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'La comedia humana', de Willian Saroyan

'La comedia humana', de Willian SaroyanEditorial Palabra

El Barbero del Rey de Suecia

Hola a todas las cosas

La actualidad de un libro es, en realidad, un asunto enrevesado. No basta mirar la fecha de publicación. Toda obra es contemporánea de su lectura y, si su mensaje calma una sed actual, mucho más. Esta quincena he leído algunos libros recién publicados, pero también La comedia humana (1943) de William Saroyan (Fresno, 1908-1981), que no es un libro cualquiera. Cuenta la Segunda Guerra Mundial desde la retaguardia, y muestra cómo hay batallas que se libran en el corazón. Su luminosa sencillez, que no aparta los ojos de las dificultades y los males de la vida, es muy necesaria para estos tiempos. Ojalá sea un libro actual, porque lo necesitamos ahora.

Como novela es rara, desflecada. En Un día en el atardecer del mundo (1964), uno de sus protagonistas, trasunto de William Saroyan, expone su método: «La obra va de personas. Las personas son las tramas. No hay más trama que esa». Es lo que ocurre en La comedia humana. Y la impresión de esas escenas sueltas, casi una colección de relatos cosidos por el encanto de sus personajes, funciona en un doble sentido. Primero, nos termina incluyendo en el ambiente y, después, nos da una sensación especialmente intensa de vida. Tampoco nuestras vidas responden al esquema lineal de planteamiento, nudo y desenlace.

El hilo conductor es un amor que, como aquella llama de Quevedo, sabe atravesar el agua fría y demás accidentes de la vida y de la guerra. La estremecida dedicatoria a la madre del autor («esta historia es para Takoohi Saroyan») da el clima sentimental. Que la última palabra de la novela la tenga ella, pese al protagonismo de Homer, es la culminación de una reverencia merecida. Eso explica el libro; aunque a medias, porque la otra mitad la constituyen la ausencia del padre muerto y el legado de su ejemplo. El papel de la música y las canciones, como una meditada banda sonora, evoca y trasciende la muerte.

El lenguaje es muy sencillo, pero no por simpleza, sino por fe en la fuerza de lo narrado. El protagonista, fiel trasunto de la infancia del escritor, se llama como el poeta: Homer, del mismo modo que Saroyan se llama William, como el Bardo. La mirada de ambos, protagonista y autor, es a la vez poética y narrativa, como las del griego y el inglés. El estilo recuerda a Mi planta de naranja-lima de José Mauro de Vasconcelos. Es una novela de crecimiento y esperanza: «Algún día me gustaría ser alguien», confiesa el protagonista. Fiel al eco balzaciano de su título, la novela también hace algo dificilísimo: retrata un tiempo, un lugar, significativamente llamado Ithaca, y a muchos personajes. El hermano pequeño de Homer, llamado Ulysses, es una delicia. Saroyan ofrece una figura de santidad en Spangler. Y hace, en cuatro trazos, una maravillosa apuesta por la educación del espíritu con la inolvidable señorita Hicks.

Cuando el chico cojea por un épico accidente deportivo, uno no puede menos que recordar a Hilaire Belloc, que avisó: «We hobble through this difficult world with the aid of two crutches: fun & beauty», esto es, «Atravesamos a trancas este mundo tan difícil con la ayuda de dos muletas: la diversión y la belleza». Es talmente —cojera, alegría, belleza— lo que nos propone Saroyan, un autor afín a Chesterton en su asombro ante la vida, a Frank Capra en su épica de lo cotidiano y a Los muchachos de la calle Pal en su exaltación de la amistad. Este relato de intensas raíces autobiográficas se nos ofrece con «esa mezcla de severidad y ligereza que es especialmente tuya y de nuestra familia», le dice a su madre en la dedicatoria. Después de leer La comedia humana también es nuestra.

Aquel hombre, negro y distinto a todos los demás, le devolvió el saludo a Ulysses y le gritó: —¡ Me voy a casa, chico! ¡Me voy al sitio del que soy!
*
Allí estaba, rodeándolo, raro y solitario, el mundo en que él vivía.
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La sonrisa de los Macauley, aquella sonrisa amable, sabia y secreta que decía «hola» a todas las cosas.
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Homer Macauley llevaba una chaqueta de mensajero de telégrafos que le estaba grande y una gorra que le estaba pequeña.
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—Dieciséis. —Sí, ya sé —se jactó Spangler—. Eso dijiste ayer. No podemos contratar a un chico a menos que tenga dieciséis años, pero contigo he decidido correr el riesgo. ¿Cuántos tienes en realidad? — Catorce. —Bueno, tendrás dieciséis dentro de dos años, a fin de cuentas.
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Dos palabras con las que anhelar cosas como la verdad y el consuelo. Las pronunció: —¿ Por qué?
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Yo veo el crecimiento del espíritu en los chicos que vienen a mi clase.
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—Sé cómo te sientes, pero todo hombre en este mundo es mejor que alguien. Y no tan bueno como alguien más.
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Estoy ansiosa porque mis chicos y chicas empiecen a esforzarse por actuar de forma honorable.
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No me importa si una de mis criaturas es rica o pobre, brillante o lenta, genial u obtusa, con tal de que tenga humanidad, de que tenga corazón, de que ame la verdad y el honor, de que respete tanto a sus inferiores como a sus superiores.
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Big Chris, que estaba trabajando duro en la trampa, miró a un hermano y luego al otro, profundamente conmovido por la tranquilidad del chico atrapado y por la devoción furiosa de su hermano.
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—¿Por qué tiene que haber leyes para todo? —preguntó Auggie.
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Ayuda ser inteligente, no importa lo que sea uno. […] —Bueno, ¿cómo se sabe si un hombre es inteligente? Spangler miró al repartidor de periódicos y sonrió: —Hay que hablar con él unos minutos.
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Había una chica de dieciocho o diecinueve años, de aspecto solitario y tímido, cansada, silenciosa y, por tanto, preciosa.
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—Todas las chicas del mundo son mi chica —declaró Fat— y, como no puedo enviarles telegramas a todas, le enviaré un telegrama a una sola. A esa le enviaré millones de telegramas.
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Quiero saber, y siempre querré, y supongo que nunca dejaré de intentarlo, pero ¿cómo se puede saber? ¿Cómo puede un hombre entender las cosas de forma que todo tenga sentido?
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Yo no soy simplemente el tipo que la gente ve. También soy otra persona, una persona mejor.
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Supongo que tendríamos que ver la parte graciosa de estar vivos.
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—Ya sé que lo tienes prohibido, pero también sé que te gusta, y lo que le gusta a un hombre a veces es más importante que lo que tiene permitido, así que ve y tómate una copa.
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¿Qué hay que hacer? —Nada en concreto. Cualquier cosa. No importa a qué se dedique un hombre. Cualquier trabajo honrado.
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Un solo hombre no corrompido por el mundo para poder estar yo también no corrompido, y así poder vivir y creer».
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—¿Qué me importa la ley de la gravedad? —le gritó Homer al hombre que estaba en la calle— ¿O la ley de los promedios? ¿O la ley de la oferta y la demanda, o cualquier otra ley?
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Mugre y podredumbre, no tengo tiempo para vosotros.
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Se trataba de Lionel Cabot, el tonto del vecindario, y sin embargo un gran ser humano, fiel, generoso y de buen temperamento.
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En lugar de ir por calles y aceras, se metieron por callejuelas, acortaron por solares y saltaron cercas. Querían tomar el camino difícil, el camino arriesgado. [Tono Los muchachos de la calle Pal]
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…el corazón que quiere lo que no puede tener. […] Siempre quierre más. Nunca está contento. Y el pobre Dios no tiene nada parra una tristedsa así. […] El pobre Dios lo da todo, perro nadie está feliz. […] A pesar de todo estamos descontentos—el tendero le gritó aquella asombrosa verdad a su hijo, lleno de un amor terrible hacia el niño—. Por el amor de Dios, hijo, ¡no hagas eso! Aunque yo lo haga, tú eres mi hijo y por tanto eres mejor que yo y no tienes que hacerlo. ¡Sé feliz! ¡Sé feliz! Yo soy infeliz, pero tú tienes que ser feliz.
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Yo pensaba que los hombres dejaban de llorar cuando se hacían mayores, pero parece que es entonces cuando uno empieza, porque es cuando uno comienza a darse cuenta de todo.
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Haciendo la clase de ruido que hacen los chicos cuando el agua todavía es la bebida más maravillosa del mundo.
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—Tal vez no a los ojos del mundo, pero va a ser grande, eso seguro, porque ya es grande ahora.
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Creo que mi padre era algo así como un gran hombre. No me refiero a que tuviera mucho éxito ni a que fuera importante ni nada parecido. Ni siquiera tenía un oficio o una profesión. Trabajaba para sobrevivir. Hacía cualquier trabajo. Nunca ganó más dinero del que necesitábamos, pero creo que era un gran hombre de todos modos.
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Lo único que le importaba era su familia, mi madre y sus hijos. Se pasó meses ahorrando para pagar la entrada de un arpa. Piensa en ello, un arpa. Ya nadie toca el arpa, pero mi madre quería una. Y él se pasó cinco años pagándola. Era el arpa más cara que había en el mercado. Nosotros creíamos que todas las casas tenían un arpa porque nosotros teníamos una. Luego le compró un piano a mi hermana Bess, aunque aquello no le costó tanto. Yo creía que todo el mundo era como mi padre hasta que salí y conocí a otra gente.
*
—A mí me gustaría conocer a alguien así —dijo Tobey—. No haría falta que fuera mi padre, podría ser cualquiera, solamente me gustaría conocerlo.
*
—En el orfanato nos obligaban a rezar. Era una norma. Rezábamos quisiéramos o no.—No es una norma tan mala—dijo Marcus—, aunque por supuesto rezar es algo que no puede ser obligatorio.
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Te estoy diciendo esto: da gracias por ser quién eres. Sí, por ser quién eres. Da gracias. Entiende que un hombre es algo por lo que él mismo puede dar gracias y tiene que dar gracias.
*
En una carta puedo decir lo que nunca podría decir hablando. Eres el mejor de los Macauley. Nada tiene que detenerte. Ahora escribiré aquí tu nombre, para recordártelo: Homer Macauley.

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