'Y de todo mal me sana un buen verso', de Fabio Stassi
El Barbero del rey de Suecia
Un Dante medicinal
Todo Dante es poco. Así que la publicación del libro subtitulado Breve discurso sobre Dante, la poesía y el dolor llamó inmediatamente mi atención. Su título tampoco es manco: Y de todo mal me sana un buen verso. Lo ha publicado recientemente El Acantilado, con traducción de Andrés Barba. Lo ha escrito Fabio Stassi (Roma, 1962), autor de 13 novelas, nada menos, con muchos premios a sus espaldas. También ha publicado algunos ensayos sobre literatura. Redactó estas páginas con motivo del festival Dante Assoluto, celebrado en la Basílica de Majencio de Roma en 2021. Tiene interés en dejar claro desde el principio que «el texto se reproduce aquí íntegramente».
Se nota. Tiene trazas de la oralidad y de su circunstancia. Hay una ampulosidad retórica que por escrito desentona, pero seguramente no desde el micrófono en un acto público. Podría detectarse un aire operístico. Véase, por ejemplo, esta frase donde se identifica la poesía con el canto: «Porque la poesía, antes que alfabeto y escritura, fue canto y, por ende voz, y por lo mismo aliento, que es el primer verbo de la vida». Es espléndida, sin duda, pero se oye el aria de bravura.
Stassi establece otra prevención en la primera línea del texto. El tema es un encargo específico: «Cuando me llamó mi editor para encargarme una conferencia sobre el poder terapéutico de la poesía de Dante…» No lo ha escogido él. Luego lo salva con solvencia, porque el poder de la palabra poética es conocido. El de la palabra en general (la llamada logoterapia), pero multiplicado. Se acoge a un verso de Umberto Saba: «Y de todo mal me sana un buen verso».
Cuando Fabio Stassi, muy cumplidor de su encargo, quiere forzar el argumento sanitario quizá incurre en alguna arbitrariedad. Nos recuerda que, hace un siglo, un médico siciliano, Salvatore Saitta, trató de leer el Infierno desde el punto de vista de las dolencias de la psique, como un asombroso compendio de psiquiatría. Pero esto, más que de Dante, nos habla del cientificismo del siglo XIX, del que no terminamos de curarnos del todo. Puestos a sacar consecuencias de la sistematización de Saitta, más lógico sería sospechar que los trastornos son consecuencia de los pecados, que sí es el tema de la Comedia. Esos vasos comunicantes que se establecen en un sentido valen, como mínimo, igual, para el otro, que fue el que quiso Dante.
En la misma línea, se nos recuerda que Osip Mandelstam observó que Dante parece haber estudiado todos los defectos y taras del lenguaje: tartamudos, ceceosos, gangosos o quienes no pronuncian claramente algunas letras. Aquí convendría recordar al genial conde de Maistre, que vio con claridad cómo la degradación del lenguaje es signo de la degradación moral del individuo y de la sociedad. Por ahí iba Dante, no por la logopedia.
La contemporaneidad de Dante quizá sea más fértil en el plano político, donde sus reflexiones sobre las siempre difíciles relaciones entre el Papado y el Imperio conservan una sorprendente actualidad. No hay división de poderes más real; y lo que parecía una especulación anacrónica ha pasado a iluminar los últimos análisis de geopolítica. El gibelismo y el güelfismo, negro o blanco, están de vuelta.
El ensayo sigue mucho, como es costumbre, al Jorge Luis Borges de los Nueve ensayos dantescos. Eso es bueno –porque Borges lo vale–, pero también peligroso, porque hereda los sesgos del gran poeta argentino. Especialmente el de pensar que Dante fue un estratega que, mientras condenaba a sus personajes al Infierno, fingía apiadarse de ellos como truco de verosimilitud. Borges lo llamó «verdugo piadoso».
Stassi considera esta supuesta falta de piedad de Dante el principio activo del medicamento «Divina Comedia». Pero no hay falta de piedad en realidad, si se entiende bien. Para Dante, en concordancia con la doctrina católica, se condenan los propios pecadores, y la pena es parte del peaje del respeto a su libertad. El contrapasso no es solo una manera ingeniosa de aumentar la variedad de los castigos: es un mensaje nítido. Los castigos son el fruto directo (casi calcado) de las faltas, no un capricho de un Dios vengativo. Cuando Dante se apiada, es su piedad de cristiano la que opera. El principio activo de Dante nace del cristianismo: libertad, responsabilidad y piedad, emulsionadas. Con sutileza artística, Dante deja claro que Virgilio (pagano) a menudo no lo entiende. Muchos de nuestros más preclaros dantistas, por lo visto, tampoco.
Estos juicios heredados no quitan para que el libro esté lleno de fogonazos valiosos. El verso de La vida nueva que dice: «con mi lengua a la gente enamorara» se cita en italiano y se explica su prodigio verbal de maravilla: «En italiano farei parlando innamorar la gente. Es un verso de factura acrobática, construido con tres verbos declinados en tres tiempos diferentes y dispuestos musicalmente en el espacio: condicional, gerundio e infinitivo. Dante logra así una sensación de movimiento casi fluvial». También me regala este verso prodigioso del Paraíso que se me había pasado por alto: 'Mi canto no ha tenido interrupciones'» (III, XXX, 33).
Así, Y de todo mal me sana un buen verso es una llamada a la relectura de Dante, en particular, y una defensa de la poesía, en general. Podemos discutir a Fabio Stassi algunas interpretaciones y algunos acentos, sí, pero no que contribuye valiosamente a la discusión sobre Dante. Eso hay que agradecérselo. El autor se lamenta: «La desaparición de la poesía es otro de los grandes cambios climáticos de nuestro tiempo», pero su pequeño ensayo es un antídoto, vacuna o analgésico contra ese mal.
Aquí, en pequeñas dosis:
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Pese a ser, tal vez como nadie, un hombre implicado en su tiempo, en los asuntos políticos de su ciudad, en los temas culturales de su época —Dante es el hombre medieval por excelencia—, lo seguimos sintiendo profundamente contemporáneo. [Y tanto: precisamente ahora también por su implicación política.]
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Luigi Pirandello: «A todos embaucó mediante el poder de una imaginación creadora que construyó un mundo en el que el poeta aparecía ante nuestros ojos, por un prodigio del arte, no ya como creador sino como actor, como un viajero que pasa por este mundo, dubitativo, temeroso, como si él mismo no hubiera preparado todas esas sorpresas, esas maravillas, esos espectáculos».
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El primer poder curativo de la escritura de Dante se encuentra en la forma en que el propio poeta se retrata a sí mismo: escuchando.
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El término autoficción se acuñó en 1977 y hace referencia al «género literario en el que el propio autor es el protagonista de los hechos ficticios narrados» (definición de Treccani). Dante se anticipa a ello con un amplísimo margen: es una definición que puede aplicarse a su obra sin cambiar ni una coma.
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Leopardi señaló en el Zibaldone que el estilo de Dante es tan eficaz «porque cada palabra suya es una imagen».
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Un lenguaje antiliterario, sucio, pero vivo, un lenguaje alejado del cartón piedra.
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Dante quiere demostrar que nada es casual, que es consciente de todo: aliteraciones, anáforas, polisíndeton, encabalgamientos. […] Ungaretti lo define como un fanático de la justicia y de la palabra poética.
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Su primer guía en la Comedia, el primer médico y terapeuta, el sostén en el que Dante se apoya […] sólo puede ser un poeta.
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El lector es el primer y más necesario cómplice del autor: es a él a quien Dante confía todas sus dudas.
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En las prisiones que tienen biblioteca el índice de suicidios desciende drásticamente.
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Si se aislaran las partes que sólo conciernen a ellos dos [Virgilio y Dante], se obtendría un léxico familiar lleno de ternura y carencias, el sueño de una adopción imposible. [Yo veo, sin embargo, una adopción operante, una paternidad real, una bibliogenealogía.]
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Dante, una vez más, se parece a Eneas: lo ha perdido todo, pero sigue cargando con su padre sobre los hombros (la tradición), y llevando a un niño de la mano (el lector futuro).