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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

León XIV no necesita intérpretes

León XIV dice no a propone leyes, mientras Euphoria se despide con una puerta abierta al retorno a una cierta espiritualidad y Bardem se forra perpetuando la imagen negativa de los suyos al hacer otra vez de «latino» perturbado

El Papa León XIV saluda a Santiago Abascal

El Papa León XIV saluda a Santiago AbascalCongreso de los Diputados

Quizá en lugar de proponer cuantiosos gastos en armas y renovados ejércitos, la UE debería destinar ese dinero al reclutamiento de juveniles orfeones del pacifismo. Coros de entusiastas muchachos que, a cargo del inagotable presupuesto comunitario, viajarían semanalmente hasta Moscú con una misión de singular calado.

Dirigidos, por ejemplo, por el gran maestro Azagra, que previamente se habría encargado de realizar los arreglos musicales correspondientes, los chicos se situarían frente al Kremlin para entonar, durante varias horas, cánticos celestiales destinados a Putin.

Todo para sugerir la necesidad de abandonar el camino pretendido de la guerra, postergar para siempre los sueños imperiales del mandatario y que dedique lo que le reste de vida a perseguir solo la armónica convivencia entre las naciones todas.

Vladimir Putin, presidente de Rusia, en un evento en Kazajstán

Vladimir Putin, presidente de Rusia, en un evento en KazajstánAlexander Kazakov / AFP

Al mismo tiempo, en el programa electoral para las elecciones de 2027, el PSOE podría incluir una medida excepcional, sin carácter vinculante, pero como una recomendación que quizá luego podría convertirse en ley, llegado el caso de un nuevo triunfo.

Cada político que hubiera ocupado un cargo público debería acoger en su hogar, por tiempo indefinido, a una familia, o al menos, a uno o dos individuos, seleccionados de entre los migrantes que cada día consiguen recalar en alguna de las costas españolas.

No, el Papa no se ha vuelto comunista ni sanchista, como aseguran los tertulianos de TVE que dirán los dirigentes de VOX y PP al escuchar sus «revolucionarios» postulados sobre uno de los temas esenciales de nuestro tiempo: la regulación de los crecientes flujos de personas que lo arriesgan todo para intentar emular los sueños que se les cuelan entre imágenes, más o menos falaces, de otro mundo más atractivo, justo e igualitario, donde vivir resulta fácil.

León XIV junto Isabel Díaz Ayuso

León XIV junto Isabel Díaz AyusoComunidad de Madrid

Pasar de las musas al teatro no es cosa del Santo Padre, que se limita a enarbolar principios claros y, por eso mismo, incómodos, como hacía su modelo. Pero Jesucristo se sometía además a las ruedas de prensa. Y en aquella ocasión en la que le quisieron tender una celada con el pago de los tributos a la autoridad romana, supo escabullirse como mejor entendió con una frase del todo esclarecedora: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Lo cual que él no había venido hasta aquí para ordenar el tráfico. Su reino no era de este mundo. Él sugería el camino más recto, y difícil, hacia fines más elevados, un propósito: correspondería a los hombres establecer normas, o sus prioridades, como la de hablar catalán.

Acoger al que sufre es un deber, pero la organización del Estado que asegure que todo el mundo, los que vienen y los que ya estaban, pueda convivir según unas condiciones mínimas que no comprometan la sacrosanta dignidad de las personas, también.

Adiós a 'Euphoria', hola a una cierta ¿esperanza?

Acaba de terminarse una de las series más comentadas. En Euphoria, su creador, Sam Levinson, ofrecía un retrato descarnado y realista de la juventud norteamericana, dominada por esa omnipresente ansiedad que se ha convertido en el símbolo de estos tiempos recientes.

Sus adolescentes personajes, pero tampoco sus no menos desnortados progenitores, parecen deambular por la pantalla sin un propósito sólido para sus vidas, mientras buscan remedio pasajero para su inquietante desazón interior.

Los protagonistas parecen hallar cierto consuelo en algunos de los pretendidos estimulantes que se ofrecen como atajo hacia realidades paralelas, menos hostiles, pero igualmente vanas e ilusorias. Abusan de las drogas o esa versión exprés del sexo que centra toda su atención en la urgente satisfacción de una necesidad perentoria, como una tirita con la que taponar una herida, sin ninguna intención de llegar a establecer vínculo alguno ni profunda comunicación con la otra parte, cuando se sirve de ella.

Alexa Demie y Jacob Elordi actores principales de Euphoria

Alexa Demie y Jacob Elordi actores principales de Euphoria

La temporada final hubo de aguardar varios años porque, por el camino, los tres actores principales, Zendaya, Sydney Sweeney y Jacob Elordi se hicieron tan famosos que en sus agendas apenas lograban reservar ya un hueco para poder coincidir en un mismo plano. Finalmente, su desusada lealtad hacia el genio de la lámpara que convirtió en reales sus aspiraciones, Levinson, logró que le hicieran el favor de reunirlos para una despedida.

Pero la misma gente que antes había consagrado esta ficción como una de las más interesantes entre las actuales no parece demasiado feliz con su anhelado desenlace.

Quizá creían que como adultas sus descarriadas criaturas se convertirían ya por algún ignoto ensalmo en personas plenamente integradas, capaces de hallar normal acomodo en los códigos de la sociedad burguesa, olvidando sus carencias, reconduciendo sus biografías quizá hacia fines más lógicos, útiles y elevados. No ha resultado así.

Zendaya en los Globos de Oro

Zendaya en los Globos de OroAFP

El único emprendedor sobrevenido (hereda el negocio familiar), Nate (Elordi) se da de bruces contra la burocracia paralizante con ribetes kafkianos. Para salir del embrollo económico, necesita rematar una urbanización de lujo. Pero la concesión de los permisos oficiales se eterniza porque para las autoridades californianas resulta estos días mucho más relevante asegurar el futuro de un cierto tipo de lombriz que ofrecer soluciones reales al ubicuo problema de la vivienda.

La esposa, Cassie (Sweney), también emprende a su manera. Como ella misma confiesa, al abandonar la niñez del pecho le brotaron dos sinuosas protuberancias que le cambiarían la vida al convertirla en una chica muy popular. Llegado al momento decide sacar más rédito de estos inesperados prodigios, al convertirse en empresaria de sí misma. Como tantas otras jóvenes, ahora, se explota para su propio beneficio en Only Fans, esa aplicación en la que algunos perturbados pueden llegar a pagar miles de dólares por las bragas usadas, uñas de los pies recortadas o susurros de eróticas promesas de sus patrocinadas.

Tampoco Rue (Zendaya) parecía encaminada a concluir sus delictivas andanzas reorientando los pasos hacia algún MBA que le ofreciera otra perspectiva, algo más de guante blanco. Su destino se asemejaba ya sellado de antemano por el fatal encuentro con el fentanilo, verdadero azote de toda una generación que causa estragos en amplias zonas de EE UU, con la connivencia de China y México.

Rosalía en la temporada 3 de Euphoria

Rosalía en la temporada 3 de Euphoria

Pero para la tercera desequilibrada, aquí se dispone en cambio una última redención: por un instante parece haber encontrado en la religión, sino la solución a sus desvaríos, al menos un atisbo de sendero propicio hacia una recién descubierta espiritualidad que le proporcione sosiego a su alma atormentada.

En medio de esa búsqueda, le sorprenderá un final labrado con esmero, pero que no resulta del todo ajeno a la idea de una segunda oportunidad, como resultado de sus postreras íntimas indagaciones.

La última imagen pulcra y sosegada del exterior del hogar ('la casita'), donde la familia cena y reza unida, con la bandera estadounidense presente, concluye el relato para proponer varias lecturas. Que cada cual escoja la suya, pero el regreso a ciertos valores no se encuentra tan alejado de lo que ha venido a proclamar León XIV. En cierto modo, recuerda además el genial cierre de Esto parece el paraíso de John Cheever: «La sensación de ese momento fue un privilegio exquisito, la enorme merced de vivir aquí y que el amor nos renueve».

Bardem vuelve a esos villanos que matan en español

Antonio Banderas lo tuvo claro. Si en Hollywood no eran capaces de ver más allá del estereotipo, el latin lover que además daba bien como malvado, él tampoco se sentía capaz de modificar sus puntos de vista.

Pura y simplemente se adhirió a las ofertas más lucrativas e hizo lo mejor que supo el trabajo asignado con una sola finalidad, lograr el mayor beneficio económico que luego le permitiera volcar esos recursos en sus otros intereses artísticos, como sus proyectos de Málaga.

Javier Bardem tampoco ha pasado en EE UU de representar al eterno villano, con parejos cachés. Se ha visto con sus actuaciones en 007, aquella tontería de los hermanos Coen y ahora repitiendo el papel que ya bordaron, en su momento, Robert Mitchum y luego Robert de Niro en El cabo del miedo.

Javier Bardem

Javier BardemGTRES

Pero el actor canario (nació en Las Palmas), al que se le suele llenar la boca hablando mal de la América que no comulga con Obama, mientras se forra con todos ellos, parece no tener inconveniente en perpetuar, además, la imagen de hispanoamericanos y españoles como una masa indeterminada de delincuentes potenciales, víctimas de una suerte de fatal atavismo arrastrado hasta el infinito por sus sociedades arcaicas.

En esta vuelta de tuerca del enajenado Max Cady que promueve la nueva serie de Scorsese y Spielberg, Bardem es hijo de una vasca y un americano, que se conocieron en el sur de España. De ella, que no quería engendrarlo, pero tuvo que cargar sola con él, le ha quedado solo el amor por la buena cocina, el tópico.

Al morir la mujer, al adolescente lo envían con su padre, que es un mal bicho, a vivir en EE UU. Lógicamente, del cruce entre una española desviada y un brutal yanqui solo podría haber salido este monstruo, según la tesis.

Javier Bardem

Javier BardemEFE

No es que él tenga necesariamente que compartirlo, pero el reivindicativo actor se ha convertido en el vehículo predilecto para encarnar a «latinos» siempre perturbados como también sucedía con el Menéndez de su serie anterior. Una imagen no demasiado positiva del colectivo.

A lo mejor si López Vázquez, posiblemente el mejor actor español de la historia, hubiera aceptado la oferta de George Cukor, quién sabe… A lo mejor se hubiese descubierto con él un filón para otro tipo de personajes, por ejemplo, como el que Jack Lemmon encarnó en El apartamento de Wilder. Lo hubiera bordado. Pero el idioma en estos casos resulta fundamental. Estamos condenados a lo de siempre, y Bardem feliz al mirar su cuenta.

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