Estatua de Sócrates en Atenas
Filosofía para todos
El antídoto de Sócrates para no temer a la muerte
El filósofo afrontó la pena capital con confianza, entereza y sabiduría
Una de las mejores obras para introducirse en la lectura de textos filosóficos es la Apología de Sócrates. En ella, Platón narra el juicio contra su maestro en la Atenas del siglo IV a. C. y los discursos con los que el pensador trató de librarse de la condena a muerte.
Siguiendo el sistema judicial ateniense, Sócrates tuvo que pronunciar un primer alegato para defender su inocencia. Trató de demostrar, sin éxito, que él no corrompía a los jóvenes y tampoco se había mostrado impío ante los dioses de la polis. Tras perder la primera votación, las partes debían proponer una pena para el reo.
Como comenta el profesor Emilio Lledó en su magistral edición de la Apología, publicada en Gredos: este sistema judicial daba pie a muchas «injusticias» al verse el condenado ante la tesitura de plantear una condena para sí mismo que satisfaciera a un jurado que ya se había convencido de su culpabilidad. Ante tal situación, Sócrates sacó a relucir esa personalidad que tantas enemistades le había causado.
Un premio en lugar de la condena
Los acusadores del filósofo habían pedido la pena capital para él. Frente a esta fatal posibilidad, el maestro de Platón se negó a admitir su culpabilidad proponiendo un castigo alternativo y decidió hacer uso de la ironía y el ingenio que lo caracterizaban. Así, su primera propuesta para el jurado fue la de ser mantenido y alimentado por la ciudad y poder así seguir dedicándose a la filosofía.
Como aquello parecía una broma macabra, Sócrates hizo caso a alguno de sus discípulos y puso sobre la mesa la alternativa de pagar una pequeña multa, acorde a su pobreza. Sin embargo, en todo momento se mostró valiente ante la posibilidad de acabar en el patíbulo. Siguiendo con su famosa máxima del «solo sé que no sé nada», acusa de «falsos sabios» a aquellos que temen a la muerte y la consideran algo terrible.
Considera que temer a la muerte al pensar que es «el mayor de los males», es una ignorancia, puesto que «nadie conoce la muerte». Por lo tanto, esta actitud temerosa conlleva «creer que uno sabe lo que no sabe». Su actitud no convenció al tribunal y la sentencia de muerte fue aprobada por una amplia mayoría.
Conocido el trágico desenlace, el filósofo quiso dedicar unas últimas palabras a los atenienses reunidos para contemplar su caída. Un postrero discurso público en el que siguió reflexionando sobre la muerte y lo que nos espera una vez superada «la última curva del camino», en palabras de Miguel Delibes.
Sócrates se mostró tranquilo y filosofó sobre la posibilidad de que el final de la vida terrena «sea un bien» en lugar de «el mayor de los males». En su argumentación plantea que la muerte puede derivar en dos cosas: «O bien el muerto no es nada ni tiene sensación de nada» o supone una «transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro».
Ninguna de las dos opciones le parece mal al pensador. Si es como un agradable dormir sería una «ganancia maravillosa», pero si es un viaje al lugar donde ya esperan aquellos que han fallecido con antelación, Sócrates concluye que estamos ante el bien mayor. Además, en su caso, una nueva oportunidad para seguir conversando y buscando la verdad junto a las grandes figuras del pasado.
El discurso concluye con una exhortación a los atenienses para que también ellos tengan «esperanza» ante la muerte. Para él, «no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto». Y marcha a la prisión recordando que solo «el dios» sabe quién se dirige hacia un lugar mejor, si los que seguirán viviendo o el que va a morir.