Rajoy y la señora Warren
Hasta el mismo George Bernard Shaw probó en sus carnes que la ironía no seduce a los franceses, mientras la Inteligencia Artificial se cuela en las aulas para desesperación de los profesores y un par de gobernantes ejercen de Casandra
El expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy
Cuando George Bernard Shaw presentó en París La profesión de la señora Warren, escrita en 1893, al estreno asistió un joven periodista gallego, Julio Camba, dispuesto a realizar su crítica. En esta pieza, la protagonista es una antigua prostituta que prospera en el oficio hasta dedicarse, ya en su madurez, a la lucrativa gestión de prostíbulos.
Lo que el autor británico propone es una crítica de la sociedad victoriana y su doble vara de medir. Al mismo tiempo que denuncia las penosas circunstancias económicas que en muchos casos empujaban a jóvenes sin recursos a alquilar sus cuerpos, en la Inglaterra de la revolución industrial, también señala a quienes, como la señora Warren, una vez logrado un cierto prestigio en su profesión, se dedican más tarde a promover el mismo comercio, justificándolo como un servicio indispensable, casi un bien público.
Pero además retrata la hipocresía en la hija de la proxeneta, capaz de condenar la avidez y el excelente desempeño de la progenitora en su empresa, aunque sin renunciar ella misma a lucrarse con los réditos obtenidos de los lupanares. La habilidad emprendedora materna ha hecho de esta joven toda una distinguida dama de la sociedad (¡cuántos paralelismos!), empeñada en tapar unos orígenes que la avergüenzan hasta manifestar la repugnancia selectiva que estos le producen.
Shaw combina con su magistral estilo el realismo puro y duro con la sátira. En la sórdida descripción de algunas situaciones inquietantes jamás se ocultan los rasgos humorísticos, esas leves capas de fina ironía con las que huye de la absoluta desesperanza. Le concede al espectador sino congraciarse al menos comprender a sus personajes en toda su compleja y humana ambigüedad, mediante gotas de frivolidad bien administrada.
George Bernard Shaw
Camba se rio con ganas de algunas de las deliciosas maldades que promueve el autor, seguramente por proximidad intelectual y hasta física. Cuando en lo alto de la Torre de Hércules ardió la pira brigantina, según narra Cunqueiro, las distintas tribus celtas se dispersaron. Algunas, a lomos de aquel «dragón de alas verdes como la hoja de nogal», sobrevolaron los maretazos del bravo Orzán hasta llegar a las acogedoras costas de Eirín. Y desde allí varias de ellas aún partirían luego hacia la isla vecina, Gran Bretaña, la patria de Shaw y de Chesterton, ambos conspicuos cultivadores de la paradoja, o sea, del humor en su aspecto más encumbrado.
Al mismo tiempo, al autor de La casa de Lúculo le sorprendió la reacción del perplejo público galo, que acogió el drama con más disgusto que indiferencia. No supo apreciar las agudas cargas de profundidad, ni el humor algo retorcido del escritor británico. El tema les pareció demasiado serio para tratarlo con su mordacidad característica, hasta decretar el fracaso de aquella función.
«No saben cuándo Bernard Shaw habla en broma ni cuándo habla en serio; cuándo deben reírse o cuándo deben enternecerse», contaba el escritor gallego a propósito de su reacción. Seguramente la airada respuesta de la audiencia parisina no le resultara del todo extraña.
Por supuesto a Camba no se le escaparon ninguna de las sutiles punzadas de ingenio de su colega porque el escritor pontevedrés, lo mismo que Fernández Flórez, o, a su propio modo singular e inalcanzable, Valle-Inclán, e incluso Torrente Ballester y Cela, había heredado idéntico talento seguramente de los ancestros comunes celtas.
Célebre retrato de Valle Inclán realizado por Ignacio Zuloaga
Tampoco a los compatriotas ingleses de Shaw su peculiar manejo de la sátira les resultaba para nada ajeno. Todo lo contrario. Acudían a disfrutar de sus obras como si se tratase de entretenidos «juguetes cómicos». Podían troncharse con él incluso si, como ocurrió en alguna ocasión, se manifestaba en contra de sus propios intereses como nación.
Porque en el país de la libertad la paradoja y el whisky «siguen siendo sagrados», constataba Camba para distanciarlos de la reacción gala. Aunque ahora todo, también allí, se halle ya muy matizado, para peor, por la perniciosa influencia actual de lo woke y esa peste de la corrección política.
Algo similar ocurre estos días por los predios ibéricos, donde hasta hace poco aún resultaba plausible echar mano del recurso irónico, que Rajoy cultiva a su manera particular, tan reconocida, en sus inocuas columnas, desprovistas de cualquier intención perversa, ofensiva o simplemente polémica.
También en estas horas inciertas nuestra sociedad se ha convertido en un infierno de salvadores donde el izquierdismo identitario y el «antirracismo» emancipador perciben lo político en cualquier esquina, suelto o comentario con vagas aspiraciones literarias, negándose a apreciar ya cualquier diferencia entre lo metafórico y lo real, desterrando del debate público las opiniones que no resulten una hueca concatenación de elogios, a mayor gloria del «buenismo».
A los gallegos, como a menudo les ha ocurrido a los británicos, no siempre se nos entiende bien. Y por eso, quizá, no gastemos fama de graciosos. El humor suele dirigirse hacia la inteligencia pura, lo cual a veces resulta un serio inconveniente. Ya lo sabe Rajoy.
La muerte del pensamiento
Todavía recuerdo aquella ocasión en la que el profesor de derecho procesal nos sometió a la prueba de un examen diferente de los más habituales. Constaba de una única pregunta en unas breves líneas. La respuesta requerida era muy clara: según las condiciones expuestas, ¿resultaba posible plantear el embargo que se proponía, sí o no?
Le di vueltas durante unos minutos, contesté que no, porque me parecía lo más obvio y razonable. Sin mayores argumentos ni adornos, dejé el folio sobre el escritorio de aquel hombre y salí inmediatamente de la clase.
Mis compañeros aún se ausentaron durante casi una hora. Ya fuera, empezaron a comentar sus respuestas, consistentes en prolijos, alambicados argumentos en los que habían pretendido compendiar el resultado de todas las lecciones recibidas durante el curso. Cada argumento se sostenía en un rosario interminable de referencias a varios artículos del código civil.
A la semana siguiente, el profesor regresó con los exámenes ya corregidos. Dijo que casi todo el mundo había suspendido. Me llamó por mi nombre y señaló que era el único que había respondido lo que realmente correspondía. O se podía o no se podía realizar aquel embargo, no era preciso añadir nada más, ni mucho menos intentar demostrar con un argumentario repleto de circunloquios y retorcimientos leguleyos lo bien que se conocían todas las reglas de los procedimientos ejecutivos, aunque no vinieran al caso. Lo que se requería no era un alarde de erudición jurídica sino una simple cuestión de sentido común. Toda una provocación.
El expresidente Mariano Rajoy, durante una entrevista en El Debate
Aquel docente había querido alentar en los alumnos, a través de la aparentemente sencilla resolución de un problema casi matemático, el desarrollo de su propio pensamiento crítico, el saludable ejercicio de la imaginación frente a la memoria, justo lo que se supone que la universidad debería contribuir a desarrollar entre los estudiantes: sus capacidades intelectuales para dotarse de ideas propias en lugar de limitarlos a repetir como loros lo ya sabido (tan necesario para seguir construyendo), la audacia frente a la costumbre.
En estos días, un grupo de profesores universitarios de EE. UU. han contado en The Newyorker sus experiencias tras la llegada de la IA a las aulas. Como otras veces, en varios casos animaron a sus alumnos a desarrollar breves ensayos fuera del horario lectivo sobre asuntos propios de cada asignatura.
A la vuelta, cada vez con mayor asiduidad, los docentes comprobaron que los textos no parecían el resultado de las propias indagaciones de los chicos, sino un refrito cosecha de la maquinita, más o menos común a todos.
Los delataban varios rasgos comunes, sobre todo esa prosa funcionarial en la que no se aprecian indicios de la auténtica personalidad del autor. Todo destilado a partir de la elaboración de varios lugares comunes, ideas preconcebidas y ningún atisbo de riesgo según los criterios del pensamiento más en boga y una sintaxis correcta, pero sin verdadera alma.
Algunos de estos profesores han intentado regresar fugazmente a la Ítaca del lápiz y papel, promoviendo que a partir de ahora los ensayos se escriban durante el tiempo de la propia clase, sin abandonar el aula ni acceso a Chatgpt y sus primos. Intuyen que se trata de una batalla perdida, entre otras cosas, porque aseguran que, por lo menos en sus propios ejemplos, no cuentan con el respaldo de las autoridades académicas para las cuales el cliente siempre tiene la razón.
Callar y mirar hacia otro lado. Nada de protestas o inútiles sistemas de vigilancia que solo ponen puertas al campo. En la despiadada competencia por el despacho de títulos, no conviene establecer demasiadas trabas a quienes meramente se conforman hoy con obtener el salvoconducto hacia destinos que, en muchos casos, ya ni siquiera existirían. De eso se enterarán luego, pero mientras que pasen por caja y procedan a hacerse la foto con los complacidos pagadores, sus padres.
¿Y cómo ven esos mismos educadores consultados el futuro? Auguran la muerte del pensamiento. A la mayoría les quedan quizá diez años para jubilarse, por lo que se disponen a resistir mientras tanto y que sea lo que Dios quiera. Ellos ya no pertenecen a este mundo, sostienen melancólicos. Por fortuna para el bien común, seguramente aún existan excepciones en todos los bandos.
Gobernantes convertidos en adivinos
Frente al pesimismo con el que algunos profesores se enfrentan a los nuevos desafíos para el futuro, prospera otro tipo de inadvertidos adivinos que, cuales modernas Casandras, se disponen a lanzar sus previsibles lamentos al viento.
Los recientes médiums ejercen mayormente en el mundo de la política. Shakespeare ya lo sabía, y relató en Macbeth el trato frecuente de algunos de estos mandatarios con el inframundo de la brujería, por ajustar los pronósticos y conocer de manera anticipada su mismo destino.
En España, Fraga y Pujol tenían hasta a sus adivinadoras de cabecera y no les fue tan mal: lograron mantener el poder durante un tiempo estimable, sobre todo en el caso del honorable, aunque al final, la carta con los apaños familiares nunca llegara a desvelarse del todo con el suficiente tiempo para prevenir el desenlace mediante algún oportuno sortilegio.
Pero el gallego y el catalán se limitaban a consultar a las meigas, que todo lo saben, en lugar de convertirse ellos mismos en aprendices de brujo. Pertenecían a otra generación, que no dudaba en recurrir a lo que fuese para anticiparse a los hechos futuros mediante el uso de la información privilegiada, y poder así comparecer ante la muchedumbre como héroes visionarios. Al menos habían leído a los latinos.
Que la maga ha dicho que viene una crisis financiera, promovamos entonces el ahorro de las clases medias para que luego sean capaces de resistir mejor. Así, más tarde, podría afirmarse: qué listos, supieron ver los nubarrones antes de que llegaran a oscurecerse por completo los cielos.
Shakespeare y Cervantes
Los mandatarios de ahora, en cambio, en lugar de consultar con los hados para poder anticiparse mejor y actuar en consecuencia, adoptan hasta sus mismos ropajes. Los imitan y proceden como ellos. Sin ir más lejos, Pedro Sánchez y Moreno Bonilla, después de la tragedia de Almería, han advertido al unísono de que nos espera «un verano muy complicado».
Ya no se sirven de los augurios conocidos para proponer medidas que puedan remediar las próximas desventuras, sino que ellos mismos se erigen en portadores de los inapelables designios de un trágico destino que, veladamente, atribuyen a la voluntad de los dioses, en esta materia seguramente del dios Trump, negador del cambio climático.
Ante la próxima fatalidad solo queda someterse con resignación. Cualquier día propondrán algún sacrificio ritual como sus admirados aztecas.
Más que gobernantes son tertulianos. Opinan y se malician de lo tremendo que pueda llegar a acontecer, como si a ellos no les correspondiera anteponer el remedio. Como el hechicero de la tribu cumplen con la labor de promover sus vaticinios (algo extraño va a suceder, seguramente muy doloroso), cuando resultaron elegidos para prevenir, anticipar y combatir toda suerte de infortunios.