85 años de un extraordinario enigma
Bob Dylan, que hoy está de cumpleaños, sigue en la carretera a una edad en la que otros descansan merecidamente en un asilo
A Ronald Reagan lo apodaban «el gran comunicador». Con su perenne optimismo y su elegante oratoria levantó del diván a un país deprimido por el largo desencanto de Vietnam, por la mugre del Watergate, por la crisis del petróleo y por la fracasada etapa de Carter, que incluyó la humillación en Irán y una inflación del 12,5 %. Como si fuese un profeta bíblico, pero engominado, encorbatado y televisivo, Reagan prometió «un nuevo amanecer para América». Estados Unidos volvería a ser «la ciudad que brilla en la colina», iluminada por la luz de Dios. No le salió mal. Relanzó con fuerza la economía, bajó la inflación al 4,4 % y ganó la Guerra Fría, provocando la implosión de la Unión Soviética. Y sin embargo, el gran comunicador no comunicaba nada a su círculo íntimo. Era un acertijo irresoluble.
El biógrafo Edmund Morris gozó durante tres años de un acceso completo a Reagan para escribir su biografía oficial, por la que percibió tres millones de dólares. La tarea lo desquició: «Verdaderamente era uno de los hombres más extraños que jamás haya vivido. Ninguno de quienes lo rodeaban lo entendía». La teoría de Morris es que se trataba de un actor natural, que solo revivía en el escenario y fuera de él se apagaba, se quedaba vacío. James Baker, figura de referencia en sus gobiernos, lo definía como «el más amable e impersonal de los hombres». «Los que trabajaron con él media vida siempre sospecharon que había algo más bajo la superficie, pero nunca supieron qué», explicaba. Para sus cuatro hijos resultó un padre remoto y desapegado, «inescrutable».
En privado, Reagan se convertía en un enigma, como ocurre con algunas personas de enorme presencia pública y aparente afabilidad. Es el caso, por ejemplo, de Dean Martin, que conquistó a su país desde la televisión, la canción y el cine durante tres décadas. Los estadounidenses adoraban su campechanía, su espontaneidad, su humor. Sin embargo, en su vida personal era un raro al que nadie llegaba a conocer. Un anfitrión que organizaba fiestas fastuosas en su mansión, pero que como el Gran Gatsby de Fitzgerald se fugaba a su remota privacidad, dejando plantados a sus invitados en plena farra. Martin fue hasta un falso borracho, que para ser fiel a su caricatura pública se mostraba siempre en los platós con su gran vaso de whisky, que en realidad alojaba zumo de piña.
Bob Dylan, que hoy cumple 85 años, pertenece también a la estirpe de los raros, y en grado sumo. A una edad en la que muchas personas reposan en una residencia, él recorre el mundo con una gira que nunca se acaba, porque tiene alma de vagabundo y solo se siente completo en el escenario.
Este verano cruzará buena parte del sur de Estados Unidos. Soportando la canícula, el anciano Bob se desplazará en su autobús-caravana. Actuará en teatros y auditorios de fuste, a la altura de su impresionante leyenda, que incluye hasta un premio Nobel y un Oscar. Pero también cantará en alguna fea explanada de asfalto frente a un centro comercial anodino, o en ajados polideportivos universitarios. Gorjeará su mayúsculo repertorio con una débil y abrasada voz de lija, el motivo por el que ya no volveré a sus conciertos (aunque me encanta, me di de baja en 2017 en el Royal Albert Hall). Vestirá elegante, tocado con un sombrero blanco de tahúr del Mississippi, acompañado por una banda precisa y suave, a la que volverá loca cambiando el registro de las canciones. Decepcionará a la audiencia eligiendo tonadas oscuras y arrumbando algunas de sus piezas inexcusables. Apenas mascullará un «good night» y huirá corriendo al hotel. Luego, en la madrugada, puede que pasee solo a altas horas por algún paraje solitario de la ciudad, encapuchado con una sudadera, como si fuese un monje-poeta.
Me gusta mucho Bob Dylan, el artista que llevó a la canción popular a su edad adulta con unas letras y una forma de soltarlas que jamás se habían visto. Pero me fascina todavía más el inabarcable personaje. El hijo de una clase media del Norte más helado —«en Minnesota hacía tanto frío que tenías que abrigarte hasta en casa»—, que se hizo vagabundo en el Village neoyorquino inventándose una biografía repleta de trolas. El lector compulsivo que mezclaba a Homero con Von Clausewitz, a Rimbaud con Kerouac, a Shakespeare con la Biblia. El judío que abrazó a Jesucristo y que en su etapa de predicador cristiano aseguró haber sentido como lo llamaba personalmente. El proclamado profeta de unos tiempos que estaban cambiando, que se sentía utilizado por la izquierda folkie y se hizo eléctrico y anfetamínico para apearse del pedestal contracultural.
El hedonista que extravió la brújula en los ochenta, con demasiada farlopa y botella, y que luego firmó en su otoño un inesperado y profundo regreso a la grandeza. El cantor errante que tuvo seis hijos con sus dos mujeres y que según los vástagos siempre ha logrado ejercer como un padre atento, pendiente. El vagabundo de pies inquietos que es dueño de una fortuna estimada en 700 millones, pero que prefiere pasar el ocaso de sus días dando tumbos por los escenarios. El genio que llamó a las puertas del cielo y que mostró sus flaquezas con algún disco pésimo. El hombre libre que se alejó de las multitudes y los peajes de la fama exagerando las secuelas de un accidente de moto, porque en el cénit de su éxito se sentía como «un trozo de carne arrojada a los perros».
Sigue en la carretera Robert Allen Zimmerman y nadie entiende bien por qué. Imagino que sabe que al final del camino aguarda Dios y que su manera de cumplir con Él es ejercer hasta el final el don que le ha regalado. Brindo por Bob, allá donde ande con su caravana zíngara, y para celebrar su cumpleaños me quedaré escuchando su maravillosa Ring them bells, en la que las campanas de un Dios redentor tañen al final de los tiempos llamando a los elegidos.