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Agustín de Foxá

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El Debate de las Ideas

Conde, gordo y cínico. ¿Por qué leer a Agustín de Foxá?

Dice la leyenda que se encontró con Lorca en Madrid, poco antes de que España se incendiase. Le recomendó marcharse a Biarritz: eran conscientes de que nos acercábamos peligrosamente al abismo. Pero el andaluz pensó que estaría mejor en casa, en su Granada. ¿Cómo habría cambiado la historia de nuestra literatura si hubiese seguido aquel consejo?

Amigo de José Antonio y miembro de su llamada «corte literaria», diplomático, poeta, articulista, autor teatral y orador ingenioso e incansable, Agustín de Foxá, conde de Foxá y marqués de Armendáriz, puso letra al Cara al sol junto a sus camaradas falangistas a la vez que se mezclaba con los autores del 27. No eran, todavía, dos trincheras enfrentadas en la vida y en la literatura.

De su obra, solo Madrid, de Corte a Cheka ha sobrevivido medianamente al paso del tiempo, quedando olvidado el enorme éxito que tuvo durante el franquismo como articulista por su gran calidad de prosa y, también, por su personalidad ingeniosa y arrolladora que ha dejado multitud de frases célebres.

Nacido en 1906, su infancia transcurrió entre paseos versallescos por un Madrid alfonsino. Estudió en el Colegio del Pilar, cursó Derecho y accedió después a la carrera diplomática. Muy pronto empezó a colaborar en La Gaceta Literaria, epicentro de las vanguardias de los años veinte, y en otras publicaciones como Héroe o Mundial. Desde 1930 comenzó a colaborar con ABC, medio en el que escribiría hasta su muerte y en el que se convertiría en un articulista muy leído que hacía, según Umbral, más que artículos, retablos barrocos. En esos años trató a Ramón Gómez de la Serna y a María Zambrano, entre otros.

Publicó en 1933 su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por Manuel Altolaguirre. Falangista de primera hora, más por lealtad personal y romanticismo literario que por convicción ideológica, nunca dejó de declararse monárquico. Habitual de las tertulias de La Ballena Alegre, fue, junto con Rafael Sánchez Mazas, el escritor falangista de más talento.

Tras publicar El toro, la muerte y el agua, dedicado a Antonio Machado y prologado por Manuel Machado, la Guerra Civil lo sorprendió en la embajada de Bucarest. Tras varios meses de ambigüedad y maniobras como doble agente, se incorporó al bando sublevado. En Salamanca, ya en zona franquista, compartió mesa en el café Novelty con otros intelectuales del nuevo régimen y escribió Madrid, de Corte a Cheka. Concebida como un episodio nacional a la manera galdosiana, se ha considerado una de las mejores novelas españolas del siglo XX, lo mejor escrito desde el bando de los sublevados, sin duda. Pensaba escribir dos novelas más: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. La primera apareció póstumamente y la segunda se perdió.

Foxá dejó también una amplia obra poética: El almendro y la espada, Poemas a Italia o El gallo y la muerte, y teatral, tanto en prosa como en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía o Gente que pasa. Dirigió la revista bilingüe Legiones y Falanges y escribió en Vértice y Jerarquía, sin abandonar nunca ABC.

Su carrera diplomática consolidó su fama de hombre ingenioso, mordaz y profundamente cínico. En 1940 fue destinado a Roma como jefe de la Falange en Italia. Allí, su lengua afilada acabó jugándole una mala pasada: una burla dirigida al conde Galeazzo Ciano, yerno del mismísimo Mussolini, provocó un escándalo diplomático que estuvo a punto de costarle algo más que el puesto cuando Ciano, en venganza, le acusó de espiar para los aliados. Serrano Suñer resolvió el asunto con una fórmula que hizo fortuna: Foxá salió de Roma «por chistoso, pero no por espía».

En 1941 fue destinado a Finlandia, en plena Operación Barbarroja. Allí coincidió con el escritor italiano Curzio Malaparte, corresponsal del Corriere della Sera. De esa convivencia surgiría Kaputt (1944), una de las grandes obras literarias sobre la devastación moral de Europa. Malaparte convirtió a Foxá en personaje de la novela, atribuyéndole diálogos que reflejan su ingenio corrosivo y utilizándolo como antítesis ideológica, como encarnación de una tradición española descrita, no sin cierta fascinación, como «cruel y funesta».

Entre 1949 y 1950 participó en la llamada «misión poética», junto a Luis Rosales, Leopoldo Panero y Antonio de Zubiaurre, recorriendo países iberoamericanos antes del restablecimiento de relaciones diplomáticas con el régimen franquista. Ese mismo año fue destinado a La Habana. Regresó a España en 1955, cuando fue elegido miembro de la Real Academia Española, aunque nunca llegó a leer su discurso de ingreso.

Su último destino fue Manila. Allí, el alcoholismo terminó de arruinar su salud. Desahuciado por los médicos, decidió volver a España para morir. Al bajar del avión, en camilla, dijo con su habitual guasa: «Ya ves. Llega el último de Filipinas». Murió en Madrid en 1959.

Díaz-Plaja escribió de él que «solamente quería ver el costado magnificente de las cosas, y cuando la realidad circundante se obstinaba en mostrarle el aspecto equívoco, gris o abyecto, se fabricaba mundos de maravilla». Sus textos son eso, la mirada nostálgica, culta y romántica de un escritor excepcional que contempla cómo se derrumba el mundo de sus mayores.

Foxá, con algo de falso sha de Persia, un dandy que no acertaba a sacarse el corazón por la pechera de su camisa (Ruano), era poesía y corazón por encima de todo, quizá contra sí mismo (Fernández Almagro), el poeta cuyos versos se recuerdan y el hombre cuya vida se cuenta o se inventa, sin que se pueda decir lo que en ella fue verdad y lo que pudo serlo (Gregorio Marañón).

Un lujo de España (Ruiz Quintano). El hombre de la anécdota de sus mil y una anécdotas, que hacía cinismo de salón e ingenio de su ingenio (Ruano de nuevo) y que hoy, tras ganar la guerra, pero perder la posteridad literaria (Trapiello), merece ser leído sin prejuicios políticos y con deleite de su prosa y su verso.

Algunas de sus frases cínicas e ingeniosas que aún se recuerdan

«Soy aristócrata, soy conde, soy rico, soy embajador, soy gordo, y todavía me preguntan por qué soy de derechas. ¿Pues qué coño puedo ser?»

«Hagamos de España un país fascista y vayámonos a vivir al extranjero.»

«Tengo el puesto ideal. Embajador de una dictadura (la de Franco) en una democracia. Disfruto de ambos sistemas.»

«Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro.»

Algunas de sus obras recientemente editadas:

Madrid de Corte a Cheka. Renacimiento, 2016. Una de las mejores novelas del siglo XX español.

A las orillas del Ladoga. Renacimiento, 2019. Recopilatorio de sus artículos, poemas y cartas escritos desde Finlandia durante la Segunda Guerra Mundial.

Ciudad en la niebla. Renacimiento, 2022. Antología poética al cuidado de Luis Alberto de Cuenca.

Misión en Bucarest y otros relatos. Renacimiento, 2024. Su segundo «episodio nacional» recuperado junto a varios relatos muy interesantes.

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