Si llega la muerte, que antes venga Nicole Kidman
A los 60 años de USA y yo, el libro de Delibes, algunos viejos hábitos se contagian, mientras Rufián se pelea con los libreros, Sorrentino se apunta a la duda y la moda consagra las diferencias de edad en el amor, bajo muy distinta consideración
Nicole Kidman, en la alfombra roja de los Premios Oscar
En uno de los capítulos de un fabuloso, y poco conocido, libro de Delibes, USA y yo, crónica de una estancia prolongada en ese país, el escritor se refiere al trato que allí reciben los mayores. Los viejos, titula sin mucho titubeo el capítulo destinado a glosar la relación de los estadounidenses con los ancianos, nula o escasa: «Constituyen un freno, estorban».
Tras afirmar que «de ordinario, en los hogares americanos no hay lugar para el viejo, para el enfermo o para el muerto», Delibes apunta más adelante que «tales entorpecimientos están previstos por la sociedad», capaz de proveer el suficiente número de asilos, hospitales, funerarias… «para acoger a todos los que puedan presentarse».
«El sentido práctico se ha impuesto aquí sobre el sentimiento, le ha dominado», remacha. Algo que se observa estos mismos días con el anuncio de que por allí prosperan las llamadas «Doulas de la muerte», unas personas que pasan con los enfermos terminales los últimos días de su vida, sin relación afectiva o familiar con ellos.
El escritor vallisoletano Miguel Delibes, en una imagen de archivo
Lo que antes solía hacer la familia ahora puede cargarse a la tarjeta, si es preciso. Al menos en América, donde impera ese sentido práctico al que apunta el escritor (yo tengo una amiga que se ha hecho millonaria, en Chicago, mediante el alquiler a domicilio, por horas, de todo tipo de cuidadores para personas de la tercera edad).
Desde luego no es algo tan reciente, pero parece que ahora las Doulas, que al menos actuarían gratis, se pondrán de moda. La causa es que una de las más solicitadas será seguramente la actriz Nicole Kidman, última adquisición del gremio.
La protagonista de Baby Girl se desatendió de su propia madre por andar ocupada con los líos de las series, películas y su divorcio. No tuvo tiempo de acompañarla siquiera durante los últimos días de su enfermedad: el anuncio de su fallecimiento le pilló en el Festival de Venecia.
De modo que esta vez, abrumada por culpas y remordimientos, se ha puesto a estudiar para Doula, según acaba de informar ella misma, porque en USA para todo hay que formarse, y los créditos universitarios se acumulan por si, más adelante, uno quiere aprovecharlos y hacerse informático.
Nicole Kidman en Chanel
Más de uno y otra, puestos en el trance de recibir la inminente visita de la Parca, siempre verían preferible que en esta penosa hora de las últimas presentaciones los acompañase, a poder ser bien de cerca, una señora como Kidman, en lugar de la prima Asunción, a la que al final solo le preocupa en qué torpes manos acabará la vajilla de Noritake.
En el remate de su artículo, Delibes sostiene que en nuestro país ese desprecio hacia la vejez jamás se daría, «porque la estructura humana y social española está dispuesta sobre unas viejas normas inmutables de solidaridad y convivencia».
El libro se publicó hace justamente 60 años. Y ahora mismo, en Zaragoza, ya prestan sus servicios unas Doulas. Solo que aquí han tenido el acierto, al menos, de cambiarles el nombre por el de meras acompañantes.
Los Alfas no leen, Rufián tampoco
«Cuando me enteré de que la generación Alfa no lee, dejé de pulir mi prosa». La frase es una de las tantas ingeniosas con las que se adorna uno de los personajes esenciales de la estupenda serie Hacks, cuyo final emite ahora HBO, el de la joven y talentosa guionista al servicio de la veterana y mordaz estrella del espectáculo.
¿Vale la pena seguir esforzándose por escribir poniendo cierta intención, o al menos cuidado, en el estilo de lo que desea expresarse cuando lo más probable es que nadie se tome ya la molestia de apreciarlo?
Afortunadamente, aunque ya solo se prodiguen para cuatro excéntricos, en lugar de procurarse otros remedios más beneficiosos contra el inevitable paso de las horas, algunos maravillosos escritores nunca podrán zafarse del todo del síndrome del escorpión (ellos tampoco pueden evitarlo).
Pero al pesimista parecer de esta talentosa chica de la tele, producto de la imaginación de algún otro escritor que se sirve de ella para hablar de lo que ahora mismo está en el aire, se unen las polémicas declaraciones de Gabriel Rufián, el famoso portavoz de ERC.
Gabriel Rufián en el Congreso
El otro día comentó que, puesto a recabar el apoyo de las nuevas generaciones para hacer realidad el propósito de seguir prosperando en lo suyo, con nuevos retos a la medida de sus ambiciones (en realidad, solo una: que no lo saquen nunca de la capital de sus sueños húmedos), él prefiere «llenar TikTok antes que bibliotecas».
De ese modo burdo como su personaje daba a entender básicamente una pequeña obviedad: que a los niños resulta ahora más fácil encontrárselos en las redes sociales, y antes por calles y parques, que ojeando Rinconete y Cortadillo.
Pese a no haber dicho esta vez ningún disparate, los bibliotecarios, como suele ocurrir cuando se molesta a algún gremio específico, se sintieron aludidos y le montaron un pequeño escrache virtual con comunicados a los que seguirían en cascada flamígeros artículos de otros sectores agraviados, como los propios escritores.
Sabe Rufián perfectamente de lo que habla, por eso a la hora de seducir a los votantes de la siguiente generación lo hace en los after de Moncloa, donde más que meter sus cuñas populistas aprovecha para ensayar improbables pasos de salsa y que no se rompa la noche, cuando en realidad lo que debiera procurar es no lesionarse, dada la escasa destreza para los bailes tropicales con su cintura de madera.
En el fondo, este tabernario alborotador de hemiciclos no ha dicho ninguna tontería. Como tampoco desbarró del todo, hace unas semanas, el actor Timothée Chalamet, cuando también poco más o menos vino a afirmar que a ese muermo de la ópera y el ballet ya solo van pensionistas, porque hasta las marquesas se han dado de baja.
Timothee Chalamet en los British Academy Film Awards
La cultura (si es que acaso alguna vez no ocurrió así) ha quedado hace tiempo para pequeñas grandes minorías. Esas que sin dar la lata a la vecindad acuden a llenar la sala grande del Auditorio Nacional para escuchar las suites para violonchelo de J.S. Bach un día cualquiera, si las toca Queyras; hacen cola en el Prado cuando aún tienen el acierto de programar alguna gran exposición como la reciente de Veronese, o dejan sin butacas libres alguna de las sesiones de fin de semana donde se exhibe La Grazia, la maravillosa nueva película de Sorrentino, que le ha devuelto a poetas egregios como César Antonio Molina la fe brevemente perdida en el director italiano.
«Hay gente pa tó», afortunadamente. Solo resta por saber si en el futuro, incluso aquellos que hoy se obstinan todavía en la búsqueda de la excelencia y la belleza harán posible la convivencia entre la pura creación humana y la que derive de la maquinita que, con lo que aprende a toda pastilla, seguramente será capaz en algún momento de servir obras singulares en todos los ámbitos del arte. Otra cosa es que puedan superarse los prejuicios, el orgullo y las penas de la cartera.
Pero mientras, a un político como Rufián habría que pedirle que, en lugar de convertirse en improvisado Baudrillard, y dedicarse a difundir por los mítines sus útiles reflexiones sociológicas en ámbitos como el de la comunicación de masas, se esforzase mayormente por impulsar alguna iniciativa positiva para la ciudadanía, más allá de sus compañeros de copas.
Por ejemplo, una que sirviera para que los niños, pegados al fascinante artilugio con el que los chinos han logrado domesticar aún más la estulticia de media humanidad para su esencial provecho, le dedicaran todavía algún tiempo a la lectura.
Seguramente resultará complicado, pero ¿no llegaron hasta aquí estos nuevos defensores de lo público para «hacer realidad lo imposible», como predicaban sus padres en el 68?. Claro que, si eso ocurriera, Rufián correría seguramente el riesgo de quedarse sin votantes.
Sorrentino, la gracia de dudar
En una ocasión escribió Stefan Zweig: «En la vida real y concreta, en la esfera de poder de la política, rara vez deciden (valga esto como advertencia contra toda credulidad política) las figuras señeras, las gentes de ideales elevados, sino una especie mucho menos estimable pero más hábil: los personajes de segundo plano».
Habría que enmendar la frase para señalar aquí que estos últimos figurantes o secundarios son los que han ocupado finalmente toda la relevancia en la escena política. De lo que Zweig apuntaba como «figuras señeras» ya no quedan. Solo permanece el recuerdo de algún otro y lo que trae ahora mismo la ficción.
Dónde encontrar en estos momentos un presidente como el que Toni Servilio encarna en La Grazia, la nueva película de Paolo Sorrentino. Un jurista reputado, su acreditado talento y larga experiencia puestos al servicio de la razón, cercado íntimamente por sus propios fantasmas interiores, pero no por ello sin dejar de cumplir de la manera más cabal posible con sus altas responsabilidades.
El escritor Stefan Zweig
Se dirá que estas últimas, en su caso, como primer mandatario de la República, un puesto que se asemeja más al de un árbitro, le permiten eludir el navajeo cotidiano de la política partidista, lo que siempre resulta más lucido.
Pero incluso para mostrarse magnánimo, como en la administración de los indultos, conviene apuntalar con rigor los argumentos: o de lo contario ocurre como en España, en este instante, cuando la concesión de la gracia, virtud noble, elevada y comprometida, deviene en otra forma más de corrupción política.
Giuseppe Verdi
Sorrentino me recuerda en este filme a su coterráneo Verdi. Al menos en dos momentos esenciales. Cuando, al final de su larga y brillante carrera, aquel anciano que había recibido en carne propia algunos virulentos zarpazos (la muerte prematura de sus únicos niños y de la primera mujer, el rechazo social a la amante, las absurdas restricciones de la censura a su libertad creadora, la batalla por defender su lugar en la música contra necios, envidiosos y petulantes,…), durante su definitiva obra postrera, Falstaff, reivindica con toda intención el sentido de la ligereza, evidente en el humor, para restarle importancia a cualquier contratiempo, por pesado u odioso que parezca. La inteligencia en grado sumo, como el personaje del presidente italiano.
En otro momento decisivo, el director parece dialogar con el Réquiem del propio compositor, obra que seguramente conocerá, aunque no la mencione. En ella Verdi ofrece la visión del hombre mediterráneo, algo teatrero e insolente, a la hora de reclamarle a Dios, con exceso de vehemencia y bastante altanería, que le diga ya si se propone salvarlo «en el día tremendo».
Lejos del consuelo final que se aprecia en otras piezas similares de sus pares, el autor concluye la suya en un íntimo susurro, que para algunos resulta convenientemente liberador, pero en el que otros, a partir de una cierta casi imperceptible inestabilidad tonal, atisban la sombra indeleble de la duda. ¿Lo harás…?
Del mismo modo, en el instante próximo al adiós, Sorrentino coloca a su Mariano, un hombre que ha consagrado toda la existencia a impartir justicia basado en un sólido sentido ético, entre la razón y su profunda religiosidad, ante el desafío seguramente más humano.
Dicen que el cine ha envejecido mal. Pero solo envejecemos nosotros, para casi todo.
«Gallina vieja por gallina joven»
Hasta hace nada se afirmaba, de un modo bastante zafio, como ocurre con algunos dichos populares, que el hombre que a una cierta edad mudaba de pareja había cambiado «gallina vieja por gallina joven».
Ahora que parece que también lo hacen las mujeres, no sé qué se dirá, porque ponerse a hablar de gallos en estos casos resultaría casi rebajarlas aún más, perpetuando el cariz machista.
En realidad, ese acuerdo tácito o no entre mujeres convenientemente maduras y efebos en la flor de la flexibilidad de sus articulaciones siempre ha existido. Recuérdese aquel flirteo entre Cherubino y la condesa Rosina, que inició Beaumarchais y luego prosiguió Mozart hasta derivar en La madre culpable, ejemplo de maternidad algo tardía, lo que tampoco resulta ninguna novedad (es lo que tiene volver a los clásicos: nada parece ya convenientemente moderno o rabiosamente actual).
Reconstrucción del rostro del compositor
Lo único relevante ahora parece ser asistir, ya sea través de la ficción, los reportajes dominicales y finalmente la vida, a esa consagración de la igualdad a la baja que consistiría en replicar, esta vez como esencial, renovada virtud, los comportamientos que en otro tiempo se tenían por deleznables, propios de la soberbia, la vanidad, el egoísmo, la ingenuidad, la inmadurez, … tan típicamente masculinas.
Por supuesto, que cada cual haga lo que estime más conveniente según sus deseos, faltaría más. Aunque para eso no se precisen cierto tipo de justificaciones o coartadas que más tienen que ver con lo literario.
Por ejemplo, cuando se adorna la prosa con envoltorios del tipo «es que en el ideal encuentro propiciado por los lazos que ahora unen a mujeres con chicos a los que les doblan la edad se produce un fascinante acuerdo entre la experiencia bien vivida y el impulso de una nueva energía no contaminada».
Lo que, en el caso contrario, el de un veterano actor norteamericano, que tras un largo matrimonio resolvió cambiar de argumento con nuevas lecturas, se resumió no hace mucho en una declaración algo más directa: «Había olvidado lo que era acariciar un cuerpo de veinte años, volví a sentirme como en el colegio». Claramente, este tipo es un zote, nada que ver.