Después del huracán, viene la calma
Sólo Roca Rey logra una oreja, con una floja y mansa corrida de Domingo Hernández
Roca Rey, con la muleta ante el segundo de su lote, al que cortó una oreja
La no ticia de la histórica faena de Morante, este jueves, en la Maestranza, ha impresionado a España entera, incluidos taurinos y no taurinos. Me llegan mensajes de Pamplona, de Gijón, de Badajoz, de Barcelona, de Madrid… También, de Hispanoamérica: del Perú, de Bolivia…
¿Quién se acuerda hoy de un ministro llamado Urtasun, de otro ministro llamado Puente? La fotografía de cientos de jóvenes entusiasmados, llevando a hombros al matador sevillano, deshace todas las inepcias, todas las estulticias y todos los tópicos sectarios e ignorantes.
Lo acaba de proclamar Curro Vázquez, en la recién recuperada Venta de Antequera, al recibir el premio de la Real Unión de Criadores de Toros de Lidia: «Nunca ha habido tanto chaval que quiere ser ganadero. Mientras haya toreros jóvenes y ganaderos jóvenes con ilusión, el toreo no se puede acabar».
Añado yo algo más prosaico y concreto: mientras la gente quiera comprar entradas, mientras sigamos viendo en las Plazas de Toros carteles de «No hay billetes», la Fiesta no se va a acabar. Los síntomas apuntan a todo lo contrario.
Prueben los señores Urtasun y Óscar Puente a conseguir una entrada para ver a Morante, en cualquier Plaza, sin alegar su condición de ministros, y comprobarán si se trata de una Fiesta «irrelevante», que ya no tiene presencia alguna en la sociedad española, como ellos han repetido…
Antes de opinar sobre algo, conviene conocer un poco la realidad de la que se va a hablar. Ya decía Ortega (don José, no don Domingo) que, en España, lo auténticamente revolucionario sería que cada uno hablara sólo de lo que sabe. Me temo que ésa sigue siendo nuestra gran revolución pendiente.
Vamos todos esta tarde a la Maestranza con el recuerdo vivo de la tarde inolvidable que tuvimos la fortuna de vivir ayer. ¿Volverá hoy a repetirse algo semejante o, siquiera, parecido? No parece probable pero con esa esperanza acudimos todos siempre a las Plazas de Toros.
Lo canturreaba el muy sabio Juan Belmonte: «Siempre te estoy esperando –y nunca llegas– a horita cierta». No es fácil que a Urtasun o a Óscar Puente les esperen en ningún sitio con tanta ilusión…
No triunfaron los toros de Garcigrande, el Domingo de Resurrección. Domingo Hernández tiene esta tarde la ocasión de sacarse la espina: por desgracia, no lo hace. Los toros, justos de presentación y casta, mansean mucho. No dirán hoy los taurinos que los toros no embestían porque eran demasiado grandes o porque pesaban demasiado…
En cuatro toros, han sonado, como en la preciosa canción de Simon y Garfunkel, Los sonidos del silencio. En una Plaza de toros, eso es demasiado silencio. Solamente Roca Rey logra cortar una oreja, en el quinto. A Pablo Aguado lo apoyan mucho sus paisanos. Talavante tiene una tarde muy gris, sin compromiso ni lucimiento.
Roca Rey, con el capote ante el primero de su lote, en un nuevo lleno en Sevilla
Igual que muchas tardes, el paseíllo se ha retrasado cinco minutos. Algunos diestros han cogido esa mala costumbre. Incluso en una Plaza tan amable como ésta, suenan algunos pitos: es una falta de respeto al público y al rito taurino, que hay que mantener.
Triunfó como ganadero Talavante, con sus novillos pero no revalida ese triunfo como matador. Tarda en salir el primer toro, que cumplió los cuatro años hace sólo dos meses. Lo recibe con suaves lances: el toro humilla pero embiste con poco celo, mansea, hace floja pelea en varas, tiene clara querencia a chiqueros (allí, lógicamente, aprieta al banderillero). No ha habido quites ni brindis. Con una res de embestida mortecina, que se desentiende de la muleta, el trasteo no tiene relieve alguno; para colmo, surge un desarme. En Las Ventas ya hubieran gritado, con razón: «¡Petardo!» Se lo quita Alejandro de delante con facilidad y el manso acaba echándose en chiqueros, donde quería ir. No hemos visto ni toro ni torero: nada.
El cuarto renquea de salida, humilla; acude al caballo pero apenas lo pican; en la muleta, repite y surgen enganchones. El trasteo resulta incoloro, inodoro e insípido. Incluso este público, bondadoso hasta el exceso, se impacienta. Pincha sin estrecharse y descabella. Un castizo resumiría: «rián de rián».
Después de «lo de Morante», no lo tiene nada fácil Roca Rey. Ya se sabía: el sevillano torea con más arte, sin duda alguna. Lo que no podíamos sospechar es que también iba a ser más taquillero: un caso singular, en un diestro de su línea. Roca Rey es ambicioso (una de sus mejores virtudes) y no triunfó el Domingo de Resurrección: esta tarde, ha de apretar más, con sus armas, que son diferentes a las del sevillano…
El segundo toro, de justa presentación, mansea claramente de salida, pega dos arreones que descolocan al diestro. Intenta mantenerlo en el centro del ruedo pero el animal sigue huyendo; también huye del caballo. Le dejan que acuda al picador de reserva y sale de naja. Roca Rey traza verónicas al aire, a un toro que huye. ¿Habrá que recordar que los mansos también tienen su lidia, que puede ser meritoria y hermosa? No lo vemos, esta tarde. Aguado dibuja unos lances con naturalidad, sin estrecharse, muy aplaudidos. Andrés brinda el toro por los micrófonos de la televisión: los que estamos en la Plaza, nos quedamos in albis. ¿Por qué no se conectan los altavoces de la Plaza, en esos casos? Después de una vuelta de campana, el toro arranca a embestir, con cierta violencia, El peruano se pelea con él, lo mete en la muleta, en un trasteo desigual pero con vibración. Se ha justificado, sin brillo. Mata con decisión.
Pablo Aguado, este viernes en La Maestranza de Sevilla
El quinto toro, alto y escurrido, renquea ya en los lances de recibo. No lo pican pero rueda por la arena. Aguado dibuja delantales sin toro. El animal embiste sin clase pero se mueve. Roca Rey logra muletazos mandones, en una faena con mucho oficio. Cuando recurre al encimismo, sufre un desarme. Entra a matar muy en corto, como debe ser: algo que tan pocas veces vemos ahora, por desgracia. El rotundo espadazo le vale la oreja.
Pablo Aguado lancea con naturalidad al tercero, que se abre mucho en cada lance, se quiere ir. Lo cuidan, en el caballo. El público está deseando aplaudir a Pablo, que traza airosas chicuelinas. Como tantas tardes, se luce Iván García con los palos. Con un toro mansito, que tiene las fuerzas justas, Aguado deja detalles de ese toreo bonito, de pellizco, que aquí tanto gusta, hasta que el animal se raja descaradamente, primero a chiqueros y luego a tablas, y todo se diluye. Lo caza a la segunda.
El último toro también se va del capote. Tampoco lo pican y aprieta un poco en banderillas pero llega manejable a la muleta. La maneja Aguado con soltura. Una voltereta aumenta la escasa emoción pero el toro, como otros, se raja a chiqueros. Suena un aviso antes de entrar a matar. Logra una estocada con salto pero el puntillero levanta al animal y suena el segundo aviso. La cariñosa petición de los paisanos no es suficiente.
Como dice el sabio refranero, después del huracán, ha llegado la calma. El jueves, hemos vivido un huracán de emociones artísticas; este viernes, una calma chicha, cercana a la modorra.
Sólo han tenido una gran tarde los vendedores de gin-tonics. ¿Sirve de algo recordar que está prohibido salir y entrar de la Plaza durante la lidia? Parece que no. Está mal eso en todas partes pero, en la Maestranza, está peor.
Si los toros no tienen casta y fuerza, no hay nada que hacer. Menos aún, cuando los diestros ni siquiera intentan darles a los mansos la lidia que están pidiendo. Por desgracia, eso es hoy lo habitual: reses con poca casta y faenas rutinarias.
Nos queda el recuerdo de Morante.
FICHA
- Sevilla. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería. Feria de Abril. Viernes, 17 de abril de 2026. Lleno.
- Toros de Domingo Hernández, justos de presentación, mansos y flojos, en general; manejables, los dos últimos.
- TALAVANTE, de lila y oro, estocada (silencio). En el cuarto, pinchazo y descabello (silencio).
- ROCA REY, de sangre de toro y oro, estocada (silencio). En el quinto, rotunda estocada (oreja).
- PABLO AGUADO, de tórtola y oro, pinchazo y estocada (silencio). En el sexto, estocada (dos avisos, petición y ovación de despedida).