Sócrates se consideraba sucesor en el trabajo de su madre
Filosofía para todos
La mujer a la que debemos el origen de la filosofía
Para Sócrates, conocer es un proceso tan exigente como dar a luz, una idea que tomó directamente de la profesión de su madre
Aunque pueda parecer contradictorio, la labor intelectual requiere un importante esfuerzo personal. La investigación, el razonamiento y la reflexión implican concentración, persistencia y una cierta disposición que, en muchos casos, puede derivar en un cansancio físico.
De todo esto ya se dio cuenta Sócrates. El pensador griego, verdadero padre de la filosofía más allá de los geniales esbozos presocráticos, entendía el acto de conocer como un proceso tan costoso que necesita ayuda para poder lograrlo con éxito. Salvando las distancias, el ateniense vio en el parto una imagen perfecta de lo que el quería evidenciar.
La escena del alumbramiento no es una simple metáfora. Sócrates hizo de la mayéutica su método filosófico para alcanzar la verdad y lo hizo teniendo a su propia madre como fuente de inspiración. Tal y como nos cuenta Platón en el diálogo Teeteto, su maestro presumía orgulloso de ser hijo de Fenáreta, «una excelente y vigorosa partera». Fue ella quien le hizo ver cómo, en ocasiones, los grandes logros requieren de un esfuerzo extremo.
En su conversación epistemológica con Teeteto, Sócrates profundiza en ese paralelismo que tiene como resultado el alumbramiento de la verdad. Ante las dificultades de su interlocutor para responder a sus preguntas, el filósofo le anima insistiendo en que si «sufres los dolores del parto» es porque «llevas el fruto dentro de ti».
Al igual que las matronas asisten a las embarazadas durante el parto, pero solo la madre da a luz a su hijo, Sócrates describe la mayéutica como el proceso por el que el maestro consigue que el discípulo sea capaz de hacer aflorar la verdad a través de su propia razón.
La idea de fondo está en la creencia de que el hombre posee dentro de sí ese saber verdadero. Por ese motivo, buena parte de los diálogos platónicos consisten precisamente en eso, en un continuo intento de Sócrates por lograr que sus interlocutores descubran, o recuerden según la teoría de la anamnesis, aquello que su alma custodia.
La humildad intelectual de Sócrates
Tanto conocía el filósofo la profesión de su madre que sabía que, según la tradición, las matronas no atendían partos mientras ellas mismas podían estar en cinta. Habla Sócrates de la esterilidad de aquellas mujeres y la compara con su propia vida. Según él, para poder examinar a los hombres de su tiempo en busca de la verdad, los dioses le habían dado «esterilidad en sabiduría».
El propio maestro reconoce y acepta el reproche de muchos hacia él: «Que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por mi falta de sabiduría». Resuena aquí el famoso «solo sé que no sé nada» que, frente al peligro de caer en el escepticismo, invita a la humanidad a seguir buscando y preguntándose.
Sin ir más lejos, el propio Teeteto, diálogo centrado en la epistemología y en la definición de «conocimiento», termina sin una respuesta clara, pero con muchos frentes abiertos. La confianza en la razón, la búsqueda de sus límites y el esfuerzo por alumbrar la verdad es y ha sido uno de los motores de la filosofía y, en buena medida, encuentra en la «excelente y vigorosa» Fenáreta una gran maestra.