Imagen del pensador Jaime Balmes
El Debate de las Ideas
Panorámica de Jaime Balmes
Definido por Martin Grabmann, historiador de la teología alemán, como «piadoso sacerdote, hijo amantísimo de la Iglesia y defensor infatigable de sus derechos en la vida social», Jaime Balmes (1810-1848) se movió en ámbitos tan diversos como la teología y la apologética, la filosofía, la sociología, el periodismo, la actividad y la reflexión política. En todos ellos empleó su pensamiento y sus obras en la salvaguardia de los principios católicos en un mundo en el que empezaban a predominar ideas religiosas, filosóficas y políticas extraviadas. Ecumenismo indiferenciado, sincretismo religioso, idealismo, subjetivismo, existencialismo, liberalismo, socialismo… definen tantas otras ideas refutadas en su día por Balmes y convertidas hoy en referencia para muchos.
Por todo ello, vamos a recordar algunos datos biográficos de Balmes y enumerar sus más importantes obras, situándolas en su contexto histórico, para terminar con una somera incursión en su obra política con vistas a determinar el puesto que ocupa en la historia del pensamiento español.
I. Jaime Luciano Antonio Balmes Urpiá nació en Vich (Barcelona) el 28 de agosto de 1810 y murió en la misma ciudad el 9 de julio de 1848. Nacido en plena Guerra de la Independencia, sus años de estudio y formación transcurren en las difíciles circunstancias que rodean al reinado de Fernando VII, mientras se incuba el conflicto que estallará a partir de 1833 en la Primera Guerra Carlista. Terminada esta, las facciones liberales se enfrentan entre sí, perpetuando la discordia. En este escenario, la vida del joven Balmes transcurre bajo el signo de una virulenta, aunque luego silenciada, persecución religiosa: la que sufrió la Iglesia española como consecuencia de la invasión napoleónica y del naciente liberalismo. Durante la infancia y juventud de Balmes se sucedieron profanaciones, cierre de conventos e iglesias y asesinatos como el del propio obispo de Vich, Raimundo Strauch y Vidal († 1823).
No se debe perder de vista lo corta en el tiempo que fue su trayectoria a la hora de exponer una obra prolífica, pero elaborada por una personalidad no definitivamente madura, en buena parte debido a su prematura muerte. Dicha circunstancia se observa particularmente en su formación académica y en sus ámbitos de expresión intelectual, así como en su actividad política, de la que se retiró muy pronto tras el fracaso de su proyecto dominante. Veamos todo esto con algún detalle.
De 1817 a 1826 realiza estudios elementales, filosóficos y teológicos en el seminario de su ciudad natal. De allí pasa a la Universidad de Cervera para formarse en Teología y Derecho y, tras obtener la licenciatura en Teología (1833), permanece aquí como profesor auxiliar. El 20 de septiembre de 1834 es ordenado sacerdote en Vich y al año siguiente se doctora en Cervera. En todo este tiempo, como nos recuerda Francisco Elías de Tejada (1974): «fracasa en cuantas oposiciones emprenda sucesivamente a una cátedra de Teología en la misma Universidad y a una canonjía en Vich, viendo al mismo tiempo cómo triunfaban sus amigos en la carrera académica […] Balmes hubo de contentarse con una modestísima plaza de profesor de matemáticas en cierta academia fundada a finales de 1837 por el Ayuntamiento de Vich, esto es, a la oscuridad de los olvidos». Fue un período que se ha calificado de vida oculta.
La formación de Balmes fue, por tanto, la que podía dar de sí la Universidad de Cervera, que no estaba precisamente en sus mejores momentos, o la biblioteca episcopal de Vich. A través de esos medios leyó a algunos maestros de la escolástica, apoyándose fundamentalmente en santo Tomás. Brilla por su ausencia, en cambio, el amplísimo cauce del pensamiento hispánico más allá de algunas citas de Suárez o Mariana. Maximiliano Arboleya (1914) subraya los desapegos balmesianos hacia la cultura del Siglo de Oro hispánico y, más tarde, Fermín de Urmeneta hace un análisis de las fuentes de sus doctrinas (1952).
En 1838, la revista El Madrileño Católico sacó a concurso una memoria acerca de los problemas del clero, concurso ganado por Balmes con sus Observaciones sobre los bienes del clero, que le alcanzó súbita notoriedad y el inicio de una carrera de periodista intensa, aunque muy pronto truncada.
En agosto de 1841 funda el periódico La Civilización y en marzo de 1843, La Sociedad. Hasta 1844 reside en Barcelona con un viaje puntual a París y Londres (1842). Entre 1844 y 1848 se traslada a Madrid, donde intensifica su acción política, especialmente a través de El Pensamiento de la Nación, que funda y dirige (1844-1846).
Desde 1844 desarrolla su actividad el Partido Monárquico Nacional, también conocido como partido balmista, y Balmes presta todo su apoyo a la campaña para conseguir el matrimonio de Isabel II con el conde de Montemolín, Carlos VI, pretendiente al trono, hijo de quien entre 1833 y 1839 se lo había disputado a la hija de Fernando VII con el título de Carlos V.
Alterna esta actividad en España con viajes al extranjero, en parte para preparar la edición de sus obras, que pronto son conocidas y traducidas a la mayor parte de idiomas europeos. En 1845 vuelve a Francia y en 1846 conoce la Universidad de Lovaina y se entrevista con la mayoría de los obispos belgas, con el cardenal Mercier y con el cardenal Pecci (luego, León XIII); en 1847 va de nuevo a París. Nombrado consejero del nuncio Brunelli y elegido socio de la Real Academia Española, sus obras son conocidas en Europa y sus opiniones alcanzan reconocimiento en España al tiempo que recibe numerosas críticas y ataques tanto por parte de los liberales, sus enemigos declarados, como por parte de quienes descubren sus flancos débiles desde el punto de vista católico. Gracias al testimonio publicado por su secretario particular y confidente, Benito García de los Santos (1848), podemos conocer los rasgos más relevantes de su vida religiosa y cotidiana durante estos años.
Cuando en 1846 se anunciaba el matrimonio de Isabel con su primo Francisco de Asís de Borbón, Balmes se convence de que no había nada que hacer por esos medios y que la cuestión de fondo del problema político español no tenía solución pacífica posible. Entonces decide suspender la publicación de El Pensamiento de la Nación y retirarse por completo de la vida política. El desenlace del reinado isabelino acabaría dando la razón a Balmes, pero él no lo vería. Al considerar fracasados sus anhelos políticos, cansado y enfermo, se traslada a Vich, donde muere poco después.
A pesar de moverse en un tiempo tan corto y en combinación con una agitada actividad política, la obra escrita de Balmes es ingente por su extensión, de la que nos pueden dar idea los ocho volúmenes que ocupa en la edición de la BAC (Madrid 1948-50). Entre sus títulos destacamos:
- De tipo apologético: El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1842-44) y Cartas a un escéptico en materia de religión (1846).
- De filosofía: El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846) y Curso de filosofía elemental (1847).
- Sus reflexiones sobre los sucesos contemporáneos y sus ideas políticas las encontramos recopiladas en Consideraciones políticas sobre la situación en España (1840) y Escritos políticos (1847) pero tuvieron su principal cauce de expresión en la prensa.
II. Podemos preguntarnos ahora por el lugar que ocupa Balmes en la historia del pensamiento español y para ello puede ser útil alguna consideración sobre la deriva que toma el enfrentamiento entre las ideas revolucionarias-liberales y la Iglesia católica.
Buena parte de la historiografía ha tratado de explicar estas tensiones siguiendo el modelo francés, donde se dice, sin que esto baste para dar razón de todo lo ocurrido, que la Revolución ataca igualmente a la monarquía, a la nobleza y a la Iglesia, considerados pilares del orden social propio del Ancien Régime. Pero en España triunfó la fracción monárquica integrada en las constituciones liberales y la nobleza perdió sus obsoletos privilegios jurídicos, conservando sus propiedades y figurando a la par que la burguesía en los cuadros de la jerarquía social. Por lo que se refiere a la Iglesia, la injerencia del Estado liberal en los asuntos eclesiásticos tenía una raíz muy propia del Antiguo Régimen: el regalismo. Y esta es la clave de explicación: no se persigue a la Iglesia ni por igualitarismo social (para cercenar privilegios) ni por su apoyo (tan matizado) al carlismo. Basta seguir el encadenamiento de los hechos para comprobar que las medidas antieclesiásticas por parte del Estado son anteriores a las declaraciones oficiales al respecto; es decir, que la Iglesia protesta porque se sabe atacada, no al revés.
El secular conflicto Iglesia-Estado que atraviesa la historia contemporánea española no es, por tanto, algo coyuntural o resultado de cuestiones superables por la vía de la negociación, como podría serlo una querella dinástica. Los liberales sabían que no podían consolidar su dominio sobre una sociedad que en buena medida les rechazaba si no suprimía o encauzaba en una dirección favorable el influjo moral que la Iglesia ejercía sobre esa misma sociedad y en la que promovía una serie de principios y comportamientos incompatibles con el liberalismo. De conseguirlo, habría sido neutralizada la única potestad radicalmente independiente del Estado. Pero finalmente, tras años y años de persecución directa, la jerarquía aceptó la mano tendida de los moderados y pareció que se entraba en un periodo de tregua. El secularismo, hasta ahora agresivo y triunfante, consiguió alcanzar un modus vivendi con la Iglesia, laminando el apoyo al carlismo y a la restauración de la unidad católica, a cambio de unas migajas en el presupuesto y de una nominal declaración de confesionalidad que se hacía compatible con la proliferación de sectas y la libertad de propaganda para el más corrosivo laicismo. Más tarde, el radicalismo liberal y el obrerismo revolucionario denunciaron aquella situación como un clericalismo en el que la Iglesia debería sucumbir entre las ruinas del Estado y la sociedad.
Afirma Corts Grau (1942) que «Balmes viene a la política desde la Filosofía… No fue Balmes político a pesar de ser filósofo, sino por serlo, por profesar una filosofía de honda raigambre humana que le lleva a escribir un código del buen sentido, El Criterio, una filosofía de la historia, El protestantismo comparado con el Catolicismo…, y estas otras consideraciones periodísticas, donde sobre principios clásicos inconmovibles surge el comentario y el consejo de cada día»
Balmes tuvo ocasión de comprobar cómo las nuevas ideas fueron implantadas en España por la única razón de la fuerza y de la política promovida por el Estado liberal, al que parecen aplicables las siguientes palabras que no responden a mera hipótesis: «Pero si el poder supremo abusa escandalosamente de sus facultades, si las extiende más allá de los límites debidos, si conculca las leyes fundamentales, persigue la religión, corrompe la moral, ultraja el decoro público, menoscaba el honor de los ciudadanos, exige contribuciones ilegales y desmesuradas, viola el derecho de propiedad, enajena el patrimonio de la nación, desmembra las provincias, llevando sus pueblos a la ignominia y a la muerte…» (El protestantismo comparado con el catolicismo, cap. LVI). En el mismo libro encontramos el rechazo a los principios inmortales de la Revolución Francesa y la tesis de que la verdadera libertad política existía mucho antes de dicha Revolución y de la revuelta protestante.
Cuando interviene en defensa de la recta filosofía, ha tenido sobrada ocasión de conocer los estragos causados por los errores que empiezan a difundirse a la sombra del idealismo; de las respuestas que, no dando cuenta completa de la interpretación de la realidad, acaban por hacerla inhabitable. Y eso que, siendo crítico del liberalismo, apenas pudo serlo del sufragio universal y del socialismo porque su muerte coincide con el año en que Carlos Marx publica El manifiesto comunista.
Nunca militará Balmes en las filas del carlismo, incurriendo así en la tragedia de lanzarse a predicar la unión dinástica y de los partidos para «conservar, en lo posible, lo antiguo, sin desdeñar demasiado lo nuevo». Y eso, a pesar de estar convencido de los errores del liberalismo y de haber sido testigo de cómo las revoluciones inspiradas por esta ideología habían descompuesto la vida española de la primera mitad del siglo XIX. La fórmula balmesiana para terminar aquella lucha planteada entre la España tradicional y la revolución era, pues, una fórmula simple y fracasada de antemano.
No obstante, firme en los principios y en la defensa de la unidad española (católica, monárquica y territorial) tampoco es Balmes precursor de Cánovas ni de Gil Robles ni representante de una política de «consenso» a cualquier precio. Menos aún caerá en la heterodoxia propia de todos aquellos que de hecho han negado la dimensión teológica en el plano político, la de aquellos que, practicando políticamente un criterio puramente mecanicista, se niegan a reconocer las exigencias éticas del obrar político, considerando a la religión como asunto válido para los actos de significación personal e inválido para los de dimensión social. Gonzalo Fernández de la Mora (1974) sostiene que la idea balmesiana del Estado estaba muy cerca de la tradicional, puesto que propugna un poder real fuerte y un sistema representativo orgánico y cualificado. Fue particularmente crítico con las instituciones demoliberales esenciales como los partidos y el parlamentarismo, al que reprochaba su ineficacia retórica y su constante estímulo a la división.
Quizá un cierto paralelismo entre las posiciones de Balmes y las de Menéndez Pelayo nos permite terminar con unas palabras pronunciadas por éste en la sesión de clausura del Congreso Internacional de Apologética (1911):
«Fue el Dr. D. Jaime Balmes varón recto y piadoso, de intachable pureza, de costumbres verdaderamente sacerdotales, de sincera modestia que no excluía la conciencia del propio valer ni la firmeza en sus dictámenes; meditabundo y contemplativo, pero no ensimismado; algo esquivo en el trato de gentes, pero pródigo de sus afectos en la intimidad de sus verdaderos amigos, que naturalmente fueron pocos; tolerante y benévolo con las personas, pero inflexible con el error; operario incansable de la ciencia hasta el punto de haber dado al traste con su salud, que nunca fue muy robusta; previsor y cuidadoso de sus intereses, no por avaricia, como fingieron sus émulos, sino por el justo anhelo de conquistar con su honrado trabajo la independencia de su pensamiento y de su pluma, que jamás cedieron a ninguna sugestión extraña. Su vida interior, que fue grande, se nutría con la oración y con la lectura de libros espirituales, sobre todo con la del Kempis, que revisaba diariamente.
Tal fue, aunque dibujado por mí en tosca semblanza, el grande hombre cuyo primer aniversario conmemoramos hoy. Quiera Dios que su inteligencia simpática y generosa continúe velando sobre esta España que tanto amó, que le debió la mejor parte de su pensamiento en el siglo XIX y que por él vio renacer sus antiguas glorias filosóficas».