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Mujeres protestan con carteles durante la manifestación convocada por el 8M

Mujeres protestan con carteles durante la manifestación convocada por el 8-MEuropa Press

¿Ha llegado la hora de pedir cuentas al feminismo?

El movimiento que en el pasado contribuyó a mejorar las condiciones de vida de las mujeres lleva tres décadas entregado a batallas de ingeniería social que le han hecho perder predicamento social entre las nuevas generaciones

¿Debemos preocuparnos por la pérdida de fuelle del feminismo en nuestro país? Muchos se rasgan las vestiduras y lanzan miradas suplicantes al cielo en busca de una explicación que se les antoja inconcebible. Acá se oyen los lamentos de quienes piensan que la juventud -a la que tanto se le ha dado la tabarra con operaciones de ingeniería social orientadas a ‘deconstruir sus masculinidades’- se ha echado a perder. Otros, desde el púlpito institucional, continúan una labor propagandística que ya no se esconde ni busca excusas. Esta misma semana el Museo Nacional de Escultura de Valladolid ha organizado tres mesas redondas, con una conexión remota con la misión que debería inspirarle: ‘Interseccionalidad para entender la desigualdad’, ‘Reflexiones sobre las violencias’ y ‘Ecofeminismo: tejiendo otro mundo’. Cuanto menos apoyo social, más chequera institucional.

Pero, en realidad, ¿de qué hablamos cuando hablamos de feminismo? Por resumir, tendríamos ante nosotros dos opciones principales. Una visión ‘pop’ del movimiento nos diría, con la RAE, que es «el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre». Visto así, claro, ¿quién podría negarse a ser feminista? Y es esta visión la que se utiliza para acosar a los que disentimos. Pero esta definición -una auténtica claudicación política por parte de la Academia de la Lengua- es equivalente a la que describiera el comunismo como un movimiento que lucha por la igualdad económica y la erradicación de la pobreza. Tanto en un caso como en otro, lo que define de verdad a estos movimientos políticos no son sus aspiraciones genéricas sino sus prácticas.

De ahí que para saber con precisión qué es, en realidad, el feminismo haya que ir a su realidad institucional, a sus campañas, a las opiniones de sus portavoces más solventes, o a sus leyes y los presupuestos implícitos en los que se basan. No hace falta recurrir al comodín de los excesos de Irene Montero o Belarra, por mucho que representen a una parte del movimiento.

El feminismo cumplió una labor positiva cuando, en su primera ola, abanderó la igualdad ante la ley. Y también, en su segunda encarnación, cuando reclamó ir más allá para garantizar igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Nada que objetar a estos nobles principios, salvo que unos y otros han venido siendo conculcados, al menos en España, por la tercera ola feminista, la que surge, con gran poder expansivo, tras la Conferencia de Pekín auspiciada por Naciones Unidas en 1995. Con esta cita entró en escena el concepto ‘género’ -aunque había sido creado mucho antes con el sentido que tiene ahora- y todo cambió de repente.

En teoría, la ‘perspectiva de género’ debería ayudarnos a iluminar las situaciones de desigualdad más allá de los posibles condicionantes de cada sexo, lo que puede tener sentido y ayudarnos a ver dimensiones ocultas de las cosas. En la práctica, durante estos treinta años, lo que se ha producido es un decidido y premeditado arrinconamiento de la biología para imponer una visión unidireccionalmente política de la desigualdad.

El feminismo que se extiende tras Pekín -o los feminismos, si se quiere, en honor a su pluralidad- se basa en un dogma fundamental: las diferencias en el tablero social entre hombres y mujeres responden a condicionamientos sociales, políticos y culturales, pero en ningún caso biológicos. Por tanto, todas las situaciones de desigualdad son situaciones de discriminación y todas tienen un origen político intencional, incluso si en muchas ocasiones no sabemos identificarlo. El segundo dogma se refiere al culpable: el terrible patriarcado, del que luego hablaremos. Y el tercero es la convicción de que la ‘equidad de género’ (un reparto equilibrado de todas las funciones sociales entre hombres y mujeres) no es una aspiración, sino algo que debería haber existido desde hace mucho y que a las mujeres se les arrebató. De aquí nacen todos esos discursos sobre lo mucho que falta para alcanzar la igualdad. No se habla de la igualdad de oportunidades o ante la ley, que ya están más que garantizadas.

El problema es que, en nombre de la tercera encarnación de la igualdad, y de la letanía victimista que le acompaña, se han deteriorado las otras dos. Hoy, en España, está herida la igualdad ante la ley, como acredita la Ley de Violencia de Género, con sus penas distintas en función del sexo. Y también está en el alambre la igualdad de oportunidades, dada la abundancia de medidas de discriminación positiva (ahora las llaman políticas afirmativas) que conceden ventajas a las mujeres frente a los hombres para compensar supuestas desigualdades heredadas. El libro de Juan Soto Ivars ‘Esto no existe’ recoge una abundante muestra. Pero sólo a modo de ejemplo mencionaremos las convocatorias de ayuda para crear nuevas empresas (en las que las mujeres cuentan con puntos extra), las leyes cremallera de los partidos políticos (que otorgan ventaja a las aspiraciones de ellas sobre las de sus compañeros varones, pues todavía existe una baja afiliación femenina a los partidos) o las subvenciones culturales.

Lo grave de todo esto es que el dogma que lo sustenta todo ha sido desmentido por tierra, mar y aire. Todo tipo de estudios, con enfoques diferentes, sujetos de muy distintas edades y en contextos sociales distintos niegan la piedra angular del feminismo de género. El libro clásico de Susan Pinker ‘La paradoja sexual’ (Paidós) aporta buenos argumentos. Como también el reciente de Teresa Giménez Barbat ‘Contra el feminismo’, o el de Daniel Jiménez ‘Deshumanizando al varón’.

Por supuesto, esto no significa defender el discurso contrario: que todo sea biología y no existan interferencias sociales. Desde luego, la política y la cultura influyen sobre el modo como se definen los roles sociales de hombres y mujeres, pero también tiene una gran influencia la biología. La posición tradicional, que predicaba que lo humano es una combinación de nature (naturaleza) y nurture (crianza, educación) sigue siendo la correcta. Pero la prudencia no sirve a los objetivos políticos del feminismo contemporáneo pues aceptar esta dualidad implica renunciar al cómodo automatismo que identifica desigualdad con discriminación. Analizar cada caso exige un trabajo fino al que la mayoría de las feministas actuales no parecen dispuestas.

Y qué decir respecto al abominable hombre de las nieves del patriarcado. Pensar que un modelo de organización social que ha estado vigente durante más de 5.000 años en prácticamente todo el planeta pueda ser una imposición o un modelo pensado para favorecer a un sexo frente a otro es una banalidad, por decirlo de una forma diplomática. Y suponer que las mujeres han soportado su condición de víctimas sin rechistar durante tanto tiempo -supuestamente por la perniciosa influencia de la religión, la tradición o la cultura- no deja en demasiado buen lugar al sexo femenino. Afortunadamente, somos muchos los que no tenemos tan mala opinión de las hembras de nuestra especie.

La palabra patriarcado surge en el ámbito de la antropología para describir un modelo de organización social surgido con la llegada de las sociedades humanas complejas, tras la revolución del Neolítico y la irrupción de las ciudades estables, frente a las tribus nómadas del periodo anterior. No es un término llamado a juzgar, sino a describir. Es el feminismo el que lo usa como arma de combate interesada. En realidad, el patriarcado es un modelo bastante equilibrado (aunque no igualitario) que se basa en un reparto de funciones a partir de las cualidades dominantes en uno y otro sexo. Y con un objetivo esencial: proporcionar entornos estables para la procreación, pues estas generaciones ‘tan atrasadas’ veían a los hijos como su esperanza de futuro. Y parece que no estaban tan equivocados, pues, desde que hemos decidido cambiar la perspectiva, tenemos muchos problemas para garantizar la supervivencia de nuestras sociedades. Tanta que nos vemos obligados a ‘importar’ seres humanos de otras partes del mundo para suplir las carencias de nuestro modelo.

Ahora bien, colocar la procreación, los hijos, en el centro, no es hoy algo que esté bien visto. En realidad, no lo está desde que Simone de Beauvoir sentenciara que la maternidad es una realidad que coarta la libertad femenina y que somete a la mujer a la naturaleza y a las necesidades de la especie. Como ella, muchas mujeres reivindican hoy la maternidad como algo opcional, la guinda del pastel, pero no como un destino al que estuvieran llamadas. Ideas que guardan estrecha relación con la creciente desvinculación de las mentes modernas con respecto al cuerpo y sus condicionantes. Sin embargo, no es posible olvidar que durante varias décadas de su existencia las mujeres reciben un aviso mensual que les recuerda que su cuerpo estaba listo para el embarazo y que éste no se ha producido. Y, a la postre, son muchas más las que anhelan ser madres y no encuentra el modo de conseguirlo, que las que carecen de ‘instinto maternal’.

Una de las estrategias para estimular la desvinculación de las mujeres de la vocación maternal que, a la inmensa mayoría, les impone la naturaleza ha sido desplazar las prioridades. Si, durante buena parte de la historia de la humanidad, el referente de las mujeres era la ‘mujer madre’, encarnada en el mundo católico por la figura de la Virgen María, ahora se impone el modelo de ‘mujer trabajadora’, que es el que festeja y promueve el 8M. De forma velada, el centro se desplaza de aquello que hace únicas a las mujeres a lo que las hace intercambiables con los hombres. Que esto venga bien a los intereses del actual modelo económico explica en parte el éxito de la propuesta.

Pero no es la única razón. Que nuestra organización social actual, con sus prioridades y ‘valores’, parezca incapaz de garantizar la estabilidad de los hogares es otra de las causas. De modo que tener un empleo garantiza que ella no quedará desamparada si vienen mal dadas. Y es más que lógico preocuparse por la seguridad en un contexto de creciente fragilidad de los compromisos matrimoniales. Y luego, claro, está la evolución material de las sociedades. Gracias a la revolución médica del siglo XIX no es necesario tener once hijos para que sobrevivan dos o tres. Y la mejora de las condiciones de vida ha supuesto una gran descarga para las labores domésticas. Queda, por tanto, margen para ocuparse de otras cosas y para desarrollar inquietudes, vocaciones o aspiraciones personales. Eso está bien. La cuestión es qué colocamos en el centro y a qué precio.

Por esta tendencia a interferir en la vocación familiar de las mujeres, el feminismo ha generado históricamente mucho rechazo entre ellas, y por buenas razones. Hay que recordarlo hoy en que parece que militar en este movimiento es inevitable, y hasta obligatorio. Y conviene hacerlo también hoy, cuando los días de éxito fulgurante parece que empiezan a flaquear y suenan voces de alarma y preocupación. ¿De verdad estamos ante un retorno del machismo y la misoginia? ¿Perderán las mujeres el derecho a trabajar o a abrir una cuenta bancaria, como parecería según a quién se escuche? ¿Estamos en el albor de un mundo de opresión como aquel con el que fantasea ‘El cuento de la criada’? No parece que los cambios vayan por ahí, aunque es verdad que pueden leerse y escucharse ideas bastante desorientadas, incluso descabelladas, en la llamada ‘manosfera’. Pero quienes muestran tanta preocupación parecen ignorar las deformaciones, cuando no abiertas falsedades, que ha impulsado en las últimas décadas este controvertido movimiento político.

Cuando en los años sesenta preguntaron a la periodista María Luz Morales, reconoció que no simpatizaba con el feminismo porque impulsaba una guerra entre hombres y mujeres que no compartía. Por entonces, Morales era ya una institución en el mundo del periodismo cultural español. Pero, además, los azares de la Guerra Civil la habían convertido en la primera mujer que dirigió un periódico en nuestro país. Tal hito la hace figurar en los panteones feministas, lo que seguramente la provocaría cierta incomodidad. De lo que no hay duda, en todo caso, es del compromiso de Morales con la dignidad de la mujer. Y su posición prueba que esa actitud es perfectamente compatible con el desapego, o rechazo, hacia la concreta opción feminista.

Antes que ella, buena parte de las mujeres consideradas ‘pioneras’, las que lograron abrirse paso en trabajos y espacios habitualmente reservados a hombres, defendían que sus hijos y su familia eran su verdadera prioridad. Pero reivindicaban su capacidad para compatibilizar ambas actividades. La mismísima Marie Curie, ejemplo de mujer dedicada intensamente a su trabajo, hasta el punto de hacerse daño a sí misma (su muerte está probablemente relacionada con los efectos de la radiación a la que se expuso durante sus investigaciones), explicaba a quien quisiera escucharla que sus dos hijas eran más importantes para ella que sus Premio Nobel. No es difícil escuchar hoy comentarios semejantes entre mujeres de relieve, pero todo nuestro modelo gira en torno a poner el trabajo en el centro de la existencia.

Hemos hablado de mentiras y manipulaciones. Estos días, Soto Ivars, que ya ha desmontado la irrelevancia que el aparato feminista quiso otorgar a las denuncias falsas, pone de manifiesto el ocultamiento institucional de los niños muertos por sus madres, para transmitir la idea de que sólo ellos los asesinan. Es una forma vil de alimentar una criminalización del varón que, aunque de capa caída en los últimos años, todavía sigue en pie.

Pero no me resisto a terminar sin recordar uno de los ejemplos más penosos de irresponsabilidad periodística en relación con esta cuestión. Hay que trasladarse al año 2018, en el cénit de la influencia social feminista en España. Un destacado grupo informativo realiza un abrumador despliegue como previa de la exitosa convocatoria de ese año: cerca de veinte páginas en cada uno de los periódicos de su cadena. Páginas que siguen a rajatabla el dogma de que toda desigualdad es signo de discriminación. Y que culminan en un editorial que proclama la injusticia suprema: que las mujeres cobren, en pleno siglo XXI, un 20% menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo.

La discriminación salarial de las mujeres es un auténtico animal mitológico: muchos creen que existe, aunque nadie lo ha visto. Nadie conoce a personas concretas que la padezcan, pero eso no impide a destacados opinadores darla por sentada al tiempo que proclaman su indignación. En realidad, no hay tal. La brecha de género, que es de donde sale el dato, mide los diferentes ingresos de hombres y mujeres, pero no por el mismo trabajo. Las mujeres cobran menos porque optan más por las jornadas partidas, para poder ocuparse de sus hijos. También porque renuncian al estrés de los puestos directivos en favor de su calidad de vida. Y, sobre todo, porque eligen carreras que les satisfacen, aunque no estén entre las mejor remuneradas. Entre otros motivos. No existe la discriminación salarial en España, como no existen otras muchas injusticias fantasmales que se agitan como banderas políticas, y seguramente ha llegado el momento de pedir cuentas a quienes envenenan la convivencia por motivos políticos espurios. Cuando no por conveniencia personal, pues el feminismo sirve a muchas para logar beneficios que quizás no lograrían sin la palanca de presión de la igualdad. Como mínimo, no nos lamentemos pánfilamente de que el engaño pierda fuelle y cada vez más vean al emperador desnudo.

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