La primera generación que nació con el cine
El 27 vivió plenamente la experiencia del cinematógrafo, ese invento al que pomposamente se le califica como «el séptimo arte»
Escena final de 'Candilejas' que cito en el texto: Chaplin al violín y Buster Keaton, al piano.
Parece ser que el término lo usó por primera vez el escritor italiano Ricciotto Canudo, que vivía en París y era amigo de muchos artistas de vanguardia. Definía el cine como un «arte plástica en movimiento». En un primer momento, lo calificó como «sexto arte»; luego, al añadir la danza a las otras cinco (arquitectura, escultura, pintura, música y literatura), el nuevo invento pasó a ocupar el puesto séptimo. La expresión se difundió rápidamente por Europa, en los años veinte. Para Canudo, el cine «había nacido como una industria y un negocio y debe convertirse en un arte». Fundó el primer cine-club, al que llamó «Club de los amigos del séptimo arte».
Recordemos algunas fechas básicas. Las primeras exhibiciones públicas del nuevo invento las realizaron los hermanos Lumière, en París, el 28 de diciembre de 1895.
Cinco meses después, el 15 de mayo de 1896, un francés, Promio, lo trajo a Madrid, a un local de la Carrera de San Jerónimo 34, esquina a Ventura de la Vega, al que bautizó como «Cinematógrafo Lumière» . La entrada costaba una peseta. Había tres sesiones diarias: mañana, tarde y noche, que duraban poco más de un cuarto de hora. Cuenta Martínez Olmedilla que las películas, muy breves, no tenían argumento, reproducían escenas reales: un tren que llega a la estación; una carga de caballería; una ventana abierta sobre el mar, cuyo oleaje fue lo que causó mayor sensación. El invento produjo general admiración y el 12 de junio asistió al espectáculo la familia real.
Ricciotto Canudo
Ese mismo año, 1896, se filmó la que se suele considerar primera película española, Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza.
Los pioneros españoles del nuevo arte fueron Fructuoso Gelabert y el aragonés Segundo de Chomón, que introdujo en España el uso cinematográfico de maquetas, en películas como Choque de trenes y Choque de dos trasatlánticos.
En las dos primeras décadas del siglo, se rodaron en España, según Fernando Méndez Leite, cerca de trescientas películas con argumento. Los primeros grades éxitos los obtuvieron adaptaciones de obras populares, como Los intereses creados (1919) y La verbena de la Paloma (1921).
Miembros de la generación del 27 son dos directores importantes: el primero, Florián Rey, obtuvo grandes éxitos comerciales como La hermana San Sulpicio (1927) y Agustina de Aragón (1928), antes de filmar una obra maestra, La aldea maldita (1929). Su nombre va unido al de su esposa, Imperio Argentina, nuestra primera gran estrella.
Florián Rey
Otro notable director fue Benito Perojo, que descubrió a figuras como Antoñita Colomé o Angelillo y obtuvo grandes éxitos como Malvaloca (1926) y El negro que tenía el alma blanca (1927).
En un primer momento, los intelectuales españoles despreciaron el nuevo invento, considerándolo como si fuera una herencia de los viejos folletines.
Así lo presenta, por ejemplo, Ramón Pérez de Ayala, en Troteras y danzaderas , su gran novela de clave sobre Madrid, en los años de la primera guerra mundial. Se discutía mucho entonces si el cine sería un colaborador o un rival temible del teatro.
En 1928 se celebró el Primer Congreso Español de cinematografía. Al año siguiente, llegó a España el cine sonoro, acogido aquí – igual que en todas partes – con muchas reticencias.
Las grandes publicaciones culturales españolas se ocuparon en seguida del nuevo arte. En la revista España, fundada por Ortega y Gasset, Araquistáin y Azaña, aliadófila durante la Primera Guerra Mundial, se ocupó de la crítica de cine, con el seudónimo «El Espectador», nada menos que Federico de Onís, eminente filólogo salmantino, que se ocupó de organizar los estudios hispánicos en la Universidad de Columbia (Nueva York).
Le sucedió en la crítica de cine «Fósforo», seudónimo utilizado indistintamente por dos importantes escritores mejicanos: Martín Luis Guzmán, uno de los mayores novelistas de la Revolución Mexicana, autor de El águila y la serpiente (1928), que vivió exiliado en España entre 1924 y 1936, y Alfonso Reyes, el gran erudito, que también vivió en Madrid unos años, antes de ser uno de los fundadores de El Colegio de México.
Martín Luis Guzmán
Según Rafael Utrera, «Fósforo» es «el primer intelectual, en España, quizás en el mundo, que se acerca al cine entendiéndolo como un asunto digno de las Musas».
Dentro del mundo cultural español, el pleno acercamiento al cine se produce con el vanguardista Ernesto Giménez Caballero, que fundó La Gaceta Literaria y, con Luis Buñuel, el primer Cine-Club Español, en 1928. En éste pudieron ver muchos jóvenes escritores las grandes películas del expresionismo alemán y los clásicos franceses, rusos, norteamericanos… Obviamente, el cine ejerció una clara influencia sobre el estilo de muchos de ellos.
Junto a Ernesto Giménez Caballero y Luis Buñuel, jugó un papel importante en esta aventura Ramón Gómez de la Serna. En 1929, se estrenó en Madrid la primera película sonora, El cantor de jazz. La presentó en Madrid Ramón, con la cara pintada de negro, lo mismo que Al Jolson, el protagonista (eso era entonces habitual, en el cine: se llamaba blackface). También había participado Gómez de la Serna en las dos películas de vanguardia dirigidas por Ernesto Giménez Caballero, que se estrenaron en una sesión del Cine Club: Esencia de verbena, en la que estoquea a un toro de cartón, y El orador.
La Generación del 27 fue la primera que vivó plenamente la pasión por el cine: para ellos, representaba una de las más claras manifestaciones del arte nuevo.
Así lo proclama el primer número de La Gaceta Literaria: «Es el arte del porvenir… director de la vida actual española». Y el crítico Guillermo de Torre, en las páginas de la revista Cosmópolis:
«¡El cinema es el auténtico escenario de la vida moderna! Toda representación vital contemporánea (…) ha de ser proyectada, para su más amplia exaltación espectacular, sobre el plano dinámico del film».
En la Revista de Occidente, publican artículos sobre cine varios destacados representantes de la Generación: Francisco Ayala, Gerardo Diego, Antonio Espina, Benjamín Jarnés, Antonio Marichalar…
Este mismo grupo de escritores publica los primeros libros españoles sobre el nuevo arte: Francisco Ayala, mi gran amigo, Indagación del cinema; Antonio Espina, Reflexiones sobre cinematografía; Ramón Gómez de la Serna, Cinelandia; Carranque de Ríos, Cinematógrafo; Benjamín Jarnés, Cita de ensueños; Fernando Vela, El arte al cubo…
Con el cine, llega también a España la mitificación de la estrella, que encarna los sueños de miles de espectadores. En ese primer momento, se trata sobre todo de tres grandes artistas: Greta Garbo, Charles Chaplin y Buster Keaton.
César Arconada publica una Vida de Greta Garbo. La actriz nórdica inspira a Francisco Ayala su relato Polar, Estrella; luego, le dedica también un ensayo, con esta loa ditirámbica:
«Greta Garbo es un alma ardiente como la nieve… Es el demonio de la carne, el espíritu de la carne. A su mirada, azul y traidora cristalera, asoma la calma de una fatalidad a la que no puede -ella, menos que nadie- sustraerse. Ella continúa inocente, víctima. En Greta Garbo cuaja de manera definitiva el mito cinematográfico – y eterno – de la mujer fatal».
Greta Garbo
Por muy amigos que sean, los escritores del 27 polemizan sobre quién es mejor, Charles Chaplin o Buster Keaton. Varios de ellos desdeñan a Chaplin, por demasiado sentimental, cercano a lo melodramático. Pero Francisco Ayala lo compara nada menos que con Hamlet y Ramón Gómez de la Serna llegó a escribir una ópera, Chaplin, con música de Bacarisse. En cambio, ninguno de estos escritores censura a Buster Keaton: todos elogian su inteligente frialdad, su impasibilidad heroica.
Es curioso recordar ahora esta polémica, viendo a los dos, juntos, en la extraordinaria escena final de Candilejas: espera Chaplin a iniciar su melodía, con el violín, mientras un Keaton envejecido, al piano, contempla atónito como las hojas de su partitura resbalan una vez y otra hasta el suelo…
Son muy conocidos los versos de Rafael Alberti, en su libro Cal y canto, escrito justamente en 1927:
Bajo una red de cables y de aviones».
En La arboleda perdida, cuenta su fascinación juvenil por el nuevo arte: «Al teatro iba poco. El cine era lo que me apasionaba».
En su libro Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), Alberti dedica varios poemas a los entrañables cómicos del cine mudo: «Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que era una verdadera vaca». «Harry Langdon hace por primera vez el amor a una niña». «Stan Laurel y Oliver Hardy rompen sin ganas 75 ó 76 automóviles y luego afirman que de todo tuvo la culpa una cáscara de plátano».
Pedro Salinas imagina la creación del mundo en términos cinematográficos, como si se tratara de enorme pantalla, en la que van surgiendo, milagrosamente, los seres y las cosas, cuando el gran operador divino pone en marcha la cinta:
Solo la tela blanca
y, en la tela blanca, nada.
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansiedad de la mirada.
La diestra de Dios se movió
y puso en marcha la palanca…
Saltó el mundo todo entero
con un brinco primaveral».
También tuvo gran afición al cine Federico García Lorca y – lo que nos interesa más – su experiencia como espectador cinematográfico influye de modo importante en su estética.
En el verano madrileño de 1925, le escribe, con su habitual ironía, a su amigo Melchor Fernández Almagro:
«Yo trabajo… (no me digas nada), trabajo para morir viviendo. No quiero trabajar para vivir muriendo. Me renuevo. Gracias a Dios, en quien cada día que pasa pongo mi empeño y mi ilusión. Hago unos diálogos extraños profundísimos de puro superficiales, que acaban todos ellos con una canción (…) Creo que tienen un gran interés. Son más universales que el resto de mi obra… (que, entre paréntesis, no la encuentro aceptable)».
Entre las obras que menciona Federico en esa carta está un Diálogo de la bicicleta de Filadelfia. Si no me equivoco, es el que luego se publica en la revista granadina Gallo, en abril de 1928, con el título El paseo de Buster Keaton. A pesar de su brevedad, es una obra importante porque muestra claramente la evolución del estilo de Lorca. Quizá está influída por su amigo Salvador Dalí, que adoraba literalmente a Buster Keaton: «¡He aquí la poesía pura, Paul Valéry!»
Además de dar testimonio claro de lo que le influyó a Lorca el cine, esta obrita anticipa aspectos y abre caminos que tendrán más amplio desarrollo en Poeta en Nueva York, en Así que pasen cinco años y en El público. Se representó con éxito en el Teatro María Guerrero, cuando lo dirigía Lluis Pasqual, dentro del espectáculo Cinco Lorcas cinco.
El crítico inglés C.B. Morris, que ha estudiado la huella del cine en los escritores españoles desde 1920 a 1936, aventura incluso la hipótesis de que Federico se identifica sentimentalmente en cierta medida con Buster Keaton. Por ejemplo, cuando describe su mirada:
«Sus ojos, infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos, que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos humanos, en el equilibrio seguro de la melancolía».
Conchita Montenegro y Buster Keaton en la película 'De frente, marchen' (1930)
En 1989, Christopher Maurer publicó un texto desconocido de Lorca, La muerte de la madre de Charlot. Igual que defendía el vals, frente a algunos de sus compañeros, que lo consideraban una cursilería, Federico sabía compaginar su admiración por los dos grandes cómicos.
La estancia en Nueva York aumentó lógicamente su pasión por el cine. Lo comenta en una carta:
«Voy a algunos espectáculos. He visto una revista negra que es uno de los espectáculos más bellos y más sensibles que se pueden contemplar, y me he aficionado al cine hablado, del que soy ferviente partidario porque se pueden conseguir maravillas. A mí me encantaría hacer cine hablado y voy a probar a ver qué pasa. En el cine hablado es donde aprendo más inglés. Anoche vi una película de Harold el gafitas / Harold Lloyd /, hablada, que era deliciosa. En el cine hablado se oyen los suspiros, el aire, todos los ruidos, por pequeños que sean, con una justa sensibilidad».
No es inverosímil imaginar que, si hubiera vivido más años, Federico hubiera intentado también dirigir alguna película…
Queda para otro día hablar de Luis Buñuel, del muy cinematográfico Jardiel Poncela y de los españoles que fueron a Hollywood : La otra generación del 27, se ha dicho, la de los humoristas.
Retengamos la rotunda afirmación de García Lorca: «Me encantaría hacer cine hablado y voy a probar, a ver qué pasa». La muerte se lo impidió.
Está claro: el 27 fue la primera Generación española que nació con el cine.