Liza Minnelli en Cabaret (1972)
Ochenta años de Liza Minnelli, la deslumbrante hija de dos genios que sobrevive a su propio mito
Con diecinueve años recibió su primer premio Tony (ganó, además, el Oscar, el Emmy y el Grammy), el principio de una carrera única que tuvo su lado expuesto y tantas veces desafortunado en lo personal
Su padre, Vincente Minnelli, lo fue también de los musicales de Broadway. Su madre, Judy Garland, fue la estrella de esos musicales. Y no solo de los musicales. De Minnelli, Vincente, son las películas Cita en San Luis, El padre de la novia, Un americano en París, Cautivos del mal, Melodías de Broadway, Gigi o El loco del pelo rojo.
La cantante y actriz Liza Minnelli con su padre Vincente Minnelli
Drama y musicales: casi la mismísima vida de su mujer, el prodigio Judy Garland. La niña brillante y estrella juvenil y adulta marchitable de El mago de Oz. La voz impresionante y el talento insuperable. Todo el mundo conoce a Judy por ser Dorothy, pero fue mucho más, una de las máximas estrellas de la música y del cine. Ganó el Oscar, el Grammy, el Tony y el Globo de Oro.
Judy Garland con su hija Liza Minnelli
Fue famosa toda su vida y cruzó con éxito la frontera de la niñez a la madurez. Con éxito artístico. El personal fue una historia de deriva, inseguridades y adicciones. Lo había conseguido todo antes de empezar la caída (como si solo le quedase eso) que fue atenuando con resurrecciones imposibles de no ser poseedora del genio que creó su leyenda.
De ella y de Minnelli nació en 1946 su hija Liza. Niña de cuna absoluta de Hollywood. Con estos principios el cine o la música no suelen ser los caminos habituales, más bien todo lo contrario o una pseudo carrera impulsada al principio por su nombre y eclipsada al final por los padres gigantes. Y así iba a ser, lo primero.
Liza Minnelli a finales de los 60
Liza quería ser patinadora sobre hielo, pero con diecisiete años se presentó a unas pruebas para un musical del Broadway alternativo y la eligieron para un papel secundario que fue, en realidad, el más importante de su carrera: fue la mecha que prendió como si el talento de su sangre fuera visible a través de la piel. Como si no pudiera escapar de él, ni de que los demás lo advirtieran.
Poco después, sin cumplir los veinte, ya no era secundaria y además ganó un Tony como protagonista. Al mismo tiempo Judy, su madre, hacía poco tiempo que había sido nominada al Oscar por Los Juicios de Nuremberg y que presentaba su propia serie nominada al Emmy, mientras seguía cantando y triunfando, pese a que solo le quedaban cuatro años de vida.
Liza Minnelli bailando en la discoteca Studio 54
También en 1965 su padre había estrenado Castillos en la arena, con la pareja de moda del cine y de las revistas, Richard Burton y Elizabeth Taylor. Nadie más joven que Liza había ganado un Tony jamás. Y a esa adolescente de rostro particular, picassiano, de rancio abolengo artístico se la disputaban en todas las productoras y discográficas.
Se puso a actuar en los escenarios como su madre y resultó ser tan encantadora y radiante como aquella, pero distinta, única. Con Judy apareció en un especial televisivo en ese mismo 1965: la estrella ya estaba colocada y a su puerta se agolpaban los proyectos. Grabó discos sin parar y tuvo su propio espectáculo catódico con menos de veinticinco años. El ritmo era desde luego el de la desgraciada Dorothy.
Con Elizabeth Taylor en los 90
También por entonces recibió su primera nominación al Oscar a mejor actriz que consiguió tres años después por la icónica Cabaret. Fue la cumbre absoluta, aquella deslumbrante y eterna y cautivadora y personalísima Sally Bowles (la Jean Ross verdadera de Christopher Isherwood) en la que se mantuvo durante algunos años, cuando ganó el Emmy, también en 1973 por su programa de televisión. Lo que vino después fue una lenta y casi invisible caída desde el fulgor completo.
Con Robert de Niro en una escena de New York, New York (1977)
Los setenta aún le trajeron otros dos premios Tony que maquillaron su no tan afortunado regreso al cine tras un nuevo período de conciertos. New York, New York, de Martin Scorsese (con quien tuvo un romance) en 1977 y Arthur en 1981, fueron sus últimas películas memorables, pero el talento inagotable, como el de su madre, continuó rindiendo en el teatro y en la música y en la vida azarosa de maridos en cadena, amantes heterogéneos (desde Barishnikov a Peter Sellers), alcohol, padecimientos físicos y frustraciones terribles como no haber podido ser madre.
Liza Minnelli en 2024
También como en su madre las adicciones y los excesos hicieron buena parte de su historia, pero no han podido doblegarla cuando ya cumple los 80 (Judy desapareció con 47 por una sobredosis accidental de barbitúricos) y están contados en las tremendas memorias de una tremenda artista de difícil infancia y juventud como niña genial, hija de genios y ricos, famosa y estrella por destino y naturaleza que al final no fue, ni mucho menos, patinadora sobre hielo.