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Cubierta de 'Abril o nunca'

Cubierta de 'Abril o nunca'Seix Barral

'Abril o nunca': ¿Hasta dónde llegarías para cambiar el pasado?

Retroceder en el tiempo es imposible. Lo único que podemos hacer es darnos cuenta de que el tiempo no ha pasado en absoluto

Pocos meses después de que su ensayo Mapa de soledades se publicase, Juan Gómez Bárcena nos anunció: «Estoy escribiendo una novela, de ciencia ficción. Transcurre en Benidorm». Pero, aunque lo dijo muy serio –o todo lo serio que uno puede decir algo en una terraza de Madrid una tarde de primavera–, de ciencia ficción, lo que se dice ciencia ficción, no es. Al menos, no más que el resto de sus obras.

Cubierta de 'Abril o nunca'

Seix Barral (2026). 368 páginas

Abril o nunca

Juan Gómez Bárcena

En Abril o nunca (Seix Barral, 2026) acompañamos a Daniel –padre divorciado en plena crisis de los cuarenta que deja la abogacía, se reconvierte en instructor de buceo y se traslada a Benidorm durante la temporada alta– a lo largo del año en que, tras dar con un foro de internet donde un tal John1419 defiende postulados entre demenciales y mesiánicos, se convence de que viajar en el tiempo es posible y se empeña en lograrlo.

Viajar en el tiempo es un tema de ciencia ficción, pero en las ficciones de Gómez Bárcena el tiempo siempre ha sido una realidad líquida, elástica, por la que sus personajes transitan: hacia delante, hacia atrás, en dos realidades paralelas o en el plano de una banda de Moebius donde principio y final se vuelven indistinguibles. La diferencia con sus obras anteriores –donde los personajes padecen los caprichos temporales sin tomar conciencia de ello– es que aquí esa obsesión por el tiempo del autor recae directamente sobre el protagonista, convirtiéndolo en sujeto activo.

Daniel quiere volver al pasado para evitar esa tragedia del 13 de abril en que lleva a su hija Teresa a hacer snorkel para celebrar por segunda vez su duodécimo cumpleaños –la primera celebración siempre es con la madre, en Madrid; a Daniel solo le queda la repetición del divorciado–. Necesita volver para no quedarse dormido en la playa, para que Teresa no se meta sola en el agua, para que siga viva. Eso no ocurrió aquel abril en que el tiempo se detiene para Daniel porque el dolor lo sobrescribe y anula.

Por eso Abril o nunca no es una novela de ciencia ficción, sino un recorrido por el duelo y la culpa, el bloqueo y la incapacidad de dar encaje emocional a un suceso que negamos hasta el punto de ser incapaces de otorgarle un término que lo defina. Tal y como señala el propio Daniel, no existe una palabra para quien pierde a un hijo. Evitamos darle concreción con la esperanza de que, si no se nombra, nunca será real. Y en cierto modo nunca lo es: los muertos no son tales mientras se los recuerde; la muerte puede evadirse siempre que uno decida congelar el instante pasado y permanecer en él.

La única manera de lograrlo es olvidar todo lo que viene después y repetir aquel día hasta el más mínimo detalle. Así dice John1419 haber viajado en el tiempo. Y por esa esperanza Daniel decide instalarse en la repetición, pagando el precio de renunciar a su presente y su futuro, a esa otra salida del bucle que le ofrece el amor de Natalia.

Pero la repetición es en sí una falacia, porque «las cosas solo pueden ser verdaderas una vez». Gómez Bárcena traslada esta premisa componiendo una obra donde las recreaciones obsesivas de ese 13 de abril nunca son exactamente iguales. Abril o nunca es una sinfonía en la que cada movimiento retoma el tema central con sutiles variaciones. Para apreciarla hay que estar atento a sus símbolos: el agua como escenario dual de condena y libertad, imagen de un tiempo que parece detenido en la superficie pero sigue transcurriendo bajo ella; el intentar contenerlo en unidades controlables –el oxígeno en una botella de buceo, lo que dura un cigarrillo–; el gol de Iniesta que nos devuelve el recuerdo de Dani Jarque; la materialización de un postulado imposible en un videojuego donde se muere y resucita hasta ejecutar en el orden exacto una sucesión concreta de acciones.

Sin embargo, lejos de quedarse en un ejercicio de frío virtuosismo literario, esta novela resulta fascinante y conmovedora. Con una prosa precisa, cristalina y sin más adornos que la inmersión en la conciencia de Daniel –un hombre incapaz de llorar, de comunicar qué siente–, narrada desde una voz externa, su relato descarnado nos conecta con el dolor desnudo e incalificable de perder a un hijo. Lo sentimos nuestro y real, honesto en el sentido de que lo más honesto es no adjetivarlo ni describirlo, solo trasladar las acciones que se suceden en el intento de seguir viviendo tras él.

Juan Gómez Bárcena es uno de los escritores más relevantes del panorama narrativo actual y en Abril o nunca nos regala una obra de ejecución brillante, con una dimensión emocional que, a mi juicio, la convierte en su mejor novela hasta la fecha.

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