por el Pew Research Center revelaba que la gran mayoría de los norteamericanos culpaba al progreso tecnológico de la pérdida de control sobre sus vidas y del empobrecimiento de las relaciones humanas.

A tres de cada cuatro encuestados les preocupaban mucho las consecuencias de la automatización y consideraban los empleos menos cualificados amenazados por la introducción de robots y ordenadores.

Un aplastante 85 % se mostraba favorable a limitar su uso y defendía la implantación de políticas compensatorias, como una renta mínima sufragada por el Estado o la creación de un servicio público remunerado.

Aún más relevante resulta la dimensión cultural del fenómeno. Millones de personas, desorientadas por el cambio acelerado de los valores y usos sociales, miran con nostalgia al pasado y desean el retorno de un mundo de empleos vitalicios y bien remunerados donde los valores asociados al cristianismo, la familia tradicional, la autoridad del varón blanco de mediana edad y la homogeneidad cultural recuperen su vigencia.

La que Zygmunt Bauman denominara modernidad líquida, en la que los individuos viven sus vidas como turistas que cambian continuamente de trabajo, de residencia, de amistades, de pareja e incluso de orientación sexual, genera zozobra y desazón.

La misma condición del precariado, vocablo acuñado por Guy Standing que alude a ese porcentaje creciente de trabajadores, jóvenes en su mayoría, que vive de empleos inestables y mal pagados, tiene una dimensión cultural, que se pone de manifiesto en la carencia de un relato propio que dé sentido a sus vidas en un mundo en el que el trabajo es la principal herramienta de la construcción de la identidad.

Sus padres podían sentirse orgullosos como trabajadores de la industria; ellos, mucho mejor preparados, se sienten engañados por una sociedad que no ha cumplido ninguna de las promesas que les ha hecho.

Estos sentimientos alimentan la sensación de que los gobiernos están haciendo muy poco para paliar el deterioro del nivel de vida de las clases medias y los trabajadores, que pierden cada vez más la confianza en unas instituciones democráticas tras las que ven el mero interés de los poderosos y exigen un cambio radical.

Creen, además, que este cambio requiere líderes fuertes y lo bastante osados para actuar en su beneficio, libres de la servidumbre de las grandes empresas e instituciones financieras.

Tal es el trasfondo que alimenta fenómenos en apariencia tan diferentes como el triunfo de Donald Trump, la salida del Reino Unido de la Unión Europea o la emergencia de movimientos autoritarios en muchos países europeos.

Los votantes de Trump no son en su mayoría miembros de las clases medias acomodadas, sino trabajadores con empleos mal pagados que se sienten amenazados por la competencia china, la inmigración ilegal y la automatización.

Los que dijeron sí al brexit eran los ingleses de las clases trabajadoras y medias bajas que desconfiaban de la inmigración y la competencia extranjera. Y no son muy distintos los votantes de Orban, Le Pen, Meloni o Abascal. Todos ellos han caído en manos del populismo.

El populismo encuentra su ventana de oportunidad cuando un gran número de votantes se desencanta con los partidos existentes, a los que considera incapaces de dar respuesta a sus demandas.

Dado que estas suelen ser heterogéneas, la única forma de convertirlas en sustento de una nueva opción política es proporcionar a quienes las formulan un enemigo común contra el que puedan unirse, ya sea «la casta», el Estado español, los extranjeros, los inmigrantes o cualquier otro –crear un ellos para hacer posible el nosotros es fundamental para un populista–, y lanzar sobre él mensajes lo bastante difusos para que todos puedan sentirse representados por su contenido, pues cada grupo otorgará al significante propuesto el significado que necesite.

Se articula de ese modo un pensamiento basado en consignas, no en ideas, prácticamente vacías, pero de gran eficacia emocional: «Hacer a América grande de nuevo», «Volem votar», «Sí se puede», «Recuperemos el control»… Nunca se concreta demasiado, pues entonces aparecerían las discrepancias y la unidad se rompería.

Cuando el movimiento queda así articulado, el líder es ya lo bastante fuerte para dirigir a sus seguidores hacia su objetivo: la conquista del poder. Las urnas pueden o no ser el camino, pero una vez alcanzado el gobierno, la democracia comienza a resultar incómoda para los populistas, que predican entonces la relación directa con el pueblo, tratan de limitar la libertad de los medios de comunicación y, sobre todo, se valen de las redes sociales para difundir masivamente mensajes emocionales que hurtan a la opinión pública el debate de ideas y lo sustituyen por bulos que serán creídos por quienes están predispuestos a hacerlo y nuevas consignas que refuerzan la identidad del movimiento frente a quienes lo cuestionan.

¿Hay algo en común entre la actual ola del populismo y el auge de los fascismos en el período de Entreguerras? No es fácil de decir. Los factores presentes en el proceso son similares: precarización laboral, ansiedad ante el futuro, pérdida de fe en las instituciones y los partidos tradicionales, crecimiento de fuerzas políticas autoritarias…, sin embargo, existen diferencias. La principal es que sabemos muy bien lo que ocurrió entonces y no deseamos repetirlo.

Pero nuestras opciones de evitarlo pasan necesariamente por asumir que la globalización, aunque deseable a largo plazo, genera perdedores evidentes y que sus necesidades deben ser atendidas en el marco de las instituciones democráticas. Si no es así, buscarán quien los defienda fuera de ellas. Y ya sabemos lo que pasará entonces.

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