Un cielo nublado sobre un roble solitario en un campo de flores amarillas de colza
Elogio a la realidad
La realidad, antes que asunto de laboratorio o de tertulia, es aquello en lo que el hombre nace, padece, ama, yerra, reza, envejece y muere
Conviene, sí, hablar de la realidad. La realidad, antes que asunto de laboratorio o de tertulia, es aquello en lo que el hombre nace, padece, ama, yerra, reza, envejece y muere.
La realidad no puede tratarse aisladamente de la belleza, de la bondad y de la verdad, porque lo real, por el mero hecho de ser, participa de ese resplandor primero que no se da a sí mismo, sino que se recibe.
Santo Tomás lo dejó dicho y redicho: «el ser y el bien se corresponden».
Por tanto, lo que existe, en cuanto existe, es bueno en algún modo. No absolutamente, no plenamente, no sin grietas ni sombra, pero sí participadamente bueno, porque deriva de Aquel cuyo ser es Bondad misma.
He ahí la primera desventura del hombre contemporáneo: ya no vive la realidad como don, todo es material. No contempla y se adentra en la realidad, solo la administra y no la honra.
Hoy todo, absolutamente todo, se vuelve recurso, instrumento, ocasión de rendimiento e incluso escaparate para la propia figuración. Y así, de utilidad en utilidad, de prisa en prisa, de pantalla en pantalla, se nos va secando el alma y se nos va con ello la vida.
Ver, hoy, ve cualquiera que no tenga un problema físico. Mirar, no. Pues exige demora, silencio, cierta reverencia e incluso cierta obediencia.
Nunca hubo una generación más entretenida ni más huérfana, una generación más estimulada y menos viva que la actual. No ha existido hasta hoy una juventud más acompañada de dispositivos y más desacompañada de humanidad.
Tienen los muchachos aparatos para todo y experiencia verdadera y buena de casi nada.
Me dirán que exagero, que toda época lamenta la decadencia de la siguiente, que el progreso trae sus peajes y que no hay que demonizar las herramientas. Ya, viejo truco.
Pero permítanme agregar que aquí no estamos discutiendo sobre la conveniencia de un arado nuevo, ni sobre la ventaja de tener o no lavadora en casa. Estamos ante la estructura misma de la atención humana y el espesor del vínculo de nuestro yo con lo real.
Juhani Pallasmaa, en Los ojos de la piel, hablando de arquitectura, advirtió con lucidez que la cultura moderna ha hipertrofiado la vista y ha relegado el resto de los sentidos, empobreciendo así nuestra relación con el mundo.
Llega a afirmar que todos los sentidos, incluida la vista, son prolongaciones del tacto y que nuestro contacto con la realidad acontece en esa frontera viva entre el yo y el otro, el mundo, que es la piel.
No conocemos del todo aquello que no nos roza de algún modo. Dicho de otro modo, no incorporamos lo que sólo nos pasa por delante, no se nos hace carne lo que no atraviesa el cuerpo.
Con esto llegamos a la gran trampa del universo digital. Veamos, ofrece presencia sin cercanía, promete información e imagen, comunicación sin riesgo, es decir, compañía sin compañía. Todo comparece desustanciado.
La pantalla deja ver, pero no deja mirar.
Interpone en todo un cristal de grosor visible que parece inocente y resulta devastador. La pantalla nos hace creer estar en el mundo cuando, en realidad, solo se asiste a su representación.
No es cuestión menor. El hombre se forma por afección. La pantalla, con su dócil docilidad, con su servil disponibilidad, acostumbra al sujeto a un pequeño absolutismo del dedo. Tal que, esto sí, esto no; esto me gusta, eso me incomoda; esto lo amplío, esto lo deslizo, esto lo suprimo.
Un movimiento de pulgar y desaparece la escena que exige respuesta o el pensamiento que reclama esfuerzo. La realidad, en cambio, no se deja suprimir tan limpiamente. La realidad insiste, estorba, pregunta, reclama y permanece. Gracias a Dios.
Byung-Chul Han da en el blanco: «la palabra pantalla significaba originalmente visera, algo que resguarda. La pantalla conjura el peligro de la realidad transformándola en imágenes. Así nos protege de ella». La imagen amortigua el golpe de lo real. Pero lo peor es que, a fuerza de amortiguarlo todo, acaba anestesiando todo.
Se contempla una guerra mientras se merienda un colacao y galletas María porque te lo mereces. Presenciamos el derrumbe moral de una sociedad entre dos vídeos cómicos o un baile ridículo. El dispositivo lo iguala todo en el mismo plano liso de la sucesión. Todo desfila por la pantalla bajo el mismo régimen óptico, bajo la misma tiranía de la superficie.
Y si esto ya daña al adulto, eso que trae cicatrices, disciplina o defensas, imagínese lo que hace en un adolescente, cuya alma está aún en obra y cuyos afectos buscan seguridad y forma.
La adolescencia no está hecha para la exhibición permanente, sino para la lenta forja del carácter. Creo que la adolescencia necesita, a veces, tanteo, incluso sombra o estar a cubierto.
Pero hemos fabricado una cultura que empuja al muchacho al abismo, a ponerse en plaza a cada instante, a representarse continuamente, a medirse por su visibilidad, a subastar su intimidad al menudeo de la aprobación instantánea. Y luego nos extraña y nos lamentamos de que aumenten la ansiedad, la tristeza flotante, la fragilidad narcisista y ese cansancio de estar vivo que arrastran tantos rostros imberbes.
Nuestros padres y abuelos aspiraban, con mayor o menor fortuna, a conquistar un oficio, una virtud, una vocación, una forma de ganarse la vida y estar en el mundo. Ahora, se aspira sobre todo a sostener una imagen de sí que no se desplome, vaya tarea insoportable.
Sostener una imagen exige confirmación constante y careta constante. La comparecencia continua en redes está fabricando no hombres más libres, sino criaturas más expuestas, más frágiles y más dependientes.
El hombre no ha sido hecho para vivir en la pura retina. Ha sido hecho para habitar. Lo que significa estar corporalmente en el mundo, oler una casa, notar el frío de una mañana de enero, sentir la rugosidad de una pared encalada, el cansancio feliz después de una caminata, la sombra fresca bajo un pórtico de iglesia. Todo eso educa el corazón. Todo eso dice al hombre, estás aquí, esto es real, tú te debes a una pertenencia.
La vida tradicional sabía esto sin necesidad de congresos, grandes formaciones o tecnicismos. Lo sabía hasta la abuela que contaba historias al fresco, no para «estimular cognitivamente» al nieto, sino porque la memoria común es una forma de cobijo y arraigo al mundo real.
Toda esta sabiduría sostenía una sociedad que, con todas sus asperezas, todavía no había decretado que el aburrimiento era un pecado capital ni que toda demora debía ser inmediatamente exterminada con una pantalla.
Ahora no. Ahora al niño se le administra diversión, se le entretiene preventivamente. Por favor, que no espere, que no se aburra, que no moleste, que no mire por la ventana. No, hombre, tableta, dibujos, consola, contenido «didáctico», actividad programada, deporte regimentado y agenda de ministro. Hay, más bien, pánico al vacío y horror a la libertad. Y del adolescente, ni digamos.
Del entretenimiento perpetuo suele nacer la dependencia. El muchacho acostumbrado a que todo le venga dado hecho, pierde el gusto por arrancar sentido a lo sencillo. Y así, poco a poco, se le atrofia no sólo la atención, sino la capacidad de veneración de la realidad amputada por una pantalla.
El mundo creado no es mudo. Está lleno de significación. Dios no hizo un decorado, hizo una creación. Y la creación, por eso mismo, no se agota en su utilidad ni en su apariencia. Las cosas son más de lo que parecen y dicen más de lo que dicen. Pero sólo lo lee quien aún sabe mirar más allá del uso.
El poeta Samuel Taylor Coleridge apuntó que el mejor símbolo «siempre participa de la realidad que hace inteligible». La vela simboliza la esperanza porque alumbra en la oscuridad. La cultura digital, en cambio, tiende a vaciar el símbolo. Se pierde, por tanto, la gramática profunda de lo real, y con ella se debilita la inteligencia poética, la sensibilidad y hasta la posibilidad de un verdadero pensamiento. No se deja que la realidad dicte sus formas.
Por eso hoy leemos a dentelladas y opinamos sobre todo antes de comprender. Sólo queremos captar sin demorarnos y nos exigimos comprender sin rumiar. Luego nos asombramos de que el lenguaje se empobrezca y de que tantos jóvenes, rodeados de mensajes, no sepan expresar ni con precisión ni con belleza lo que sienten.
Nada de esto es casual. El lenguaje florece en las personas que han tratado con la realidad. Las palabras son fruto. Por ello, el que vive en una continua circulación de signos desrealizados acaba hablando tal y como consume, deprisa y superficialmente.
Hace falta, en suma, devolver a la sociedad la experiencia de la realidad. Los adolescentes tienen que descubrir que sus cinco sentidos no son un adorno pretecnológico, sino una vía de acceso a la verdad de las cosas. Un atardecer no mejora por fotografiarlo y la infancia de un hijo no se salva por almacenarla en carpetas de icloud.
La famosa elección de Matrix entre píldora azul y píldora roja ya no es sólo una ocurrencia cinematográfica, más bien es una alegoría cotidiana. Pues cada día escogemos entre habitar el mundo o suplantarlo con su sucedáneo.
La tarea educativa más urgente de nuestro tiempo consiste en enseñar a volver al mundo real. O el hombre se deja formar y tocar por la realidad creada o acabará encerrado en una pecera de imágenes donde todo parece estar al alcance de la mano y nada, en verdad, llega y embellece su corazón.