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Giancarlo Cesana:

Giancarlo Cesana

El Debate de las Ideas

Giancarlo Cesana: «La sociedad perfecta no existe porque lo que es imperfecto es el hombre»

Giancarlo Cesana ha publicado El 68 interminable. Un punto de vista católico, donde a partir de su experiencia personal reflexiona sobre las transformaciones de nuestras sociedades desde aquel decisivo año. Charlamos con él en torno a su nuevo libro.

–En su libro usted afirma que 1968 fue un año fatídico, ¿por qué?

–Porque fue el punto culminante de un proceso que había comenzado muchos años antes, sobre todo en los países católicos latinos. Un proceso de abandono de la fe que cambió la mentalidad predominante, sobre todo en ciertos países como Italia y Francia.

–¿Cómo era el comunismo que encontró en la universidad de aquellos años, concretamente en Milán?

–Aquí Mayo del 68 empezó como una revuelta juvenil, como una insurrección contra el autoritarismo académico que luego se convirtió en una protesta global contra la sociedad de consumo.

Hay un filósofo italiano crucial, Augusto Del Noce, quien sostiene que en el 68 los jóvenes pasaron de la búsqueda del bienestar como fin en sí mismo, a la búsqueda de una respuesta casi religiosa en el marxismo como revolución global. El único problema es que, como siempre dice Del Noce, el marxismo, al ser fundamentalmente relativista, como todas las ideologías, no podía dar respuesta a esta búsqueda, casi religiosa, de una respuesta a la vida. Es precisamente por ello por lo que los jóvenes volvieron a reintegrarse en la sociedad de consumo.

Fue un periodo verdaderamente decisivo: se intentó cambiar una realidad popular existente, se fracasó en el intento y por ello ahora nos encontramos en una situación

de gran confusión, en la que las ideologías se han debilitado y se las ha intentado, sin éxito, reemplazar por otras nuevas, sumiéndonos en una situación de desunión y gran confusión.

–¿Usted también, como Pasolini, descubrió que simpatizaba más con los pobres policías que con los ricos manifestantes?

–Sí, pero no como Pasolini, porque Pasolini simpatizaba con ellos desde la izquierda. Yo partí de la izquierda porque participé en las protestas del 68, pero luego me acerqué a Comunión y Liberación y no me costó nada simpatizar con los policías pobres.

–¿Qué papel jugó el mundo católico en aquel momento de agitación?

–El mundo católico, como decía antes, entró en crisis. Hubo mucha disensión interna y muchos abandonos por parte de sacerdotes, también mucha gente que abandonó el movimiento asociativo católico. Por poner un ejemplo, en Italia, los afiliados a la Acción Católica a principios de los años 60 eran 9 millones; al final de esa década sólo eran 600 000, una diáspora muy fuerte. Las realidades católicas en la universidad se puede decir que desaparecieron. La Democracia Cristiana empezó su decadencia y la Iglesia a sentirse más insegura. Se desencadenó el proceso que ha llevado a la situación actual, en la que se suele describir a la Iglesia como sumida en una grave crisis (aunque ahora parece que hay un cierto renacimiento católico que, sin embargo, me sigue pareciendo muy minoritario).

Sin duda la Iglesia ya no es lo que era, pero aún así ha sido capaz de defender toda una serie de valores fundamentales; pensemos, por ejemplo, en la relación entre el hombre y la mujer, la sexualidad, el matrimonio. También ha defendido toda una serie de valores que tienen un origen cristiano, como el valor de la persona, pero los ha defendido también en beneficio de todos los demás. Ahora estos valores parecen haberse derrumbado definitivamente.

–¿Qué dinámicas hicieron que lo que se suponía que era un movimiento de liberación como el 68 acabara en una especie de revolución cultural china, con todo tipo de imposiciones y violencias?

–El problema es que se adhieron al marxismo con la esperanza de una renovación de toda la sociedad. Se avanzó cada vez más hacia formas extremistas que, sin embargo, demostraron ser insuficientes e infructuosas. Por eso se intentó imponer una alternativa por cualquier medio, pero también se fracasó.

La influencia del cristianismo se ha reducido mucho, pero no ha surgido otra idea capaz de sustituirlo. Todas las ideas que lo han intentado han resultado ser muy pobres.

–¿Cómo ha forjado Mayo del 68 la mentalidad actual?

–En primer lugar y ante todo a través de la educación, que se ha vuelto cada vez más laicista. Como dice Cornelio Fabro, «Dios, si existe, no tiene incidencia». En la práctica, como también decía Ratzinger, el hombre pretende convertirse en dueño de la realidad y de sí mismo. Se ha introducido la idea, falsa, de que todo es posible, lo que siempre acaba provocando grandes decepciones.

–Usted sostiene que en 1968 el derecho al estudio se convirtió en el derecho al resultado del estudio sin estudiar. ¿No es esta una exigencia muy de hoy en día?

–Sí, en aquellos años de contestación los más pobres reivindicaban el derecho a la educación, que era el derecho a terminar los estudios, aunque luego no se pudiera estudiar de verdad.

En el 68 ocupamos las universidades y lo hacíamos todo: dábamos clase, hacíamos los exámenes,... Los profesores prácticamente habían desaparecido. Y esto se prolongó durante años. Yo me matriculé en la universidad en el 67; la ocupamos en noviembre de ese mismo año y dejé la facultad de medicina en 1973... ¡y todavía estaba ocupada!

–¿Puede existir una sociedad igualitarista como la que se proponía en el 68?

–No: sería una sociedad totalitaria. Como cristianos sabemos que la sociedad perfecta no existe, porque lo que es imperfecto es el hombre. Esto lo hemos olvidado, hemos abandonado la noción de pecado original.

–Usted cita a Del Noce cuando habla de «nihilismo alegre» y lo contrapone a la búsqueda de la verdad. ¿Por qué ser un aguafiestas e insistir en la verdad, no es alegre y festivo el nihilismo actual?

–Porque, aparentemente, es alegre y divertido para el novato, pero al final siempre acaba mal. La insistencia en la verdad es necesaria porque, o bien existe una verdad o bien simplemente no hay nada, ni siquiera quedaría ya la libertad.

Cito en el libro una frase que me dijeron unas chicas rusas que conocí en Moscú. Me explicaban que durante la Unión Soviética una expresión habitual era: «Es lo mismo, todo es lo mismo», porque en realidad nada es. Este es el problema del nihilismo: si todo es igual, nada vale nada.

–¿Qué le diría a quien advierte de que la verdad es divisiva?

–Le diría que es cierto, que la verdad puede ser fuente de división. Jesús dijo que no había venido a traer la paz al mundo... pero tampoco la guerra. La cuestión es que la verdad es necesaria. Si es una fuente de división, es una fuente de división necesaria entre lo que es bueno, entre lo que es positivo y lo que es malo, lo que es negativo. Esto es inevitable.

Si por evitar la división nos ponemos todos de acuerdo en algo erróneo, las cosas van a peor, no a mejor.

Además, la verdad de la que hablo en el libro es la compañía que Dios le ha brindado al hombre al encarnarse. Dios se ha convertido en compañía para el hombre y, por lo tanto, la verdad es una amistad, por no usar una palabra aún más grande como es «amor».

–¿Es posible sustraer parte de la experiencia humana del campo de lo político? ¿Es conveniente?

–Sin duda hay experiencias humanas que no entran en el ámbito de la política, o que incluso van más allá de la política. Pero la política es un aspecto fundamental de la vida, porque la política es cómo convivimos con los demás. Sobre esto uno no puede abstenerse, porque define nuestra forma de actuar, nuestra forma de pensar, nuestra forma de querer.

En relación a la fe cristiana, Giussani decía que no se la puede reducir solo a política, pero si la fe cristiana no tiene que ver con el amor, con el trabajo, es decir, con la política y con el dinero ¿para qué sirve? Para nada.

–Usted insiste en la importancia de reconocer límites. ¿Es posible que el hombre moderno los acepte sin superar el marco de la modernidad?

–Es posible y es necesario porque el hombre moderno, al igual que el hombre antiguo, al final muere. Y, por lo tanto, es limitado.

Se puede decir que no existe el límite, se puede posponer, se puede intentar negarlo, pero el límite existe.

–Usted reivindica la necesidad del juicio, ¿qué tipo de juicio es el que usted defiende?, ¿qué relación tiene el juicio con la libertad?

–El juicio, a diferencia de la opinión, que depende de cada uno, tiene una pretensión de verdad. El juicio no es simplemente una opinión, sino lo que yo considero justo, bueno y positivo tanto para mí como para ti. Por eso, para juzgar hay que participar de alguna manera de la verdad.

Pero la verdad, como decía antes, no es un libro ni un discurso, es una presencia, es una persona, es Cristo presente hoy a través de la unidad de quienes le siguen y, por lo tanto, para juzgar hay que participar de alguna manera en esta unidad.

No puedo servirme de la verdad, sino que debo seguirla. El juicio es este intento de discernir lo que es bueno y lo que es malo, de comprender, en todas las dificultades de la vida, lo que va bien.

–Hoy está de moda decir, en ambientes católicos, que no hay que obsesionarse con las cuestiones sexuales, que son secundarias, pero usted escribe que la relación entre verdad y sexualidad es existencialmente decisiva. ¿Por qué?

–Yo también soy psicólogo, de la escuela analítica freudiana, y pienso que, al igual que existe el instinto del hambre o de la sed, existe el instinto de la relación. No podemos vivir sin comer, sin beber, sin tener relaciones. La búsqueda de la relación se llama sexualidad y es la relación el aspecto esencial de la vida, porque es a través de ella como se transmite la vida, como se transmite su sentido.

Si no se enfoca adecuadamente la relación, es decir, si no se vive con la persona adecuada y en la dirección correcta, la vida puede complicarse mucho.

Hoy, es cierto, en ámbitos católicos se dice que no hay que darle muchas vueltas a la sexualidad, al tiempo que se reivindica una supuesta libertad mucho mayor que antes. Pero, junto con esta libertad, ha surgido el «Me Too», todo un movimiento que dice que no hay que tocar, que no hay que mirar, que hay que ser extremadamente cuidadosos... porque si la sexualidad no se vive adecuadamente, se vuelve muy peligrosa.

–¿Nos da miedo hablar con claridad? ¿Por qué?

–Porque hay un consenso general que se opone a ello.

Se ataca a la derecha populista pero ésta sigue creciendo. ¿Por qué? Porque en sus afirmaciones contra el mainstream da en el clavo, señala aspectos que la gente percibe como más verdaderos que los que se supone tiene que creer. Hay que acabar con eso de que si alguien se muestra mínimamente crítico con respecto a la homosexualidad, se le tache de homófobo y se le margine. ¿La libertad consiste en no salirse de la fila?

–Usted es médico y por lo tanto conoce bien una medicina que alarga la vida pero es muchas veces incapaz de curar. ¿Cómo afrontar esta realidad?

–La medicina alarga la vida, pero al hacerlo genera muchos más incapacitados que antes. La vida, en algún momento, se ve mermada y llega a su fin, y esto requiere prestar atención a aspectos que hace unos años no se preveían. Se requiere una asistencia que puede resultar muy costosa, tanto en términos de recursos humanos como económicos. Y así aparecen quienes presentan la eutanasia como la solución.

La vida no es un valor absoluto; la vida se puede entregar. Los mártires entregaron su vida; no se suicidaron. Pero si afirmas que el suicidio es un derecho, que es un derecho quitarse la vida, eso no significa que elimines un valor absoluto, pero sí un valor fundamental, es decir, el fundamento de todos tus derechos. Al suicidarte anulas todos tus derechos; es decir, consigues exactamente lo contrario de lo que afirmas.

–Para acabar, ¿qué papel jugó Guissani en su vida?

–Tuvo un papel fundamental. En primer lugar con el episodio que determinó mi conversión: conocí a don Giussani al escuchar por casualidad la cinta de una grabadora en la que él hablaba a un grupo de estudiantes y les decía: «¿Qué dijo Jesús cuando empezó a predicar?». Y uno del grupo respondió: «Amaos», y él contestó: «No, no dijo «amaos», porque si lo hubiera dicho, los que le escuchaban no habrían entendido nada ¿Qué entendéis vosotros por amor para poder entenderlo? Os pondré un ejemplo de ayer por la noche: bebí un excelente barolo, que es un vino italiano muy bueno. ¿Cómo se sabe si un vino es bueno? Respuesta: ‘hay que beberlo’. Pues bien, lo que dijo Jesús cuando empezó a predicar no fue: «Yo soy la segunda persona de la Santísima Trinidad, mi madre es virgen», etcétera. Dijo: «Venid y veréis», es decir, probadlo. ¿Buscas la verdad? Si estudiaras la Biblia y, sus diferentes interpretaciones o incluso el Corán, el budismo, el sintoísmo... acabarás hecho un lío. Empieza por los que están más cerca de ti, por los que te quieren. Pruébalo.

Luego con algo que aparece al final del libro, un fragmento de un discurso que pronunció ante los estudiantes en el que dice, en esencia, que todo el mundo busca la felicidad y la busca como si fuera un sueño, como algo que debe hacerse realidad mañana por la mañana. Pero la felicidad no es un sueño. La felicidad es la plenitud de la vida y la plenitud de la vida se alcanza al final de la vida. La felicidad es un camino hacia el ideal, un camino en el que se siguen ejemplos.

Escuchando a Giussani he aprendido estas cosas que para mí son realmente un camino de vida. Giussani se fija en el momento en que Jesús les dijo a sus discípulos: «¿También vosotros queréis marcharos?». Y Pedro respondió: «¿Adónde iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna». Por eso yo soy cristiano.

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