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Detalle de la fachada del Duomo de Orvieto con una representación del Juicio Final.

Detalle de la fachada de la Catedral de Orvieto con una representación del Juicio FinalGetty Images/History Skills

Filosofía para todos

La descripción más cruda y realista del infierno

Ni los versos de Dante ni las pinceladas de los grandes maestros han llegado tan lejos como la teología al hablar del destino final del alma

En el imaginario colectivo se abarrotan multitud de escenas que hacen referencia al lugar de castigo al que son condenadas las almas que han rechazado a Dios. La iconografía cristiana es prolija en imágenes de pequeños demonios, calderos y llamas abrasadoras que atormentan a los pecadores después de la muerte.

No cabe duda de que la literatura y el arte han encontrado en los infiernos un lugar donde llevar al extremo el genio creativo. Ya los autores de las grandes epopeyas clásicas hacen descender a sus héroes, como Ulises y Eneas, al inframundo. Sin embargo, esta concepción del más allá es previa al cristianismo y tiene connotaciones muy diferentes.

Es la Divina comedia de Dante la que se sumerge hasta el extremo en un infierno que el poeta italiano recrea y describe hasta en sus aspectos topográficos. Allí, en una sucesión de círculos concéntricos pagan por sus culpas los muchos condenados. En el nivel más profundo, y al contrario de los tópicos más habituales, los más alejados de la luz de Dios, los traidores, se congelan en un pozo helado.

Grabado que representa a Dante y Virgilio atravesando el Infierno de Dante y basado en un cuadro de Eugene Delacroix

Grabado que representa a Dante y Virgilio atravesando el Infierno de Dante y basado en un cuadro de Eugene DelacroixGetty Images/Nastasic

Respecto al arte, la iconografía antes mencionada ya está presente en el románico y se desarrolla a lo largo de los siglos: monstruos devoradores, rojo fuego, padecimientos físicos... Un vistazo al Juicio final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina del Vaticano, sirve como ejemplo de este intento por hacer comprensible y real un lugar que, por su naturaleza, es difícil de asumir en toda su magnitud.

Por ese motivo, para encontrar una descripción más profunda de lo que supone el infierno debemos acudir a la teología. Lo haremos de la mano de Leo J. Trese, uno de los divulgadores más reconocidos del catolicismo. Su obra más relevante, La fe explicada, es un clásico que introduce al lector en las verdades de la doctrina cristiana con rigor, profundidad y reflexión filosófica.

Una terrible soledad

El padre Trese se aferra a la teología revelada para mencionar el Juicio particular que debe superar cada alma tras la muerte. Explica el autor que este instante es inmediatamente posterior al final de la vida y en él ya han desaparecido el espacio y el tiempo como los conocemos en este mundo. La decisión es «irrevocable» y el alma afronta su «destino eterno».

Si el hombre ha muerto rechazando el amor de Dios, «sin el vínculo de unión con Él», no hay esperanzas de recuperar «la comunicación» y el infierno se torna realidad. Citando las palabras de Jesús en el Evangelio, allí le espera un «fuego inextinguible», pero Trese deja claro que no son las llamas que conocemos en nuestros hornos y calderas porque «ese fuego no podría afectar a un alma».

El autor señala las dos penas que los teólogos mencionan al hablar del infierno: pena de sentido y pena de daño. La primera de ellas hace referencia a ese «fuego» que, en lenguaje humano, describe los terribles tormentos que ha de padecer el espíritu del hombre, dolores «físicos» que, sin embargo, no son nada comparados con la ausencia de Dios.

A esa ausencia de la visión beatífica es a la que se refieren las penas de daño y nuestro autor señala que «constituye el peor sufrimiento del infierno». Habla entonces de una terrible soledad, un vacío «lleno exclusivamente de odio, odio a Dios y odio a uno mismo». El condenado se encuentra ante una terrible desolación y un destino «escogido libremente» que será «para siempre».

Concluye su exposición el padre Trese reconociendo, con temor y temblor, que «no existen palabras o pincel que puedan describir el horror del infierno en su realidad». Y, ante esta aseveración, una plegaria: «Líbrenos Dios a todos de él».

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