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G.K. Chesterton con su mujer, Frances, en una imagen de archivo

G.K. Chesterton con su mujer, Frances, en una imagen de archivo

La fuerza de una narración

El drama radica en que en ese preciso instante en que formula la queja todavía sigue encasillada en una pretendida seguridad y fiabilidad en el poder pedagógico de la «Alta Sociedad»

Para Chesterton el papel del «novelista moderno y responsable» es «muy duro o, por mejor decir, muy blando». Y esto porque «con frecuencia ha de caminar con gran esfuerzo sobre arena blanda y suelta cuando hubiera preferido saltar de roca en roca o de crisis en crisis». De tal modo son las cosas para el Chesterton versión novelista que se pregunta en voz alta: «¿Cómo podría describirse en una narración sintética qué tal se las apañan en los grandes negocios con un problema de este calibre?». Y, sin embargo, es la fuerza de la narración la que con más contundencia es capaz de arrear el más fuerte derechazo en la imaginación moral del hipotético destinatario de un relato que se encuentra en las antípodas de cualquier planteamiento propio del Distributismo.

Fuerza de la narración y capacidad de incidir en la imaginación moral van de la mano en una novela chestertoniana como El regreso de don Quijote, su novela distributista por antonomasia. De su muestrario de personajes siempre me ha impresionado y mucho Olive Ashley - «una muchacha morena, menuda, de rasgos finos y correctos» – y su particular periplo vital que recorre en la novela. Olive Ashley se presenta ante el lector con una clara queja: -«Antes la gente se quejaba de que el romanticismo estaba echando a perder a la juventud. Pues bien, lo que está arruinándolos ahora es su sordidez, su afán de hablar de dinero y de máquinas, su manía de ser prosaicos, materialistas y rastreros. Quieren construir un mundo de ateos que no tardará en convertirse en el mundo de los simios».

El drama radica en que en ese preciso instante en que formula la queja todavía sigue encasillada en una pretendida seguridad y fiabilidad en el poder pedagógico de la «Alta Sociedad», «el único lugar que verdaderamente enseña». La cuestión es que el nudo de su particular drama empieza a desvanecerse en el momento en que percibe que «eso que llaman mundo, o por mejor decir, sociedad» es nada en comparación «con Inglaterra, el patriotismo, los principios morales». A estas alturas es sabedora Olive Ashley de que «había llegado al límite de algo». Pero, ¿qué fue lo que pudo mover todos sus resortes?

Será el poder «cuasi-sacramental» de «un maravilloso color rojo, tan vivo como si estuviese llameando y tan delicado como el matiz de un crepúsculo» en un dibujo de su padre lo que fije en ella «la norma de este mundo caído» y su «oposición al reformismo y al progreso». Como advierte su compañero de aventuras, Douglas Murrel, «el mundo entero se ha vuelto ciego para percibir los colores». No en vano. «la decadencia social» viene dada por una enigmática «ceguera cromática». Es esta «ceguera cromática» la que viene dada por un «estado capitalista» en el que «nadie sabe de dónde vienen las cosas». Una ceguera que viene dada también cuando se cree que «es posible conseguir algo tan antiguo con tal de pagar lo suficiente» en, por ejemplo, «Almacenes Imperiales». Olive comienza a tener muy claro que «lo que hemos perdido es la bondad misma» y que «ahora sólo nos quedan males que odiar».

Es en esa misma clave «cuasi-sacramental» – por otra parte, tan paralela con el newmaniano principio místico o sacramental - donde tiene una especialísima relevancia otro objeto como son los restos de una escultura en forma de dragón. Comenta Olive Ashley: -“Lo único que nos ha quedado es ese dragón. Cientos de veces lo he contemplado con disgusto sin saber por qué me parecía tan odioso. Seguramente en tiempos pasados una imagen de San Miguel o de Santa Margarita sometía y sojuzgaba el

horror de su cabeza. Y es la estatua de ese conquistador lo que ha desaparecido de él”. Los restos de la escultura en la antigua abadía de Seawood llevan a Olive a evocar y contemplar cómo «en este lugar había ardido la hoguera de una pasión visionaria cuyo espíritu calentó a los hombres y los iluminó en varias millas a la redonda, dichosos de poseer lo que valía la pena poseer». La ausencia del San Miguel o la Santa Margarita son, para el «hoy» de Olive Ashley, expresión de unos hombres que «suelen enfrentarse a la opinión común denunciando la apatía de esta sociedad» pero que tristemente «buscan la verdad donde no está y luchan por el honor que las cosas no pueden dar». De ahí que concluya Olive: -«Lo único que consiguen finalmente es que la verdad y el honor se enemisten mortalmente».

La verdad a la que llega Olive acabará teniendo la figura de un farol como «una especie de jaula que emplomaba tiras de una cristal de colores, y cuyo burdo dibujo mostraba la figura de San Francisco de Asís protegida por un ardiente ángel colorado». Alguien había encendido esa lámpara y ya solo primaba «el anhelo de colorear la vida tal como hacia aquel vaso de fuego». Son, precisamente, San Francisco y su capucha puesta los que nos interrogan: -«¿Cuándo comprenderemos que este mundo no es un vano infinito, una ventana en el muro de la nada infinita?». El curioso bibliotecario de El regreso de don Quijote fue quien hizo ver a Olive: «Llevando esta capucha llevo conmigo una ventana y puedo decirme a mí mismo: este es el mundo que vio Francisco de Asís y si lo amó tanto fue porque era limitado». Por lo demás, la abadía volvió a ser abadía.

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