'El gitano por amor', España no cree en la grandeza de su patrimonio histórico
El estreno en el Teatro de la Zarzuela de la última obra maestra de Manuel García demuestra, una vez más, la escasa fe que se pone en reivindicar la relevancia ignorada de algunos de los grandes creadores españoles
El gitano por amor, estreno de anoche en La Zarzuela
Ciertamente es lamentable la falta de fe que las principales instituciones españolas demuestran a la hora de rescatar, como se debe, el inmenso, rico, variado patrimonio musical de este país.
El ejemplo más reciente es Manuel García y su ópera El gitano por amor, cuyo autor, el Plácido Domingo de su época, reconocido en Europa como uno de los más grandes cantantes de su tiempo, que llevó la ópera a América, fundó una de las más antiguas y reconocidas escuelas de canto de cuya ciencia se benefician aún hoy intérpretes actuales y compuso obras de innegable interés, no ha logrado aún el reconocimiento que se merece.
Sí, se han hecho cosas, algunos teatros aquí y allá han programado varias de sus obras mayores, mientras las fundaciones acogen de vez en cuando algunas de las pequeñas; se han propiciado grabaciones…, pero cuando hay que echar el resto, como ahora, cuando tocan aniversarios, se hace sin verdadera ambición, sustituyendo la devoción por el mero compromiso.
Imagínese por un momento que los franceses se hubieran propuesto rescatar del olvido una obra como El gitano por amor, que García no alcanzó a ver representada durante el azaroso periodo final de su vida. Se habrían volcado todos los recursos necesarios para hacerlo a lo grande, con una producción esmerada abriendo la temporada del Palais Garnier, convirtiéndolo en un acontecimiento cultural, seguramente emitido por televisión a través de la cadena ARTE, que para el momento estrenaría además algún documental consagrado a revivir al gran desconocido, cuya animada y fructífera existencia, pródiga en lances novelescos, daría para una serie de alguna plataforma privada, ya que RTVE solo está para beneficiar a los adictos al régimen con baratijas y propaganda.
'El gitano por amor'
Pero aquí tratamos a ese tal García, el mismo que estrenó El barbero de Sevilla de Rossini, fue el gran tenor mozartiano de su época, padre de las Malibrán, maestro de otros tantos cantantes ilustres, organizador musical cuyos sus buenos oficios conocieron en París, Nueva York y México, y autor de una ingente producción musical que ofrece auténticas joyas, como si fuera otra carga más con la que hay que cumplir de vez en cuando, para que no se diga del todo que se la he dejado de lado.
E insisto, los que lo conocen bien, y se han implicado en su reivindicación, dirán que no, que sí que se han hecho y se hacen bastante cosas para rescatarlo. Faltaría más. Casi todas pequeñas. Como esta insuficiente recuperación de El gitano por amor que acaba de estrenarse en la Zarzuela, previo paso por Málaga y Oviedo.
La culpa no es de Carlos Álvarez. El barítono malagueño propició su recuperación con magnífico ojo de gran conocedor, cuando inauguró su Ópera Estudio en la ciudad andaluza. Pero él, que bastante hizo entonces con su intuición y conocimiento, no podía por sí solo, a pesar de su sólido prestigio, a partir del presupuesto para un curso, abordar un empeño que sobrepasaba con holgura las posibilidades de un montaje concebido para un equipo de alumnos, a los que también se sumó el talento y la profesionalidad de Emilio Sagi, pero, otra vez más, con recursos limitados.
'El gitano por amor'
Si la idea era que esta ópera llegara finalmente al Teatro de la Zarzuela, por el camino, se hubiera podido abordar de otra manera, propiciando algunos cambios para que inaugurase la temporada con todo el rigor imprescindible en una gran ocasión.
En primer lugar, se podría haber intentado (en eso consiste la ambición artística) incorporar a dos grandes figuras actuales, con raíces hispanoamericanas, para dotar a los protagonistas de todo su necesario fulgor: ¡la atención que este estreno hubiese concitado si se lograse reunir, por ejemplo, a Juan Diego Flórez y a Lisette Oropesa (que ha grabado una de sus arias) en los roles principales!
No solo por su fama o carisma, sino por su capacidad para hacer brillar en toda su plenitud el genio desplegado por García en una partitura que contiene momentos de gran inspiración, pero solo a la medida de lo que este compositor tenía en mente con sus elevadas exigencias: manteniendo las distancias, tampoco resulta lo mismo servir El barbero de Sevilla de Rossini con buenos cantantes, o rutinarios como suele ocurrir, que hacerlo con intérpretes excepcionales: Berganza, Nucci, Blake, Dara, …
Y en cuanto a la producción, se podría haber pensado en enriquecer, de alguna manera, con vistas a una renovada gran puesta de largo, un montaje que en el inicio se concibió sin mayores pretensiones, casi para satisfacer seguramente un encargo modesto según las posibilidades del teatro malagueño donde se estrenó.
'El gitano por amor'
Emilio Sagi hace lo que sabe, que es mucho, aunque también ya empiece a pesarle el fatigoso paso del tiempo. Decide aquí jugar a la carta conformista, algo ñoña, de lo «naive», una tramposa ingenuidad atribuida por él al propio libretista García para soslayar la denuncia que, por lo bajo de esta puesta al día de La gitanilla cervantina (su base argumental), se refiere a los prejuicios de raza.
Para que reine el acuerdo y se restablezca pronto el orden social, tendrá que descubrirse que los protagonistas eran en realidad nobles extraviados, y no en esencia esos gitanos «taimados, embusteros, pícaros, falsos, trapalones y malvados» a los que se refiere, al principio, el personaje de Baldaquín, un bien logrado cruce entre Leporello y Figaro, aquí magníficamente incorporado por Javier Povedano.
El director asturiano prefiere pasar de puntillas y centrarse en las bondades del mensaje redentor del amor, sacando al final unos bochornosos corazoncitos como Chen Kaige hacía en su clásica versión de Turandot para Les Arts, en un remate de corte hollywoodiense que permita esbozar una sonrisa, no al modo algo desconcertante y, en el fondo, algo desolador del Così fan tutte con su íntimo reconocimiento del humano proceder, sino más bien con un toque de tierna ingenuidad que se imponga sobre cualquier sombra de duda.
Como si tampoco él tuviera demasiada fe en la obra, Sagi se desvía del trasfondo de cualquier amargura o apunte social jugando a la carta de un folclorismo no siempre logrado: la dignidad y belleza de los gitanos no consiste en disfrazarlos. Añádase la suma de algunas de sus reconocibles cartas de presentación, del abuso del rojo o las flores a la aparición de la luna; de las sillas a una cierta austeridad escenográfica que le sirve un maestro en este tipo de estética minimalista de pulcro, prudente, bien articulado trazo que suele servir para todo, su fiel colaborador Daniel Banco.
Al frente de una orquesta no demasiado inspirada, con algunos desajustes y un sonido a ratos demasiado avaro, salvo quizá en los bien delineados concertantes, estuvo un auténtico especialista en este repertorio, Carlos Aragón, más preocupado a veces en cuadrar en las escenas de conjunto a sus cantantes, y que no se le escaparan como ocurrió en algunas ocasiones, que por obtener un sonido más pulido, refinado y chispeante de la agrupación madrileña. El coro se mostró, como siempre en su sitio, en otra magnífica actuación.
'El gitano por amor'
Del elenco reunido, esforzado e implicado, más allá de las limitaciones puntuales, destacaron sobre todo las voces femeninas. Se impuso la veteranía de una María José Moreno, esta vez n un rol secundario, pero que precisa (como siempre con García) de una intérprete capaz de sortear con elegancia y aptitudes sus «trampas» (la coloratura, la afinación precisa, el ascenso al agudo).
La soprano granadina se mostró segura y resolutiva, manteniendo la lozanía de su precioso timbre y la absoluta facilidad en las alturas, lo que hace más incomprensible que vaya a cantar Berta en la próxima temporada del Real, un rol para intérpretes añejas en el final de la carrera: que la Moreno se encuentre una y otra vez desaprovechada no quiere decir que esté acabada, ni mucho menos.
Tuvo merecido éxito Sabina Puértolas, mostrándose desenvuelta como intérprete, quizá su mayor virtud, y una saludable coloratura. El ascenso al agudo, en ocasiones, se ofrece envuelto en ciertas estridencias, que en cualquier caso no empañan una actuación notable, como se pudo apreciar en su aria final, donde casi pareció reclamar, al situarse de frente al público, estatus de verdadera diva (los tiempos de Renata Scotto, la última genuina como tal, pasaron definitivamente).
En otro escalón habría que situar la prestación del tenor Juan Antonio Sanabria, excelente como actor, pero algo limitado en la proyección de un instrumento endeble, pobre de timbre y agudos débiles. Muy bien resuelto el personaje de Baldaquín en la voz, suficiente (aunque tampoco la proyección sea su fuerte), y recursos escénicos de Javier Povedano. Entre el resto, sobresalió la lujosa aportación de Pietro Spagnoli en el rol del marqués del Pino.
La deliciosa obra de García, compendio de todos los saberes aquilatados a lo largo de su prestigiosa trayectoria profesional, donde logra integrar la música española en los cauces y formas de un belcantismo que bebe fundamentalmente de Rossini, pero extiende sus raíces hasta Paisiello, Cimarosa, Mozart o Gluck (en algún recitativo) hubiera merecido, en cualquier caso, una tratamiento mucho más solemne, un compromiso más sólido que sirviera para situarlo, como resulta oportuno, entre los grandes compositores españoles de un siglo XIX que no es que se destacara precisamente por su abundancia.
Mucho más teniendo en cuenta que las aportaciones de García van mucho más allá de su labor como creador: estamos antes una gran personalidad de la escena musical europea, como en su día reconocía el propio Stendhal. Lástima que aquí casi nadie se haya enterado.