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Recreación de Jesús cargando con la cruz subiendo al monte Calvario

Recreación de Jesús cargando con la cruz subiendo al monte CalvarioDaniel Christel

El Debate de las Ideas

Liberalismo y catolicismo: un malentendido superado

La Iglesia interpretó la libertad religiosa y la libertad de expresión como amenazas para la fe y la «unidad católica»

Pienso que el libre mercado es la receta económica que ha sacado a la humanidad de la miseria: merece, por tanto, la adhesión de los católicos. Y que el liberalismo político -cuyos ingredientes más importantes son la idea de Estado de Derecho, la separación de poderes, la igualdad ante la ley, los impuestos bajos y el respeto a los derechos humanos verdaderos (libertad religiosa, libertad de pensamiento y expresión, libertad de asociación, etc.)- es la fórmula más razonable de convivencia en las sociedades contemporáneas, caracterizadas por una profunda heterogeneidad cosmovisional e ideológica (tenemos que coexistir creyentes con ateos, católicos con protestantes y judíos, derechistas con izquierdistas, etc.).

Creo que el liberalismo tiene raíces cristianas: por ejemplo, los derechos humanos encuentran su mejor fundamento en la idea del hombre creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto dotado de dignidad intrínseca. El siglo XIX, sin embargo, fue un periodo de profundo conflicto entre Iglesia católica y liberalismo. La Iglesia interpretó la libertad religiosa y la libertad de expresión como amenazas para la fe y la «unidad católica»; sectores relevantes del liberalismo respondieron con una animosidad anticlerical que llegó a veces al crimen (Macario Valpuesta acaba de rastrear sugestivamente ese fenómeno en su obra «El anticlericalismo en España», Ed. Sekotia), y también a la expulsión de órdenes religiosas o a la confiscación masiva de propiedad eclesiástica («desamortizaciones»). Creo que en el siglo XX se comprendió -sobre todo, a partir del Concilio Vaticano II- que se había tratado de un conflicto innecesario, en cierto modo un malentendido. Su raíz fue probablemente la Revolución Francesa, la cual, tras proclamar principios liberales en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, procedió inmediatamente a traicionarlos con la constitución civil del clero, la persecución de sacerdotes «refractarios», la destrucción de templos y conventos…, culminando en la matanza de la Vendée. En cuanto a Napoleón (que, supuestamente, puso fin al caos revolucionario), encarceló a dos Papas: Pío VI y Pío VII.

En esa etapa se dio una inconsecuencia flagrante entre la teoría liberal (libertad religiosa, intangibilidad de la propiedad privada, etc.) y la praxis «liberal» (persecución anticatólica). La Iglesia llegó a pensar que el liberalismo era intrínsecamente hipócrita: que las libertades proclamadas no eran más que una coartada para la persecución. Esto explica, en el caso español, la aparición de una espiral de acción-reacción en la que tradicionalistas y liberales –«las dos Españas»- se persiguen recíprocamente según van llegando al poder (persecución antiliberal en 1814-20, hostigamiento anticlerical en 1820-23, más represión antiliberal en 1823-33…), culminando en la muy sangrienta Guerra Carlista de 1833-40, y prolongándose de forma más atenuada en el resto del reinado de Isabel II y el Sexenio Revolucionario de 1868-74. Sólo con la Restauración puede considerarse que el (inconsecuente) «liberalismo» anticlerical es sustituido por un genuino liberalismo sin comillas.

En la Iglesia universal, los Papas Gregorio XVI y Pío IX, presumiblemente traumatizados por la vesania anticristiana de la Revolución Francesa y la militancia anticlerical de muchos «liberales» de países católicos, producen en el siglo XIX documentos resueltamente antiliberales como «Mirari vos» (1831) o «Quanta cura» (1864). Quizás la Iglesia fue víctima de un cierto latinocentrismo en su escepticismo frente a la posibilidad de un liberalismo simétrico (o sea, realmente respetuoso de todas las ideas y filosofías, incluidas las católicas) y consecuente. Pues, en efecto, fue sólo en países católicos como España, Francia o México donde el liberalismo desarrolló esa vena anticlerical; en EE.UU. o Gran Bretaña, en cambio, se aplicaba la libertad religiosa y de expresión con simetría (gradualmente en el caso de Gran Bretaña, donde se venía de duras persecuciones anticatólicas en los siglos XVI y XVII, pero donde a lo largo del siglo XIX fueron cayendo las discriminaciones confesionales, sobre todo con la Catholic Emancipation Act de 1829). En cuanto a EE.UU., el católico Charles Carroll de Carrollton fue uno de los firmantes de la Declaración de Independencia y los católicos estaban sobrerrepresentados en administración y ejército. A finales del siglo XIX, el Papa Léon XIII reconoció honestamente que a la Iglesia católica norteamericana le iba de maravilla en un país basado en principios liberales consecuentes: «Se deben dar las gracias a la equidad de las leyes que rigen EE.UU. y a las costumbres de vuestra bien ordenada República. Pues la Iglesia, que no ha sido sometida a trabas por la Constitución ni por los gobiernos de vuestra nación, que no ha sido acosada por ninguna legislación hostil, protegida por las leyes comunes y por la imparcialidad de los tribunales, es libre para vivir y actuar sin obstáculos» (Longinqua Oceani, 6).

Este reconocimiento de las virtudes de la neutralidad confesional adolecía de una inconsecuencia: se trataba de un planteamiento asimétrico («ley del embudo»), según el cual la Iglesia aprobaba la libertad religiosa en los países en los que los católicos eran minoría, pero seguía condenándola en aquellos en los que eran mayoría. El paso a una aceptación general del principio de libertad religiosa se producirá en el Vaticano II, sobre todo en la constitución «Dignitatis humanae». Se abandona ahora la idea de los «derechos de la verdad»: no es la verdad religiosa la que tiene derecho a ser proclamada por el Estado, sino el hombre el que tiene derecho a buscar la verdad en libertad: «Cristo, […] manso y humilde de corazón, atrajo pacientemente e invitó a los discípulos. […] Renunciando a ser Mesías político y dominador por la fuerza […] dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino no se defiende a golpes, sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole oído» (Dignitatis Humanae, 11). Los católicos deben asumir la neutralidad religiosa del Estado y aprovechar las libertades modernas (de pensamiento, expresión, educación…) para intentar evangelizar a sus conciudadanos: es la idea del «Estado laico vitalmente cristiano» defendida por Jacques Maritain. La evangelización tendrá que ser horizontal (de los ciudadanos entre sí), no vertical (desde el Estado). Este giro fue reconocido como necesario por Benedicto XVI en su histórico discurso a la Curia de 22 de diciembre de 2005: «Había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión».

Que las constituciones hagan lo correcto incluyendo el principio liberal de libertad religiosa no significa que este sea siempre respetado en la práctica. A menudo se intenta expulsar a los cristianos del debate público con el pseudoargumento de que «no deben imponer sus creencias privadas a los demás». La formulación filosófica de esta idea fue la teoría de John Rawls sobre las «razones públicas» y el consenso por superposición (sólo pueden usarse en el espacio público «razones públicas», es decir, argumentos no basados en cosmovisiones que no son compartidas por todos los ciudadanos). Esta exigencia de neutralidad cosmovisional es aplicada asimétricamente , como reconoció el propio Jürgen Habermas en su debate con el entonces cardenal Ratzinger en la Academia Católica de Múnich (2004): en las demandas de un creyente (por ejemplo, que sea protegida la vida desde la concepción) siempre se sospecha una inadmisible carga cosmovisional (el cristiano defendería eso -en nuestro ejemplo- porque cree que Dios insufla un alma inmortal en el embrión, argumento que no vale para un ateo), mientras que las del ateo pasan por neutrales. En realidad, el materialismo es una cosmovisión tanto como lo es el teísmo: es una teoría sobre el origen y el sentido (o carencia de él) de todo . El equívoco reside aquí en considerar que el ateo no cree en nada; pero el ateo también tiene creencias metafísicas: cree en la materia como fundamento último de la realidad, y eso condiciona sus posiciones morales y políticas (por ejemplo, piensa que el embrión no es más que un puñado de materia y que por tanto puede ser eliminado cuando su desarrollo estorba a su madre).

Todos tenemos una cosmovisión, de manera más o menos consciente o implícita. Y esa cosmovisión condiciona nuestras convicciones morales. El criterio de las «razones públicas», si se aplica con rigor, haría inviable el debate público. Es mejor dejar que cada contendiente exponga sus argumentos, que inevitablemente estarán cosmovisionalmente cargados. Y que gane el mejor: el que consiga convencer a más gente. Pero sin que la regla de las mayorías implique el aplastamiento de las minorías. La protección de las minorías es, precisamente, una de las vigas del liberalismo. Pues la opinión que hoy es minoritaria puede mañana resultar la verdadera, como tantas veces ha mostrado la Historia.

Permitidme unas palabras finales sobre la compatibilidad entre catolicismo y liberalismo económico. Muchos católicos han interiorizado la imagen marxistoide del libre mercado como jungla en la que el pez grande se come al chico y el rico expolia al pobre. Es una imagen totalmente errónea. Para empezar, el mercado es la antítesis de la jungla, pues no puede funcionar más que en un marco legal de reglas que garanticen el cumplimiento de los contratos, la prohibición del fraude, la seguridad jurídica, etc. Para seguir, el capitalismo no es un juego de suma cero en el que la porción conseguida por el ganador aumente a expensas de la recibida por el perdedor. La riqueza no es una tarta de tamaño fijo: es una tarta cuyo tamaño puede crecer constantemente si se respeta la libertad de empresa. Uno no se enriquece expoliando a los demás: triunfa en el mercado aquel que consiga ofrecer a los otros bienes y servicios que aprecian y por los que están dispuestos a pagar . El mercado se basa en los intercambios con mutuo beneficio. Y la riqueza hay que crearla; Peter Bauer: «La pobreza no tiene causas [es nuestra situación por defecto]; la riqueza sí las tiene». La riqueza no cae del cielo, no está simplemente ahí, lista para ser repartida (la doctrina social católica se ha preocupado más de la distribución que de la producción, pero no se puede repartir nada si antes no se produce) .

La aplicación de los principios básicos de libertad empresarial y libre comercio fue decisiva para la Revolución Industrial, el gran salto adelante histórico que sacó a la humanidad de la miseria . El PIB per cápita mundial se ha multiplicado por cien desde principios del siglo XIX; la esperanza de vida se ha más que doblado, la mortalidad infantil ha casi desaparecido… La aplicación del socialismo a partir de 1917 en la URSS (y desde 1945 a 1990 en medio mundo) privó a muchos países de los beneficios sociales del libre mercado durante gran parte del siglo XX . El socialismo se hundió en 1989 por su propia ineficiencia, por su incapacidad de proporcionar el nivel de bienestar que tenían los países capitalistas. Desde 1990, el abandono del socialismo y la globalización comercial (mercado mundial) han sacado de la pobreza a unos 1.500 millones de humanos: desde principios de los 90, 137.000 personas dejan de pasar hambre cada día (lástima que nunca sean titular de los periódicos). En 1990 vivía bajo el umbral de pobreza absoluta (2’3 dólares por persona y día) un 35% de la población mundial (2.300 millones); en 2025, el porcentaje era de un 9 % (800 millones) . La Historia de la humanidad nunca había visto un salto de prosperidad de ese calibre.

Y los católicos no podemos volver la espalda a lo que enseñan la Historia y las estadísticas . La solidaridad con los pobres no se expresa sólo con la limosna privada; también con la adhesión pública al sistema económico que ha demostrado ser capaz de sacar a la humanidad de la pobreza. Y ese sistema es el capitalismo.

Este texto es una versión de la intervención de su autor en el debate titulado «Verdad y libertad. Sobre la posibilidad de un liberalismo católico» que tuvo lugar en el Real Círculo de Labradores de Sevilla el pasado 24 de febrero de 2026.

Este texto es una versión de la intervención de su autor en el debate titulado «Verdad y libertad. Sobre la posibilidad de un liberalismo católico» que tuvo lugar en el Real Círculo de Labradores de Sevilla el pasado 24 de febrero de 2026.
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