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Fachada del Congreso de los Diputados

Fachada del Congreso de los DiputadosGetty Images/iStockphoto

El Debate de las Ideas

La política como ejercicio de la imaginación y los filisteos de derechas

La mentalidad ilustrada quiso hacer de la política objeto de la razón teórica, resultado de procesos deductivos, constriñendo la vida real a un esquema matemático, silogístico y pensado desde fuera. El mando personal se convierte en sistémico, la retórica en consenso, la moral en equilibro. Y por tanto, quienes proponen más allá del sistema, cuestionan un consenso o afirman una moral quedan situados en el campo de lo irracional.

Pero como recuerda William T. Cavanaugh, la política es, ante todo, un ejercicio de imaginación, un modo de situarnos figurativamente en el espacio y en el tiempo. En La vida del Espíritu, Hannah Arendt habla de la imaginación como el don del espíritu que permite la representación, es decir, hacer presente en la mente aquello que está físicamente ausente. La imaginación «desensorializa» la experiencia y le otorga a la reflexión objetos más elevados sobre los que actuar, como la libertad o la justicia. Gregorio Luri titula su obra La imaginación conservadora (y no la razón conservadora) porque entiende que la historia «es el proceso de transformar la imaginación en gestos, de corporeizar las convicciones» y para corporeizar y gesticular primero hay que proyectar.

La política involucra todas las potencias humanas. Más que razón es voluntad, o razón práctica que está llamada a la acción. Es apetito o inclinación virtuosa, que sirve de brújula moral para moverse en campo incierto. Es memoria o preservación y trasmisión de lo recibido. Y de un modo especial, es imaginación. Concebir la política como organismo o como máquina, como orden imperial frente a las fuerzas del caos, como redención del proletariado, como imagen del corpus mysticum, como una fórmula de contrapesos, como espíritu objetivo que representa la totalidad racional, como salvaguarda del individuo o como unidad de destino en lo universal, … es un ejercicio de imaginación.

La política es más arte que técnica. Y como todo arte necesita de la creatividad, de la audacia, de la analogía, del símbolo.

El mal de la derecha es precisamente el filisteísmo, la falta de imaginación. Schopenhauer hablaba en Aforismos sobre la sabiduría de la vida del filisteo como el hombre «sin necesidades espirituales», el hombre romo, carente de visión, insensible a la belleza. Goethe lo define por su ignorancia satisfecha. Dice Frédéric Schiffter que al filisteo «la cultura, […] le parece una especie de saber superfluo, reservado a los holgazanes que se regodean en su indolente ociosidad, un lujo decadente del espíritu». El filisteo conservador entiende que la cultura es el juguete de los holgazanes de la izquierda; él prefiere la gestión de la economía. El filisteo conservador acepta la normativa vigente, la doxa dominante, la opinión pública (y publicada) como las tablas de la ley. No se abren nuevos caminos ante su embotado espíritu. Las cosas simplemente no se pueden hacer. El viento de la historia nos ha traído hasta aquí y la libertad humana está encadenada al imperio de las circunstancias. Los ejercicios de imaginación son populismo, peligrosos dislates que no entienden lo difícil que resultan el movimiento y la acción. El filisteo conservador es el ἄμουσος ἀνήρ de Platón y Plutarco, el hombre ajeno a las musas.

La izquierda también tiene sus propias enfermedades imaginativas. En La condición humana, Arendt habla de la imaginación política como un «modo de pensar amplio» que permite ponerse en el lugar de quienes están ausentes y entender sus puntos de vista. Los estudios de Jonathan Haidt revelan que las personas que se identifican como conservadoras suelen entender mejor las posiciones de los que se identifican como progresistas que al revés. Los progresistas caen fácilmente en la caricatura y la deshumanización. La otra afección imaginativa de la izquierda es el utopismo. La utopía no es el fruto de una imaginación robusta sino mórbida y diabética, una imaginación que no recibe nutrientes de la realidad sino ultraprocesados de fantasía.

En una conferencia en la Sorbona en 1895, Henri Bergson denunció el espíritu de rutina y el espíritu de quimera como los dos antagonistas a la acción política: «igualmente alejadas de la acción eficaz, difieren sobre todo en que una pretende simplemente dormir, mientras que la otra quiere además soñar». Entre el defecto y el exceso, entre el filisteísmo y el utopismo, hemos de cultivar una imaginación política que se alimente de la realidad, que se derrame por el campo de lo posible, que explore nuevas vías y no dé las cosas por sentadas. No vivimos tiempos de bonanza que favorezcan la indolencia burguesa. No es el tiempo de los gerentes sino el de los poetas.

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