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Montaje Gaudí-Sagrada FamiliaPaula Andrade

El Debate de las Ideas

Espiritualidad y tradicionalismo en Antonio Gaudí

Muchos han tratado de presentarnos un Antonio Gaudí como masón, socialista, misógino, drogadicto e incluso homosexual, donde su catolicismo sería una excusa para ocultar una obra esotérica sólo para iniciados. Uno de sus biógrafos, Gijs Van Hensbergen, en su libro Antonio Gaudí (Plaza&Janés, 2001), cuenta que alguien le propuso: «Invéntatelo, conviértelo en homosexual… ¿Quién podrá refutarlo?». Incluso buenos biógrafos como Navarro Arisa, en su Antonio Gaudí. El arquitecto de Dios (Planeta, 2002), dicen de él: «¿Qué si Gaudí era raro? Rarísimo y conforme pasaban los años más raro se hizo». Dejando de lado estas extravagancias bibliográficas, el acercamiento a Gaudí exige una finura espiritual. Si no, se puede acabar diciendo tonterías como las que escribía Josep Maria Carandell, en referencia a la gaudiana cruz de cuatro brazos: «Esta figura proviene, seguramente, de la geometría pitagórica y, más próximamente, de la masonería. En todo caso, no es una cruz cristiana».

Por el contrario, podemos afirmar que el verdadero Gaudí fue un hombre de fe. Nuestro arquitecto fue sinceramente católico, tras un proceso de conversión, y nunca tuvo nada que ver con la masonería. Así lo demostró en algunos artículos el ya fallecido Juan Bassegoda Nonell, que fuera director de la Real Cátedra Gaudí y el máximo experto en su vida y obra. Como uno de sus primeros encargos fue la Cooperativa Obrera Mataronense, a instancias de un amigo, Salvador Pagès, socialista utópico, se le ha querido relacionar con los movimientos revolucionarios. Pero Bassegoda lo desmentía: «pudo haber seguido este camino —al conocer las teorías socialistas de Marx y las anarquistas de Bakunin— pero prevaleció su educación cristiana recibida en familia y también en los escolapios». También es verdad que, siendo joven, Gaudí se perfilaba como un «bon vivant». Le gustaba vestir lujosamente y era un prometedor arquitecto que hubiera podido conseguir todo lo que hubiera deseado: fama, dinero, mujeres.

Pero en su vida sólo se enamoró una vez de una mujer, Pepeta Moreu (Josefa Moreu i Fornells), una maestra pelirroja de la Cooperativa de Mataró. Gaudí la cortejó, pero fue rechazado. Desde entonces sólo buscó otro amor, el de Dios. De hecho, ya había sido escogido como arquitecto para sustituir a Francisco de Paula Villar en la construcción ya iniciada de la Sagrada Familia. La Sagrada Familia se remonta en su origen, como idea y sentir, a la figura de San José Manyanet. Este insigne santo catalán, fundador de la Congregación de los hijos de la Sagrada Familia, ante los acontecimientos que rodeaban a España y la Iglesia, tuvo una suerte de inspiración. Había sido testigo de la revolución septembrina y, sobre todo, de los ataques que estaba recibiendo el Papado con la unificación de Italia y el robo de los Estados Pontificios.

Ante todo ello, escribió una carta al Obispo Caixal en la que le relataba: «Me vino la idea de interesar al glorioso Patriarca san José en este importantísimo negocio por medio de la erección de un Templo expiatorio fabricado por la caridad de los españoles, grabando en su frontispicio, para memoria de las generaciones futuras, éstas o parecidas palabras: Al glorioso Patriarca san José, Patrón de la Iglesia Universal y restaurador de España». El Padre Manyanet envió una copia de esta carta a un hombre singular: José María Bocabella, que era el editor de El Propagador de San José. Éste era el boletín de la Asociación espiritual de devotos de san José. Será Bocabella el que tome el reto de iniciar ese templo. Entre Gaudí y el Padre Manyanet se entabló una entrañable relación de tal modo que cuando el arquitecto hablaba de la Sagrada Familia se refería a su casa, «la que el padre Manyanet había inspirado, animado y santificado».

Gaudí, para prepararse ante tan magna obra inició, en la cuaresma de 1884, una intensa penitencia. Tenía entonces 31 años. Encerrado en su casa, no abría la puerta a los amigos y estaba postrado en su cama sufriendo los rigores del ayuno. Preocupados por su vida, sus amigos hubieron de acudir al sacerdote Josep Torras y Bages para que lo rescatara de su penitencia. El futuro obispo de Vich impulsaría años más tarde el Círculo Artístico Sant Lluch en el que enrolaría a artistas católicos escindidos del Círculo Artístico de Barcelona, huyendo de las modelos desnudas y de las inmorales fiestas que en él se organizaban. Torras y Bages sería el consiliario oficioso de ese grupo al que perteneció Gaudí. Se conservan las lecciones inaugurales de cada curso dictadas por Torras y Bages y que tanto influyeron en la percepción del arte que tenía el de Reus. De ellas Gaudí tomaría ideas que han quedado recogidas en algunas frases: «La arquitectura es la ordenación de la luz». Y la luz es lo que permite que resplandezca la belleza y a su vez, decía: «La Belleza es el resplandor de la Verdad» o «la gloria es la luz, la luz es la alegría y la alegría es el placer del espíritu».

Gaudí vivió una pobreza y austeridad evangélicas. Muchos le tomaban por loco, pero él quería vivir la pobreza. Relata Navarro Arisa: «llevaba el mismo traje hasta que se le rompía, se ataba los pantalones con una cuerda, se limpiaba las manos con miga de pan y después se las enjuagaba en agua, sólo comía lechuga con leche o remolacha con aceite, trabajaba 16 horas cada día». Sin embargo, incluso en esta actitud vital, emanaba un porte especial. La pobreza debía ser reflejo de una virtud. Por eso, en algún momento llegó a decir: «No hay que confundir la pobreza con la miseria. La pobreza lleva a la elegancia y la belleza»; otra de sus frases recogidas por algún discípulo era: «Hay que comer y dormir lo justo para subsistir». O bien, «el invierno es para pasar frío y el verano para pasar calor» (en referencia a los gastos que hacemos para conseguir lo contrario).

No sólo vivió la pobreza, sino también la obediencia, a pesar de su genio. Esta se manifestó en una bonita anécdota. Gaudí no entendía por qué una norma litúrgica obligaba a cubrir el sagrario con un conopeo (el velo que cubre el sagrario y representa el Tabernáculo). Pensaba que esta norma dificultaba que la belleza de los sagrarios se manifestara a los ojos de los fieles. Un amigo le sugirió que escribiera a Roma para ver si era posible obviar esa norma litúrgica. Desde Roma contestaron que no, pues cumplía unas funciones litúrgicas fundamentales. El conopeo representaba la culminación de la Alianza de Dios con la humanidad. Gaudí lejos de enfadarse (y eso que era una persona con mucho genio) lo aceptó tranquilamente, pues empezó a entender que el arte debía estar al servicio de la liturgia y no al revés. Esta sumisión queda reflejada también en su decisión de que la Sagrada Familia debía medir 172,5 metros, pues la montaña de Montjuic mide 173 metros y: «la obra del hombre no puede superar a la obra de Dios», decía.

La obediencia se demuestra también en saber obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto lo refleja muy bien su conflicto con los dueños de la Casa Milà (la Pedrera), concebida como un pilar de Montaña y Mar (piedras ondulantes) a la Virgen del Rosario. Una escultura de la Virgen debía culminar la Pedrera y estar flanqueada con las imágenes san Miguel y san Gabriel. Pero la Semana Trágica (1909) truncó el proyecto por temor de la dueña a que quemaran su casa. Aún en las cornisas de la Pedrera se puede ver la rosa mística y las palabras, en latín, del Ave María. La dueña no estaba muy contenta pues Gaudí le ponía al lado del espejo del tocador frases como: «recuerda que polvo eres y en polvo de convertirás». Tras el desencuentro por la cuestión de la escultura, Gaudí abandonó la obra y ya sólo se dedicó a la Sargada Familia.

Se ha hablado de un Gaudí católico acérrimo, tradicionalista y catalanista, y esto hay que explicarlo bien. Gaudí evitó toda su vida que le consideraran un arquitecto modernista y original. Así se entienden frases suyas que quedaron recogidas: «La originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones… lo demás es extravagancia». Gaudí veía tanto el modernismo como el neogótico como extravagancias y formas de antiarte. No soportaba la expresión modernista, pues era el término que, en su época y ahora, designa la herejía condenada por San Pío X en la encíclica Pascendi. Por cierto, mientras que Gaudí vivía en el Park Güell, en su cuarto tenía un precioso retrato de Pío X. En torno a Torras y Bages se agruparon muchos jóvenes entusiasmados con sus propuestas de un regionalismo católico que denominó «catalanismo». La obra de referencia sería La Tradició Catalana, en la que repudiaba el sufragio universal, el liberalismo y se denunciaban los proyectos anticatólicos de la masonería, entre otras cosas, a la par que se reivindicaba la esencia católica de Cataluña.

Ciertamente que en La Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat, que fundara Torras y Bages, se agruparon muchos de los que serían futuros dirigentes de la Lliga Regionalista. Pero cuando ese catalanismo dejó de ser el proyecto espiritual y pastoral con que soñaba el futuro obispo de Vich, éste se distanció del proyecto político que encabezaba Prat de la Riba y que se transformó en nacionalismo. Es en ese sentido que se podría hablar de un catalanismo tradicionalista del que bebió incluso el clero integrista. De Torras y Bages, Joan Maragall llegó a decir: «He llegado a comprender que es él quien representa la tradición del dogmatismo católico, y que en el sentido ortodoxo es él quien está en la posición fuerte». Pues este era el hombre que más influyó espiritualmente en Gaudí.

Al repasar la sucinta biblioteca que el arquitecto tenía en su estudio de la Sagrada Familia, se puede entrever su espíritu y formación. En ella se encontraban desde el Kempis hasta el Misal Romano (el de San Pío V), pasando por obras tan significativas como El Criterio de Balmes, el Canigó y L´Atlàntida de Verdaguer, o las cartas pastorales y escritos que Torras y Bages le remitía. Pero cabe destacar también entre ellas El Año Litúrgico de Dom Gueranger. Éste fue el reformador de Solesmes y uno de los grandes impulsores de la restauración litúrgica tan decaída a finales del siglo XIX. Gaudí fue un entusiasta de la liturgia y del canto gregoriano. Por aquella época, San Pío X publicó el motu proprio Tra le sollecitudini (1903), en el que se leía: «Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar el canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio divino, como solían antiguamente».

Gaudí acudía frecuentemente al oratorio de San Felipe Neri en Barcelona. Era famoso por su dedicación a la música sacra, y allí estaba su director espiritual y confesor, el padre Agustí Mas Folch. Los oratorianos era seguidores fervientes de las reformas litúrgicas de Dom Gueranguer. Ahí se apuntó Gaudí a cursos de gregoriano que inspiraron tanto las torres campanario, como las conocidas como cantorías de la Sagrada Familia. Las torres del templo están diseñadas a modo de gigantescos campanarios que acogerán campanas tubulares para acompañar a la liturgia. Y el inmenso espacio elevado de la coral, la tribuna del coro, fue diseñado para 3.000 cantores, deseando que sus voces resonaran fuera de las piedras. Es en este sentido religioso y también en su sentir catalán, en el que se puede llamar tradicionalista a Gaudí.

Su «catalanismo torresiano» no fue inconveniente para que mantuviera una profunda relación con santos que en su juventud habían militado en el carlismo, como San José Manyanet o San Enrique de Ossó, o su propio confesor, el P. Agustí Mas -de procedencia carlista- que sería mártir durante la persecución religiosa de 1936-39. O también con otros mártires de esa época como el P. Gil Parés, primer párroco del templo, o su hermano Ramón Parés -que había sido concejal carlista en la población de Tarrasa- a quien Gaudí tenía especial afecto. En definitiva, Gaudí fue todo un genio del que hay que evitar apoderarse y, antes bien, admirar e incluso suplicar su intercesión en esta época tan alejada de su sueño de lo que debía ser una sociedad cristiana. El Papa Francisco, en 2025, aprobó el decreto que reconoce sus virtudes heroicas y, por tanto, se le puede tratar de Venerable. Y actualmente se estudia un posible milagro que permitiría culminar su proceso de beatificación.