«Auto de fe», pintado por Pedro Berruguete en 1475
Felipe II y su lista de libros prohibidos en el Siglo de Oro que hoy se estudian en todo el mundo
Pese a tratarse de un siglo de artes y de cultura, los distintos fenómenos sociopolíticos fomentaron que la Iglesia formulase una lista en la que se prohibían determinados títulos dado su contenido inmoral
31 de octubre de 1517. El monje agustino Martín Lutero clava en la puerta de la Iglesia del Palacio en Wittenberg (actual Alemania, en esa época Sacro Imperio Romano Germánico) sus 95 tesis donde criticaba a la corrupción y los abusos de la Iglesia Católica.
Esto generó un efecto dominó que desangró Europa en dos partes: la Europa Católica y la Europa Protestante. La situación fue tan catastrófica que superó en gravedad a los dos grandes cismas medievales, el de Oriente y Occidente.
Así, Francia y el Sacro Imperio se vieron desangrados por guerras de religión. Mientras, algunos de los principales reinos católicos como Inglaterra decidieron separarse de Roma.
La situación fue crítica, la Iglesia se enfrentó anteriormente a herejías como los husitas o los cátaros, y logró purgarlas. Pero esta vez el mal se había expandido demasiado rápido: los escritos de Lutero y Calvino corrieron por toda Europa, gracias sobre todo a la imprenta.
Esto se fomentó debido a la gran velocidad en la reimpresión de libros y su difusión. Por ello, y ante la imposibilidad de cortar el mal de raíz, la Inquisición decidió formular una lista de libros prohibidos.
'Felipe II a caballo', obra de Rubens
La primera y más famosa es la lista de 1559, dictada por Felipe II. El rey tuvo que lidiar con los herejes de Flandes; sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando se descubrió en 1558 dos focos luteranos: uno en Sevilla y otro en Valladolid. Ante el temor de que sus súbditos cayeran en la herejía y de que España, corazón de sus bastos dominios, se volviera una nueva Flandes, decidió ordenar a la Inquisición que se promulgase aquella lista.
Así, en 1559 se promulgó en Valladolid el Cathalogus librorum, qui prohibentur mandato Illustrissimi & Reuerend. D.D. Ferdinandi de Valdes Hispalen. Archiepi, Inquisitoris Generalis Hispaniae. La lista fue redactada por Fernando de Valdes, arzobispo de Sevilla e Inquisidor General.
Esto se hizo con la intención de evitar un desviamiento de la doctrina católica por parte de los lectores. Se trata de una lista en la que se reúnen tantos títulos, que se puede dividir los libros prohibidos por categorías o tipos. Destacan las siguientes.
Libros religiosos y espirituales
Libros como El Corán y el Talmud encabezaban dicha lista. Los motivos son más que evidentes. La Monarquía Hispánica no permitía más religión que la cristiana dentro de sus dominios y se consideró que la presencia de libros de otras religiones en España podía fomentar la existencia de comunidades islámicas y judías secretas.
Esto llevaba preocupando a los monarcas desde el reinado de los Reyes Católicos. De hecho, Isabel y Fernando instauraron la Inquisición en Castilla precisamente para controlar a los judeoconversos, y el propio Felipe II tuvo que enfrentarse entre 1568 y 1571 a la revuelta de las Alpujarras, cuyos partícipes, principalmente moriscos, apostataron y se convirtieron al Islam.
Un hombre lee el Corán, en una imagen de archivo
Los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola también estaban en la lista. El motivo consistía en lecciones aprendidas del pasado: muchas herejías medievales surgieron precisamente como reinterpretaciones de la espiritualidad católica, de manera que textos que abogasen por una mayor espiritualidad individual, como era el caso, podían abocar a la herejía.
Otras obras que también se prohibieron fueron las de Hernando de Talavera, confesor de la Reina Isabel y primer obispo de Granada. Ya en vida, Hernando de Talavera tuvo continúas disputas con el cardenal Cisneros por su lenta evangelización de Granada, método basado principalmente en el diálogo. Algo que de paso chocó con los ideales del Santo Oficio qué abogó por una evangelización más activa.
Fray Hernando de Talavera, fraile español citado por León XIV en la Conferencia Episcopal ante los obispos españoles
Otro texto censurado fue la Oración de Emparedadas, considerado perjudicial por ser supersticioso. En él figuraban numerosas promesas y dones a cambio de una serie de actos y oraciones.
Además, textos de marcado carácter espiritual como los de san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús fueron sometidos a censura. Si bien no entraron en dicha lista.
Obras extranjeras
Escritores católicos de origen extranjero como Erasmo de Rotterdam y otros extranjeros fueron censurados. El motivo de la censura de Erasmo tuvo que ver con la paranoia que afrontaba la Iglesia.
En su obra, el de Rotterdam criticaba abiertamente al clero –que en su mayoría durante la Baja Edad Media y Renacimiento no se caracterizaba por ser un bastión de valores–. La Iglesia temía que estas críticas hicieran más daño y generasen más herejías.
Mientras tanto, otros escritores como Clément Marot fueron censurados por sus polémicas y encontronazos con el Santo Oficio.
Obras clásicas
Pese a la fascinación que el mundo clásico despertaba por igual en nobles, reyes y en la propia Iglesia, hubo numerosas obras clásicas que la Iglesia consideraba inmorales como el Arte de Amar de Ovidio. Y por eso las prohibieron.
Esto demuestra que ni el latín se libraba de la censura, aunque la mayoría de obras censuradas fuesen en lenguas vernáculas. Como pasó con las traducciones de la Vulgata, que debido a una mala traducción del latín a la lengua romance generó más herejías.
Imagen ficticia de una cámara de tortura inquisitorial. Grabado del siglo xviii de Bernard Picart,Kamen
Pero, ¿que se hacía con los libros prohibidos? La solución más práctica fue quemarlos. Para ello, se aprovecharon los Autos de Fe, acto público en el que los herejes y apóstatas debían mostrar arrepentimiento para volver a la Iglesia o bien eran ejecutados.
Algunos libros se salvaban, de hecho el propio Felipe II ordenó que se revisase la lista de libros y que se eliminase directamente el contenido inmoral en vez de quemar la obra entera.
Los anexos de libros prohibidos continuaron en España el tiempo que duró la Inquisición. Por ello cuando esta fue suprimida en 1834, desapareció. Aún así, algunas obras se perdieron, otras incluso se mantuvieron ocultas y es mediante hallazgos sorprendentes (entre las paredes de alguna casa centenaria por citar un ejemplo) que dichas obras que se creían perdidas han aparecido con el tiempo.