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Francis Scott Fitzgerald en los años 20 cuando escribió 'El gran Gatsby'

Francis Scott Fitzgerald en los años 20 cuando escribió 'El gran Gatsby'Wikipedia

'Suave es la noche': el esplendor y la decadencia de la generación perdida

Tras la fachada luminosa de los felices años veinte, Fitzgerald desnuda la fragilidad de quienes se creían a salvo de la caída

En un hotel de lujo de la Riviera francesa, una joven actriz de Hollywood conoce a un cínico y fascinante grupo de expatriados cosmopolitas. Enseguida se siente atraída por su modo de vida sofisticado, entregado al placer, al exceso y a la aparente despreocupación de quienes creen haber encontrado una felicidad que en realidad no les corresponde. Esta es una historia en la que Fitzgerald va retirando poco a poco el velo de los ojos del lector para descubrirle una verdad indiscutible: somos simplemente humanos.

Cubierta de 'Suave es la noche'

alfaguara (2011). 472 páginas

Suave es la noche

Francis Scott Fitzgerald

Hablar de F. Scott Fitzgerald es hablar de una dicotomía entre la grandeza literaria y la miseria humana. Este autor es, sin duda alguna, uno de los máximos exponentes de aquello que Gertrude Stein llamó «la generación perdida» y que más tarde Ernest Hemingway recogió en Fiesta.

La obra de Fitzgerald no solo es autobiográfica, sino que supo recoger como pocos las vibraciones de una época que él mismo vivió intensamente: los felices años veinte, una década de abundancia que se derrumbó abruptamente la mañana del 29 de octubre de 1929.

Su obra más conocida quizá sea El gran Gatsby, pero en mi opinión su novela cumbre es Suave es la noche (Tender Is the Night), de la que tratamos hoy aquí.

Entre sus páginas, el escritor norteamericano ofrece al lector una auténtica clase magistral de estilo. La elegancia que desprende la novela solo es comparable a su nivel de decadencia. Fitzgerald nos muestra, a lo largo de sus casi quinientas páginas, cómo detrás de una fachada brillante siempre existen zonas oscuras que conviene conocer.

La vida de Dick y Nicole Diver, el matrimonio protagonista de este libro, recuerda inevitablemente a la historia de amor frenético y tortuoso que el propio Scott Fitzgerald vivió con su mujer, Zelda. Lo que comienza siendo un relato que se mueve entre el lujo, las frases ingeniosas y la voluptuosidad que solo proporcionan el dinero y el tiempo libre termina adentrando al lector en los vericuetos más intrincados de la podredumbre humana, regada, eso sí, con litros y litros de alcohol.

La bebida es, casi sin quererlo, una de las grandes protagonistas de todas sus novelas. El propio Fitzgerald desarrolló un alcoholismo devastador que terminó afectando tanto a su vida como a su producción literaria. Necesitaba escribir cuentos sin descanso para sostener no solo su adicción y la de su mujer, sino también una vida sofisticada y excesiva a caballo entre Europa y Estados Unidos que, en realidad, jamás pudo permitirse.

Recorrer esta historia es acompañar a un grupo de expatriados americanos por Europa durante los años veinte y comprobar cómo ellos mismos, debido a su quiebra moral y a sus profundas heridas internas, terminan destruyendo una existencia aparentemente perfecta, entregada a los hoteles, los viajes y el champán.

Lo que a priori parece una relación perfecta va mostrando, a medida que avanza la historia, unas grietas que el lector sabrá apreciar en toda su dimensión.

Las aventuras amorosas pueden durar veinte años o veinte minutos, pero el vacío del ser humano puede ser eterno.

Y eso es precisamente lo que representa la joven actriz americana Rosemary Hoyt. La joven cae pronto bajo el hechizo de una vida hasta entonces desconocida para ella, tan encorsetada por su edad como por el ambiente en el que ha crecido. En el hotel de la costa francesa descubre un mundo nuevo de fiestas, elocuencia desbordante y diversión. Un universo cuyo epicentro parece ocuparlo, casi sin proponérselo, el matrimonio Diver.

Ese hechizo va apagándose poco a poco a medida que las sombras de cada personaje salen a la luz. Y esta es una de las grandes virtudes de Suave es la noche. La profundidad psicológica de los personajes demuestra una sensibilidad que solo unos pocos escritores son capaces de plasmar. Mientras la joven actriz madura y se convierte en mujer, los demás personajes recorren el camino inverso: el de la caída a los infiernos de la realidad.

Es un recorrido lento pero inexorable en el que Fitzgerald nos recuerda lo frágiles que somos en realidad. Los edificios más sólidos terminan por caer si los cimientos tienen grietas. Y esa es la gran verdad de esta novela. Las heridas del alma no se curan mirando simplemente hacia adelante. Todo es siempre más complejo. Más turbio.

Leer libros está muy bien, pero la literatura es otra cosa muy distinta. Cuando terminas Suave es la noche, como sucede con otros grandes clásicos, te das cuenta de que algo nuevo ha sucedido. Los personajes pasan a formar parte de ti mismo, con todo lo bueno y lo malo.

Scott Fitzgerald fue capaz de adelantarse a su tiempo y tratar temas tan actuales como las adicciones, la enfermedad mental, la dependencia emocional tóxica o el existencialismo. Lo hace, además, con una naturalidad asombrosa: puede parecer que se desliza por la superficie cuando en realidad está escarbando profundamente en las zonas más oscuras del ser humano. Todo ello envuelto en una elegancia casi hipnótica, muy propia de su estilo.

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