Protesta en la Orquesta Nacional con la vicepresidenta Yolanda Díaz como testigo
Yolanda Díaz acudió a escuchar el primer acto de «La Valquiria», el mismo día que las mujeres de la ONE plantearon una queja laboral
La Orquesta Nacional de España y su director titular y artístico David Afkham interpretaban esta noche el primer acto de 'La valquiria' de Richard Wagner
El incidente que se vivió este viernes en el concierto de abono de la ONE, en el Auditorio Nacional, podría definirse como típico de este gobierno. Las integrantes femeninas de la orquesta comparecieron en el escenario en ropa de calle, lo que representaba un obvio contraste con los rigurosos fracs de sus compañeros, que no pasó desapercibido para los asistentes.
Minutos antes, en la calle, mediante una hoja volandera entregada al público congregado, se exponía el motivo de aquel extraño comportamiento. Las damas habían decidido mostrar, de esa manera, su disgusto porque el INAEM les ofrecía una indumentaria, para sus actuaciones, que consideraban inadecuada para el desempeño de sus labores: en algunos casos, los vestidos procurados les resultaban incómodos o incluso molestos para tocar sus instrumentos, según sus comentarios.
De acuerdo con esta proclama, ya habían solicitado un cambio a la administración, en varias ocasiones. Y como este no llegara a producirse, de ese modo, recurriendo a su vestimenta diaria, pretendían hacer visible su protesta ante todos los allí presentes.
La vicepresidenta, en primera fila
El viernes, en primera fila de anfiteatro, se encontraba para el momento la vicepresidenta Yolanda Díaz, quizá atenta al embrollo laboral. Aunque no se sepa si acudía como a un acto más de su flaubertiana educación sentimental, ahora que parece llegar al final de su periplo en el foro, o por apoyar a las chicas de la ONE.
En este último caso, convendría aclarar si su presencia resultaba puramente testimonial, una manera de hacerles llegar su solidaridad a las protestantes, un detalle en forma de guiño, o si ese mero respaldo pudo tener además alguna consecuencia práctica: si bajó hasta los camerinos, conversó con ellas y les ofreció una solución para futuras actuaciones.
Habrá que esperar para constatarlo y concederle, mientras, a Díaz el beneficio de esta duda: ¿simple espectadora de Wagner o bombero que acudió «in situ», pronta para apagar un fuego?
Quizá no se precisase de toda una vicepresidenta, con los enormes problemas que tiene el país, para resolver un asunto relevante, desde luego, pero ciertamente menor y al alcance de sus subordinados.
Pero si con ello se quedó más tranquila, impartiendo las instrucciones necesarias sobre la marcha, y de paso pudo disfrutar de la óptima jornada que la ONE suele dispensar a sus clientes por estos días, es lo que ella misma ha salido ganando al mediar en el conflicto laboral de un par de decenas de servidoras públicas.
Habrá podido comprobar, Díaz, que la situación de los compositores españoles tampoco es que sea muy diferente con respecto al siglo XIX, por ejemplo. El esquema tradicional de los conciertos suele mantenerse intacto. Como telonero del gran Richard Wagner, en esta oportunidad, se situó a un excelente creador madrileño (quizá por coincidir con el día de San Isidro), ya fallecido, en 1953.
De Conrado del Campo, fundador de la Orquesta de Radio Nacional de España, se interpretó ahora solo una parte, la segunda, de su hermoso díptico inspirado en la «Divina Comedia».
Su «Infierno» (1910) no resulta un lugar tan desapacible como el que describe Dante. Hay apuntes penumbrosos, una cierta incandescencia en el retrato. Pero sobre el impecable diseño formal de un exquisito orquestador con genuino cincel de maestro, el compositor de «La dama de Amboto» muestra el camino de una música levemente arrebatada, de muy agradable escucha, que conecta con el espíritu de lo que vendría después, las incontenibles oleadas de pasión con las que Wagner apela a los sentimientos más humanos: el miedo a lo desconocido, los celos, la venganza y el anhelo de redención encauzado en ese amor capaz de arrasarlo todo.
El espléndido momento actual de la ONE
La ONE, en su espléndido momento, con un Afkham que va despidiéndose a lo grande, dejando a la orquesta en la cúspide de sus posibilidades, sirvió la partitura del español con delicadeza y entrega.
Dejó al público asistente con ganas de más Conrado del Campo que esta suerte de bello aperitivo para cumplir con el rito, como si la hora (más o menos, según la batuta), que dura el primer acto de «La Valquiria» fuese a saber a poco, pero sin pasarse.
A Wagner nunca se le pueden poner reparos, es el genio absoluto, el titán ante el que solo cabe prosternarse cada vez que exista oportunidad de agradecerle su mera existencia. Así que, aunque siempre resulte cicatera, insuficiente y algo frustrante la empresa de ofrecerlo en rodajas como salami, menos da una piedra. Nos conformamos con escuchar solo el acto I, como ahora es moda, aunque no canten ya Lotte Lehmann ni Lauritz Melchior o Emmanuel List, convocados por Bruno Walter.
Ese es el problema esencial de llegar a interpretar a Wagner satisfactoriamente estos días. Hay orquestas magníficas (la ONE lo es) e incluso un par de buenos directores para desentrañarlo (Barenboim, Thielemann, Bychkov, poco más), pero las voces, ay…
A veces aún aparece un Kaufmann capaz de lidiar con la naturaleza poética pero siempre heroica de Siegmund, o una Davidsen con los arrestos necesarios para encarnar con poderosa y seductora convicción a Sieglinde (aunque ahora ya apunta a inevitablemente a una Brünnhilde seguramente histórica).
La otra soprano lituana de moda
En Madrid hemos tenido a un trío solvente. Si uno ha alcanzado aún a escuchar a alguna de las últimas Sigliendes postineras, puede que no se deje arrastrar tan fácilmente por los cantos de sirena de quienes creen apreciar en Vida Mikneviciute a una wagneriana excepcional.
La soprano lituana posee virtudes incuestionables y, en conjunto, ofrece un retrato certero de la heroína, cálido y apasionado, entregado y expresivo, homogéneo en los registros (el grave se resiente en ocasiones sin empañar el resultado global).
Se le puede echar en falta una proyección aún más contundente para imponerse a la orquesta en los momentos de mayor exigencia, aunque se comiera a su Siegmund casi más por incomparecencia del rival que por méritos propios.
A Jongmin Park lo hemos escuchado mucho, parece un abonado más del Teatro Real, y se agradece su presencia autoritaria al servicio de una auténtica voz de bajo: sana, robusta, estentórea para el caso, aunque no siempre resulte del todo expresiva. Con un fraseo más pleno de matices nos encontraríamos ante un artista de primer rango. Para el agreste, violento y destemplado Hunding, sus medios resultan ideales. Mostró el instrumento más convincente entre los seleccionados.
El actual ocaso de las voces wagnerianas (como de un modo similar ocurre con Verdi) se ceba específicamente con las de tenor: una auténtica desgracia pues ni siquiera aparecen ya intérpretes solventes de esta cuerda para los coros, al contrario de lo que sucede con las sopranos ligeras y las abogadas del Estado.
Nicky Spence, intérprete honesto que intenta hacer lo que mejor conoce a partir de la pobreza del material sobre el que sostiene su edificio, parece encarnar este mal de nuestro tiempo. Una voz esencialmente lírica, de timbre levemente atrayente, debe medirse con el canto heroico de Siegmund en tantos momentos esperados como los «Wälse», «Nothung», los instantes más ardientes de la invocación primaveral o el propio final, al que hay que arrojarse como Brünnhilde sobre la pira, sin red que lo amortigüe.
Un tenor de agudos frágiles
Spence, con esos agudos contenidos y su proyección limitada, recurre al argumento de servir un Siegmund introspectivo, el héroe atormentado por su trágico destino, más doliente que bravo o resolutivo. No es solo eso. Pero, en fin, Wolfgang Windgassen, posiblemente el último heldentenor verdadero, no va a volver salvo en el disco.
De ahí que lo más interesante, sin duda, de esta velada resultase la detallista labor de David Afkham al frente de una muy bien cohesionada ONE, dúctil y concentrada, con soberbias contribuciones individuales: solistas de chelo y oboe, rotundos sin apabullar metales, cuerda sedosa, misteriosa o amenazante, según el requerimiento.
El bien administrado inicio marcó ya la excelente lectura, con seguro y amplio aliento expresivo y precisa elocuencia descriptiva, metiendo de lleno al público en el drama incluso sin el deseable concurso de la escena: los grandes compositores suelen ser los mejores narradores, pero hay que atender a los detalles.
Cada episodio, a partir de su imaginativa sucesión de alusiones, citas y ecos que tejen el sutil, rico entramado orquestal, transcurrió con la agilidad que el experto navegante confiere a la travesía. Hábil patrón resultó el director alemán para ofrecer el mejor Wagner de este año, en España, desde el punto de vista musical.
Por eso resulta una lástima que no se encuentre el consenso preciso, ni la imaginación, para que la ONE puede situarse en el foso de alguno de los grandes teatros de ópera españoles, al menos una vez al año, como suele hacer, por ejemplo, la Filarmónica de Berlín.