Bob Dylan en los años setenta
¿Y si el Nobel de Literatura de Bob Dylan, además de justo, es uno de los premios más bellos jamás concedidos?
El cantante y poeta acaba de cumplir 85 años y sigue de gira durante todo el verano por Estados Unidos con sus temas nuevos, tan distintos a aquellos que le hicieron un mito sin comparación
Cuando la Academia sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan en 2016, la noticia recorrió todos los rincones del mundo. A un cantante que solo había escrito las letras de sus canciones se le había dado el galardón más prestigioso de los escritores.
Ríos de tinta, quizá nunca mejor dicho, de detractores (también de encantados fans) que no estaban de acuerdo con la concesión del laurel más importante de las letras a una figura que no cumplía los requisitos más básicos. Para empezar y casi para terminar: que no había escrito ningún libro, acaso sí tenía publicación, desde luego no merecedora de semejante honor.
Dylan recibió el premio «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción». Unas 700 canciones que pueden suponer en cantidad unas 700 páginas en total en un libro: un Nobel por 700 páginas.
Mario Vargas Llosa escribió 20 novelas, además de decenas de ensayos y miles de artículos. La obra de Cela se extiende en 14 novelas y casi incontables novelas cortas, apuntes, artículos, ensayos, libros de viajes y poesía, además de diccionarios o teatro. Quince novelas ha escrito el último Nobel, László Krasznahorkai, además de relatos, ensayos o conferencias.
Cualquiera diría que es injusto con estos ejemplos (y con todos los demás) que Robert Allen Zimmerman ganara el Nobel con solo 700 «páginas» ni siquiera publicadas en un libro. Pero ¿y si la lectura, nunca mejor dicho (otra vez), fuese otra?
Desde luego no puede ser por el número, por la cantidad y, si se piensa, tampoco debería serlo por la supuestamente extraordinaria calidad de sus palabras condensada en menos cantidad de papel que solo en Guerra y paz de Tólstoi, uno de los grandes que nunca ganó el Nobel.
La Academia sueca se marcó un atrevimiento cultural que, mayormente, no casa con lo académico. Y en ello está precisamente lo bello y también lo justo en la belleza de la concesión por tratarse de arte.
Al contrario de cómo la Academia francesa rechazó la belleza de los impresionistas, una de las bellezas del arte más rompedoras, absolutas y resistentes en el tiempo, esta Academia se saltó las normas del academicismo para reconocer (como si fueran un antiguo grupo de adolescentes o de jóvenes de los sesenta, unos adultos o unos ancianos como el propio Dylan en el presente), una emocionante justicia poética.
El recuerdo de lo que aquellas letras (acompañadas de la música) produjeron en esas almas jóvenes recompensado por esas mismas almas en la vejez con el Premio más grande de la literatura es una noticia tan grande como un poema.
Joyce Kilmer, vate estadounidense como Dylan, escribió: «Creo que nunca veré/ un poema tan hermoso como un árbol...», por lo que cabría decir que nunca se verá un premio tan hermoso como el de Dylan. En aquellos tiempos, en los sesenta, hubo una locura íntima que se contagiaba desde dentro provocada por los versos incomparables y frescos del cantautor perfecto.
Rebeldía, amor, la voz que quería salir y no podía y él la sacó como un héroe poeta con alegría y turbación, tocando los espíritus y las almas con la fuerza incontenible de sus palabras que todavía resuenan y resonarán sin tapas; en el interior a través de los oídos como si fueran las páginas que permanecen en versos inmortales y musicales premiados por el academicismo rejuvenecido y agradecido, como cuando a ninguno de sus miembros les gustaba lo correcto, sino con todo su corazón la literatura cantada del joven Dylan.