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Zemmour: Queda partido

A pesar de su optimismo o, mejor dicho, gracias a él, Zemmour ha escrito un libro duro

Éric Zemmour (París, 1958) es un conocidísimo periodista francés, de familia y educación judía, con raíces en Argel. Dio el salto a la política con más expectación que éxito, aunque obtuvo un digno resultado. Y enriqueció el debate público. Es el fundador de un partido político de significativo nombre: Reconquista. El año pasado publicó La messe n’est pas dite (2025), que, en la edición española, se titula: Occidente bien vale una misa: Por un resurgimiento judeocristiano en Europa (La Esfera de los Libros, 2026).

Estos títulos resultan muy útiles al reseñista. El traducido nos explica muy bien la tesis. El original, el tono. La tesis es que Occidente está en gravísimo peligro y que sólo una vuelta a sus raíces cristianas podría salvarlo. El guiño a la frase célebre de Enrique IV de Francia («París bien vale una misa») está sutilmente escogido, pues habla de la compleja relación entre la fe y el poder. Zemmour no predica la conversión —aunque cree que no nos vendría mal— sino la toma de conciencia de los fundamentos judeocristianos de nuestra civilización. El título francés es distinto. Usa un proverbio que se podría traducir al español como «no está todo el pescado vendido» o «aún queda partido»; pero, como dice en su literalidad que «la misa no se ha acabado», señala también al culto católico que vertebra el ensayo. Lo que aporta el título original es el optimismo: la posibilidad de salvarnos aún, la esperanza contra toda esperanza y hasta la fe (del Alcoyano).

Para completar la explicación bimembre que nos ofrecen los títulos (argumento y tono), dejemos que la historia nos revele el estilo: este texto fue escrito como un artículo para la revista norteamericana First Things. Y eso nos permite entender su apresuramiento, su vigor sin matices y su carácter periodístico. No es ni un texto literario ni tampoco un ensayo riguroso. Se inserta en la noble tradición del panfleto. Hace una advertencia política y sirve de trampolín para la reflexión.

Los europeos estamos en la encrucijada, pues «sufrimos una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense». Pero el problema grave no es que estemos rodeados: «La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica». Europa es mortal y está enferma.

Tiene cura. Hace años los que sosteníamos la bandera de los güelfos blancos —la necesaria cooperación entre autoridad espiritual y poder temporal— éramos unos frikis. Hoy no hay análisis político serio que no trate de la relación entre los dos poderes y la necesidad de blandir la espada espiritual y la espada terrenal. Glosa Éric Zemmour: «Los Estados europeos —el del rey de Francia y el del emperador de Alemania, sin olvidar el del rey de Inglaterra—, construidos siguiendo precisamente el modelo de la Iglesia, resistieron con éxito a las tentaciones teocráticas de unos papas que, de Gregorio VII a Bonifacio VIII, habían confesado la imprudente ambición de empuñar por sí solos las dos espadas, la espiritual y la temporal». Para tener futuro, hay que mirar atrás. No dice Zemmour que Fukuyama no nos sirva, dice que no nos basta; y que él lo sabe: «Fukuyama retomaba así la intuición que había guiado, dos siglos antes, la redacción del libro de Chateaubriand, El genio del cristianismo».

El político francés no teme bajar a lo concreto y hace propuestas audaces y temerarias sobre los matrimonios, la defensa de una recta laicidad («en el Magreb—en Argelia, Marruecos o Túnez— está prohibido para sus habitantes usar nombres que no pertenezcan a la tradición coránica. ¿Por qué no podemos aplicar aquí la misma norma?»), elogia la confluencia «judeocristiana» y realiza, sobre todo, «un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente».

En la conclusión, no cita a Chesterton, pero confluye. La Cristiandad tiene la sana costumbre de resucitar, que ha aprendido de su Maestro. El único requisito es seguirle a muerte. Sin miedo, porque, como dice el poeta Jaime García-Máiquez, «de la muerte, se sale».

A pesar de su optimismo o, mejor dicho, gracias a él, Zemmour ha escrito un libro duro. Recuerda a ratos a Oriana Fallaci. Pero es bastante más fácil ser profeta que ser notario, porque la maldición de Casandra libra al profeta de las iras de los que, si el escritor da fe de lo que ellos mismos ven, se irritan. Zemmour ha sido muy valiente y nos ha dejado un breviario que irá para largo.

España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras.
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[De joven] Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo: a través de la literatura.
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Sabré recordar esto [la lección de Voltaire]: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen.
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André Suarès: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado.
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Maurice Barrès: «Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir».
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[Juan Pablo II dijo que los judíos son los hermanos mayores en la fe.] Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia.
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La historia del catolicismo, bimilenaria, se escribió a partir de este conflicto original. [Si injertar o no la cultura grecolatina en el tronco judío.]
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El vínculo [con Israel] jamás se romperá. En el siglo XVI, Jean Bodin se apoyará en el Antiguo Testamento para fundar su teoría de la soberanía. Hobbes llegará incluso a afirmar que el Estado de los hebreos representa el prototipo de Estado soberano.
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Girard, como siempre, lo explica muy bien.
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Benoist-Méchin mostraba así, al final de su vida, la coherencia y unidad de toda su existencia: primero, como apasionado seguidor de la fuerza alemana al servicio del proyecto totalitario nazi; después, como admirador no menos enamorado de la fuerza árabe. En ambos casos, se situaba siempre en el bando contrario a ese cristianismo que tanto despreciaba.
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Georges Brassens, que canta: «Sin el latín, la misa nos aburre».
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Ernest Renan llega a afirmar: «El islam es la unión indistinguible de lo espiritual y lo temporal; es el reino de un dogma, es la cadena más pesada que la humanidad haya llevado jamás…».
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El continuo —aunque nunca reconocido— fracaso de los incesantes esfuerzos desplegados durante décadas por la jerarquía católica en favor de un «diálogo entre religiones», que con frecuencia termina en agua de borrajas.
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Alain Besançon reprochaba a la Iglesia romana posconciliar que estuviera repitiendo con el islam el mismo error que había cometido con el comunismo.
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El nihilismo juega hábilmente con la culpa cristiana.
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Joseph Bottum: «Si se elimina a Cristo, lo que queda es la culpa blanca y el racismo sistémico…». […] Maurice Barrès: «Suprimid el catolicismo y surgirá la necesidad de una nueva religión; será más áspera, más dogmática, más intolerante…»
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Esta alianza [izquierda-islam] es el pacto germanosoviético de nuestra época. Como ocurrió con aquel precedente histórico, estos dos aliados actuales, pese a sostener valores profundamente incompatibles—una civilización islámica que recluye a las mujeres y persigue a los homosexuales, frente a una ideología woke que los ensalza y los convierte en héroes— acabarán enfrentándose entre sí.
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Hoy el cristianismo occidental está completamente desarmado.
[…] las elites occidentales pecan de una ingenuidad culpable.
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La presencia cada vez más visible de poblaciones musulmanas en Europa fue desmontando poco a poco el mito, cuidadosamente construido tras la Segunda Guerra Mundial, de Al-Ándalus –la Andalucía musulmana entre los siglos VIII y XV– como un paraíso de convivencia pacífica entre las llamadas «tres religiones del Libro.
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Pero el catolicismo es, como indica su propio nombre, un cosmopolitismo. En él conviven, por tanto, dos fuerzas vitales: una centrípeta y otra centrífuga. Ambas fuerzas deben coexistir. Entre ellas hay equilibrio.
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No se trata de ganarse los corazones, sino de proteger las almas.
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Un humanismo degradado en mero humanitarismo y un universalismo reducido a globalismo acaban por debilitarnos. […] Si quiere sobrevivir, la cristiandad europea debe emprender una transformación cultural de gran alcance.
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Para vivir conforme a la ley islámica en toda su rigidez y plenitud, existen más de cincuenta países musulmanes en el mundo.
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En el siglo XIX, la laicidad fue un arma de combate contra la Iglesia; hoy debe convertirse en una aliada para preservar la identidad cristiana de los países de Europa.
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Las sociedades occidentales han llevado hasta sus últimas consecuencias ese individualismo que nació y creció en su propio seno. Se han convertido en un conjunto anómico de individuos nómadas que aspiran a vivir sin vínculos ni raíces, sin Dios ni maestro. […] Ninguna sociedad puede perdurar en tales condiciones.
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«El islam es la negación más radical de Europa», advirtió Ernest Renan.
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La Iglesia católica en Francia parece iniciar una transformación inteligente hacia lo que algunos describen como «una contrasociedad»: presenta un discurso alternativo, rechaza dogmas impuestos por lobbies feministas y LGBT y vuelve a conectar con jóvenes varones confundidos por los violentos ataques de la ideología de género.
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Nuestros jóvenes europeos buscan una familia, una identidad, una fraternidad, una norma, una disciplina.
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La guerra de civilizaciones es también —y antes que nada— una cuestión demográfica. Una civilización que deja de tener hijos termina apagándose sola, sin que nadie tenga que empuñar la espada contra ella.
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Esa misma revolución cristiana que puso en el centro al individuo y su conciencia —y que fue la clave de su grandeza en tiempos de expansión— se vuelve un factor de fragilidad cuando la sociedad deja de cuidar su fe en común.
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Ningún gobierno, ningún poder, ningún intelectual ni tribunal puede obligar a nadie a creer —o a dejar de creer—. Por eso, la batalla por el cristianismo en Europa no puede reducirse a una cuestión estrictamente de fe.
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También pasa por la defensa de su legado: esas «formas» arquitectónicas, artísticas, culturales, jurídicas y políticas que el cristianismo ha modelado y que hoy corresponde preservar o restaurar. Ahí es donde la decisión política desempeña un papel fundamental. Ahí es donde el combate cultural cobra sentido.
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Espiritualidad e identidad, fe y cultura: todo debería reencontrarse y avanzar unido.
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La generación que hoy se acerca de nuevo al catolicismo es profundamente identitaria.
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La resurrección después de la muerte: al fin y al cabo, ése es el misterio de la Pascua.
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