La España que aplaude a La oreja de Van Gogh tiene rasgos de la España que vota a Sánchez
En un país donde no solo se disculpa, sino que se celebra la corrupción política como si fuera virtud, ¿cómo no se va a disculpar y a celebrar una mala actuación como si fuera virtuosa?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a María Jesús Montero y José Luis Rodríguez Zapatero en un mitin
En realidad todo tiene que ver con la posmodernidad que todo lo cuestiona. Pero no es el nihilismo, por ejemplo, ni mucho menos, de Bazárov, el gran protagonista del gran Turguénev, sino el retroceso en casi todos los ámbitos en que España se encuentra.
Es sencillo: el público de Sánchez vota a un mal presidente y el público de La oreja de Van Gogh aplaude la mala actuación de un grupo. Con el sectarismo y la polarización se explica el primer caso, pero ¿y el segundo? ¿No ven los fans cómo desafina Amaia Montero?
¿Puede entenderse la nostalgia que lo perdona todo en este caso como una suerte de sectarismo? Es como si el sectarismo, el «Fanatismo e intransigencia en la defensa de una idea o una ideología», según la RAE, se extendiese por todas partes.
Una plaga contra la razón, el sentido común, la cultura o la humanidad. A Sánchez, después de todo y de lo que queda, le van a seguir votando los mismos, como los que le defienden públicamente con la única arma de la desfachatez o la lealtad ciega o pagada.
Fidelidades contra natura
No hay erosión política producida por los escándalos en una suerte de mutación de la naturaleza, del sentir humano, de la moral y de la democracia que, con estas fidelidades contra natura, se ve saqueada desde sus entrañas.
Mientras tanto se asiste al discurrir de esta carretera, como si en vez de hombres hubiese vacas paciendo en los prados adyacentes y fans insensibles en éxtasis pese al despropósito interpretativo de La oreja de Van Gogh y Amaia Montero.
No era un concierto, sino una excusa para solazarse, perderse, olvidarse. Más que nunca. En un país donde no solo se disculpa, sino que se celebra una corrupción política nunca antes conocida como si fuera virtud, ¿cómo no se va a disculpar y a celebrar una actuación defectuosa como si fuera virtuosa?
El rumbo es hacia el otro lado de la posmodernidad (el «Movimiento artístico y cultural de fines del siglo XX, caracterizado por su oposición al racionalismo y por su culto predominante de las formas, el individualismo y la falta de compromiso social», según la RAE, donde nada tiene sentido precisamente para que todo pueda tenerlo.
Institucionalizar la mentira
Se trata de institucionalizar la mentira. Cambiar su concepto de tal modo que no exista. Ya no es el XX, sino el XXI, el siglo donde se cuestionan las evidencias. Donde el pasado, la Historia, se discute como si los hechos probados pudieran ser objeto de debate en su misma esencia, no en sus consecuencias.
Es la superación de la posmodernidad donde un delincuente no lo es. Donde lo que sucede no ha sucedido, donde no importa que un presidente del Gobierno esté sitiado por el escándalo porque no lo está (solo hace falta decirlo, expresarlo sin rubor, para que no lo esté); o donde la actuación calamitosa de una artista no se percibe.
Que Amaia Montero desafine y su público la aplauda es una consecuencia mínima de que el presidente sea el centro de toda esta barahúnda innombrable y a pesar de ello millones de españoles le sigan aplaudiendo. Imagínese todo lo que existe y está por salir entre La oreja de Van Gogh y Pedro Sánchez.