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El presidente del Grupo Vox en el Parlamento, Macario Valpuesta

Macario ValpuestaEuropa Press

El Debate de las Ideas

Macario Valpuesta: «Sin comprender el anticlericalismo no se entiende la historia de España»

Charlamos con Macario Valpuesta sobre su libro El anticlericalismo en España.

El subtítulo de tu libro dice así: «Cómo el odio a la Iglesia ha marcado la agenda del poder en nuestra historia». ¿Ha marcado tanto ese odio la historia de España durante los dos últimos siglos?

–Yo creo que es un factor clave, que explica muchísimas cosas y que, además, no se ha tratado bien en la historiografía oficial. Esto ha sucedido, en parte, porque la mayoría del gremio de historiadores participa de esos mismos prejuicios anticlericales. Y, para colmo, gran parte de los clérigos en los últimos tiempos ha admitido la procedencia de las críticas habituales procedentes del progresismo, dando por hecho que la Iglesia ha estado siempre aliada al poder, que ha sido un factor de retraso, de oposición al progreso y, en cierta medida, se ha merecido sus desgracias. Pero este fenómeno de odio y prejuicio, además de que ha llevado al derramamiento de mucha sangre, es una especie de suicidio espiritual de la sociedad española, porque se ha prescindido, de una manera traumática, del factor clave que nos cohesionaba como sociedad.

–La Iglesia sería aliada del poder… pero en el libro aparece un poder civil, cada vez más poderoso, empeñado en imponer su supremacía sobre la Iglesia.

–Efectivamente. Muchos de los enemigos de la Iglesia desde finales del XVIII son ateos, o al menos, abiertamente antirreligiosos. Pero tratan muchas veces de disimular su falta de fe, presentando el conflicto como una especie de rebelión de «la ciudad de los hombres» contra «la ciudad de Dios», estableciendo la primacía de la primera, en una especie de agustinismo invertido. De ahí deriva la idea de recluir a la Iglesia en el espacio de la conciencia, o como máximo en el interior de los templos. La Constitución de 1812, que es nominalmente católica, provocó un enfrentamiento brutal con la Iglesia, porque significó el intento del Estado de hacerse con las estructuras eclesiásticas, lo que se concretaba en la intromisión descarada de los políticos en el control de los seminarios, en los nombramientos de los obispos y en la censura, incluso, de las homilías.

–¿Qué impacto ha tenido el anticlericalismo sobre el sentimiento patriótico español?

–Un efecto mortal y directo. Cuando uno contempla la historia de España, se observa la vinculación tan íntima que se da entre las creencias religiosas y nuestra esencia nacional. Lo que pasa es que ese fenómeno tan evidente es hoy denostado como «nacional-catolicismo», que aparece como una cosa espantosa e impresentable. Pero ya lo dijo Menéndez Pelayo de una manera profética: nuestra unidad es la unidad católica, no tenemos otra. El día que España la pierda, volveremos a los arévacos y a los vacceos, al tribalismo… Que es efectivamente donde estamos hoy.

Evidentemente, esta labor de descrédito no se ha hecho de golpe, sino por fases. Primero hay una etapa de intento de control de la Iglesia por parte del Estado, luego hay una fase de zapa de las bases sociales e ideológicas de la Iglesia, de ridiculización de los curas en revistas anticlericales donde se iba sembrando odio a través de la sorna y el desprecio, y luego tenemos el espectáculo dantesco de la Guerra Civil, donde ya se puede hablar de persecución abierta. Pero el componente religioso es esencial en ese conflicto. En realidad, lo que unía a los españoles de un bando era sencillamente la defensa de la religión de sus padres; lo demás era secundario.

–¿Tuvo la Iglesia alguna responsabilidad en la aparición del anticlericalismo?

–Yo estoy convencido de que la Iglesia española en los últimos siglos ha sido bastante torpe y ha dejado mucho que desear. Los defectos de la Iglesia son variadísimos y no acabaríamos nunca si los tuviéramos que detallar. Nada que nos sorprenda porque sabemos que la Iglesia es santa, pero está formada por pecadores. Por ejemplo, en el siglo XVIII buena parte de los obispos son ilustrados en el peor sentido del término, algunos son bastante frívolos y están imbuidos en las ideas y las costumbres de su tiempo. Por ejemplo, los arzobispos de Sevilla de la época de Olavide y buena parte del clero están encantados con él a pesar de que este está intentando cargarse la Semana Santa.

Sin embargo, el hecho de reconocer que la Iglesia ha cometido errores y no es perfecta no puede servir de justificación para las barrabasadas que se cometieron contra ella. En caso contrario, llegaríamos a la absurda conclusión de que los revolucionarios lo que deseaban era una Iglesia perfecta y pura, y que estaban indignados contra esos obispos que eran tan poco cristianos. Creo que eso es un verdadero disparate, que viene a justificar las «razones del odio».

Salvando las distancias, es como decir, por ejemplo, que los judíos de los años 30 en Alemania merecían algún castigo porque realmente no constituían una sociedad perfecta. Entre los judíos centroeuropeos de los años 30 había de todo: los había marxistas y revolucionarios y los había capitalistas especuladores, ávidos de ganar dinero. Unos eran apátridas burgueses, de ideas disolventes y descreídos, y otros eran pobres diablos, aferrados a sus tradiciones religiosas e ignorantes de todo lo demás. Pero está claro que esas «imperfecciones humanas» y otras muchas que podríamos añadir no pueden justificar lo que les vino encima.

En caso contrario, entraríamos en la dinámica de esa terrible frase que hemos oído en otros contextos: «Algo habrían hecho».

–¿Funciona el anticlericalismo como un mecanismo de chivo expiatorio para endosar las culpas a otro?

–Yo creo que sí. Ya pasaba en la Antigüedad, cuando los cristianos eran conducidos muchas veces al suplicio porque había que echarle la culpa a alguien de las desgracias públicas: incendios, terremotos, inundaciones, sequías... El primero que lo hizo fue Nerón, que según Tácito condenó a los cristianos por el incendio de Roma. Como estudió Girard, la mentalidad humana, de forma un tanto primaria, tiende a buscar un culpable cuando se produce una calamidad, o al menos consuela saber que alguien va a pagar el pato

Si nos centramos en la época anticlerical, el chivo expiatorio estaba constituido al principio, sobre todo, por los miembros de las órdenes religiosas, con especial inquina contra la Compañía de Jesús. Luego, este odio se extiende hacia los obispos, el sacerdocio secular y finalmente ya hacia todos los católicos practicantes. En estas dinámicas hay un componente irracional absolutamente pagano que indica también una sociedad bastante descristianizada, en las que renacen estas tendencias oscuras.

–¿Cómo cambia el panorama en España con la llegada del Despotismo Ilustrado?

–La época de la Ilustración es un momento en que se ponen en tela de juicio las tradiciones y hay que decir que tiene mucho de positiva, ya que en los últimos tiempos del Barroco hay un exceso de credulidad y milagrería muy criticado, por ejemplo, por los Padres Feijoo, Isla y Flórez. La Ilustración española es, en general, bastante sensata y constructiva.

Pero hay que decir también que es una época muy hipócrita, en la que los odiadores de la Iglesia y del cristianismo se revisten de reformadores que quieren solo purificar las estructuras eclesiásticas supuestamente para hacerlas más fuertes. De hecho, Aranda y gran parte de los ministros ilustrados son bastante irreligiosos, pero disimulan y presentan sus medidas como encaminadas a fortalecer el cristianismo patrio.

Yo creo que la clave está en la expulsión de los jesuitas y posterior extinción de la orden, que fue un tiro que España y la Iglesia se pegaron en el pie, porque los jesuitas llevaban el peso de las misiones y formaban, al mismo tiempo, la vanguardia intelectual de la Iglesia en todos los lugares de frontera. Ahí se pone la semilla del mal, porque la Iglesia se desarma intelectualmente y queda flotando en el ambiente la idea infundada de que el progreso consiste en eliminar desde el poder este tipo de instituciones clericales, que eran obstáculos para nuestro desarrollo. En Sevilla, incluso Olavide reconoce que la ciudad se quedó prácticamente sin centros de enseñanza durante veinte o treinta años, en el momento que más lo necesitábamos, cuando se estaban difundiendo las ideas volterianas y librepensadoras.

–Los efectos de la expulsión de los jesuitas fueron especialmente perniciosos en América.

En América la expulsión supuso la primera piedra para la independencia, porque fue tremendamente impopular e incomprendida. Además, la medida se tomó con un autoritarismo absolutamente desmedido. Así lo hizo el virrey de México, marqués de La Croix, quien, con un despotismo que hoy nos parece del todo ridículo, declaró: «De una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno». Tanta arbitrariedad tan insolentemente expresada sirvió de forma paradójica para fomentar la rebeldía.

Por eso, insistimos en que los jesuitas seguramente no eran perfectos, pero la medida fue impactante y traumática. ¿Cómo un rey que presumía de católico los pudo tratar como delincuentes y casi peor que a los delincuentes? Y sin decir siquiera cuál era el motivo de la expulsión, porque eso nunca se publicó. La medida despertó perplejidad y resentimiento y una actitud de desapego a la Corona. Luego aparecerán varios de esos expulsos, secularizados, que darán los primeros vagidos de la independencia (Viscardo, Clavijero…).

–¿Qué papel jugó la masonería en el avance del anticlericalismo?

–Sin duda tuvo un papel importante, aunque en mi libro no profundizo en esa cuestión. Quizás habría que hablar mejor de «masonerías». La de inspiración anglosajona trabajaba básicamente para el Imperio británico, por lo cual no les interesaba mucho que España prosperara, incluyendo en ellos sus reinos de ultramar. Y de todos es sabido que las naciones hispanoamericanas nacieron endeudadas y vasallas de un Imperio británico que tenía fuertes conexiones (y corrupciones) con los Emancipadores.

Y luego estaba la masonería francesa, que era muy anticlerical y anticatólica desde antes de la Revolución francesa. Esta parece haber venido a España con las tropas napoleónicas en 1808.

Lo que tenemos muy claro es que cuando la masonería ha tenido un papel protagonista en la historia de España, nos ha ido muy mal como nación. Pasó en la época de Riego, en el Sexenio Revolucionario, en las Cortes de la Segunda República… En Hispanoamérica ocurre algo muy parecido.

–Te detienes en tu libro en el tema de la desamortización, ¿fue realmente tan terrible su impacto?

–Desde el punto de vista espiritual el daño fue espantoso, porque supuso un descrédito total de la autoridad tradicional representada por el párroco y el fraile. Desde el punto de vista social y económico desarmó un sistema que funcionaba, aunque de forma desigual, sin que nada viniera a sustituirlo. Se presentó como necesaria para dinamizar la economía, pero la verdad es que España no dio el salto esperado. Al contrario, la medida consolidó las ideas fisiócratas, que eran bastante anticuadas (quizás por el prestigio de Jovellanos), según las cuales la principal fuente de riqueza para un país es la agricultura. En esa se quedaron nuestros progresistas. Incluso en el actual himno de Andalucía se nos dice que los andaluces tenemos que pedir «tierra y libertad», como si el problema de nuestro subdesarrollo se fuera a solucionar con la reforma agraria. En el siglo XIX lo que España necesitaba era una revolución industrial, como la estaban teniendo otros países más punteros, pero eso no fue posible debido a una inestabilidad política que no llegó hasta la segunda mitad del siglo. En síntesis, la desamortización desmanteló espiritual y moralmente a España y no le dio el impulso que necesitaba para su desarrollo económico.

Desde el punto de vista patrimonial aquello fue una absoluta salvajada. Que se añade a la destrucción provocada por la invasión francesa y por los estragos de la I Guerra Carlista. La desamortización supuso derribo de iglesias, expolio de cuadros, destrozo de obras de arte, dispersión de bibliotecas, cierre de las pocas escuelas monacales que aún quedaban… Y luego está la gran obra social de la Iglesia, que quedó totalmente desmantelada en una época en la que el Estado era incapaz de ocuparse de ella: los asilos, los orfanatos, los hospitales… todo se borró de un plumazo para engordar a una burguesía terrateniente y absentista que, en el siglo XIX, no estaba en condiciones de tirar del carro de la economía española.

–¿Cómo se explica que, en el siglo XIX, un siglo de fuertes persecuciones, se fundaran tantas congregaciones religiosas?

–Es una paradoja que refleja que la vida oficial iba por un lado y el pueblo cristiano por otro. Este pueblo español todavía conservaba una potencia religiosa verdaderamente asombrosa. Algo similar ocurrió también en Francia, un país muy descristianizado, con una élite muy agresiva contra la Iglesia, que sin embargo asiste a muchas fundaciones de órdenes religiosas y donde también surge un movimiento laico muy fuerte, especialmente potente en las zonas rurales. La descristianización afecta sobre todo a sectores burgueses muy dinámicos y al proletariado urbano de algunas zonas más industrializadas. Pero también en las ciudades aparece un laicado cada vez más consciente y activo.

Eso se verá en España durante la Restauración, cuando se hacen congresos de laicos católicos que son verdaderamente masivos, y hay expresiones de fe muy potentes. Podríamos hablar de ciertos paralelismos con lo que sucede ahora, donde a pesar de tanta secularización, el Rocío por ejemplo recibe un millón de visitantes cada año; o la última visita del Papa, que ha suscitado verdaderos movimientos de masas en las zonas que ha visitado. Alguno pensará que son formas light de catolicismo, pero nuestros obispos siguen teniendo aún un poder de convocatoria sorprendente, que yo creo que no se toman en serio ni ellos mismos.

–¿Será que aquello de que España ha dejado de ser católica aún no se ha conseguido del todo?

–Yo creo que el proceso de secularización continúa avanzando: disminuye la práctica sacramental, el número de sacerdotes, la influencia de los mensajes de los pastores… Pero lo cierto es que todavía no han conseguido borrar la fe del pueblo español, y eso que ahora tienen una cantidad de herramientas descristianizadoras mucho más poderosas que antaño, como son el cine y los medios audiovisuales, mientras que antes solo tenían los grabados satíricos y las novelillas blasfemas. Incluso ahora se habla de que se está produciendo una especie de revival de un catolicismo cultural, tal vez como elemento identitario, en un mundo cada vez más globalista; o tal vez por los excesos de las ideologías woke.

Cuando yo era joven, era frecuente oír la frase «Yo creo en Dios, pero no creo en los curas». Y ahora cada vez más se oye más lo que podríamos formular de manera contraria: «Yo no creo en Dios, pero a mí me encantan los curas», en el sentido de que mucha gente que no tiene fe se adhiere a nuestra tradición cultural «católica» que nos transmitieron nuestros padres y abuelos, como forma de resistencia frente a fenómenos nuevos como la inmigración masiva en nuestras ciudades y la disolución de las formas de vida familiares y tradicionales.

–¿Qué aporta la aparición de los nuevos movimientos obreristas en el último tercio del siglo XIX a la corriente anticlerical?

–El movimiento obrero en España fue especialmente agresivo contra la Iglesia y contra las ideas religiosas, sin que ello supusiera ningún tipo de freno para el antiguo anticlericalismo burgués y «liberal». Más bien al contrario: este se exacerbó aún más de lo que ya lo estaba. De hecho, la tirria a los curas era el principal factor que unía a todas las izquierdas a finales del XIX y hasta los años treinta del siglo XX.

El marxismo considera que, en la lucha de clases, la Iglesia ha tomado partido por la parte opresora, por lo cual merece ser combatida sin tregua a pesar de que la religión en teoría es un simple «opio del pueblo» que no revestía especial gravedad, ya que desaparecería espontáneamente cuando llegara el socialismo. Y, por su parte, el anarquismo en España ha sido especialmente brutal, ya que sus ideas contrarias a toda forma de autoridad («Ni Dios ni amo») justificaban la violencia terrorista sistemática, como lo demuestra, por ejemplo, la bomba lanzada contra la procesión del Corpus de Barcelona en 1896.

–Escribes que la influencia de Krause en España es bastante inexplicable. ¿Has encontrado alguna pista sobre por qué nos entusiasmamos tanto con un autor de segunda o incluso de tercera fila?

–La verdad es que es un caso un tanto misterioso. Quizás se debiera a que el krausismo fomentaba una serie de valores que parecían atractivos en una sociedad en la que el cristianismo estaba perdiendo credibilidad: austeridad, sencillez, pureza de intenciones, sabiduría profunda, ganas de modernizar y europeizar España. Los krausistas cultivaban su aspecto un tanto desaliñado de santos laicos o filósofos estoicos, que huían de la ostentación y el oropel, al menos de forma aparente. Su filosofía moral era un tanto buenista, aunque luego fueran tan dogmáticos, intolerantes e interesados como sus rivales en las cátedras universitarias que pretendían ocupar.

–¿Fue la Segunda República anticlerical y anticristiana desde el principio o se estropeó más adelante?

–Yo creo que lo fue desde el principio, a pesar de que en un primer momento apareció una derecha republicana, formada por exmonárquicos oportunistas que se daban cuenta de que los tiempos habían cambiado y quisieron apuntarse al carro. Pero esa derecha republicana no ejerció ningún papel de contrapeso. Al contrario, Don Niceto Alcalá Zamora fue el tonto útil de la República para los intereses de la izquierda anticlerical. Cuando uno lee sus memorias, aparece con claridad que Don Niceto es un hombre de gran capacidad e inteligencia, pero con un enorme ego, que le hace ser tremendamente fatuo y vulnerable por su vanidad. Su actuación en la vida política de la República es la de un simplón absoluto, incapaz de ver lo que está pasando: que la izquierda quiere descatolizar España y monopolizar el poder incluso, cuando perdía las elecciones. Y eso que no cabe duda de su buena voluntad y de su fe sincera. Algo parecido cabría decir de personajes como Santiago Alba o Miguel Maura. Siempre ha sido una tendencia muy frecuente de la derecha de todos los tiempos querer pasar por ser muy «modernitos», sin darse cuenta de que hay líneas rojas que no se pueden traspasar.

Pero es el mismo Azaña quien viene a reconocer que su política anticlerical era abiertamente intolerante e impositiva, considerando que esa intolerancia era inevitable para conseguir un bien mayor: el de acabar de separar de forma total la Iglesia y el Estado, aunque fuera contra la voluntad de los ciudadanos. Su argumento es que con la Iglesia había que hacer una excepción en sus principios de tolerancia y libertad. Para ello se sirvió de los odios acumulados por las fuerzas obreristas y jacobinas en su afán de realizar «una vasta empresa de demoliciones».

Pero que la República nació anticlerical se ve en la quema de conventos, que se produjo menos de un mes después de su proclamación, en la permisividad que las rodeó y en las medidas antieclesiales que se tomaron desde la misma Constitución, y aun antes, como la expulsión de obispos (Segura, Múgica).

Un aspecto curioso y poco estudiado del anticlericalismo histórico español se centra en los ataques contra las hermandades y contra la religiosidad popular española y andaluza, en particular. Creo que ahí hay mucho que investigar.

–¿Aquí no se puede decir que la Iglesia estuviera con los poderosos, sino más bien con la religiosidad de la gente sencilla?

–Efectivamente. Además de la rabia contra las personas, algunas de ellas de condición social muy humilde (como el gitano Ceferino Giménez, el Pelé, fusilado por rezar el rosario), está la fobia contra las estampas religiosas, los crucifijos, los misales, la hornacinas con imágenes de vírgenes y santos… incluso contra expresiones orales populares, por no referirnos a los templos y el arte sacro.

Pero es curioso además observar cómo los desmanes anticlericales no los solían cometer los milicianos locales contra las iglesias de su pueblo, sino con los del pueblo de al lado. Aquí habría muchísimo que matizar, con muchas curiosas incongruencias.

–¿Qué supuso en aquel contexto la Revolución de Octubre?

–La Revolución de Octubre es la muestra patente de que, desde el principio, la Iglesia estaba ya condenada, como una enemiga frontal que los revolucionarios entendieron que debían eliminar físicamente. Las fuerzas sublevadas plantearon su insurrección al estilo de la Revolución soviética, con un ejército rojo formado por proletarios en armas. En su perspectiva, puesto que habían perdido las elecciones de 1933 y la derecha fascista o semifascista (aunque eso nunca se demostró) estaba a punto de alcanzar el poder, ellos decidieron anticiparse dando un golpe de Estado. Pero lo cierto es que todo clérigo que cayó en las manos de los revolucionarios fue fusilado; y todo templo que pudieron controlar fue saqueado e incendiado.

Por cierto, estoy convencido de que, como señaló Salvador de Madariaga, el Partido Socialista Obrero Español, con su actitud golpista, perdió aquí toda legitimidad para después condenar el alzamiento del 18 de julio. Para colmo, el mismo partido ha tenido la desvergüenza de acotar un espacio de tiempo muy interesado para sus leyes de «memoria histórica», haciéndolo de forma arbitraria y ventajista. En muchos sentidos se puede decir que la Guerra Civil comenzó en 1934, o por lo menos fue un ensayo general de la misma, que demostró el afán de la izquierda por exterminar físicamente a la Iglesia.

–Citas al politólogo Guy Hermet que sostiene que la guerra civil fue la última guerra de religión de Europa. ¿Compartes esa opinión?

–Sí con matices, y con permiso de lo que pasó en Irlanda del Norte. Aunque hay que aclarar que más que una guerra religiosa, aquello fue más bien una guerra antirreligiosa, en la que el motor del odio no era el «furor theologicus», sino más bien un «furor satanicus» en contra de la religión mayoritaria de los españoles. En este sentido, entiendo que el bando nacional se limitó básicamente a defenderse, aunque es evidente que también cometió desmanes y excesos. La frase que pronunció Gil Robles, de que «media nación no se resigna a morir», resulta de lo más significativo y sintomático de lo que fue la causa última del conflicto. El componente religioso fue esencial y en ese sentido se habló de Cruzada.

Hay quien quiere presentar la guerra civil en el molde marxista, como una «guerra de clases», de ricos contra pobres, pero esto no se sostiene sencillamente atendiendo al origen familiar de los sacerdotes fusilados, la mayoría gente muy sencilla. Aquello fue una guerra antirreligiosa, en la que la agresión vino por parte de los partidos anticlericales, incluidos los partidos burgueses, que incluso llegaron a tener sus propias checas.

Muchos historiadores presentan hoy una versión dulcificada de los acontecimientos, entendiendo que los partidos obreros estaban totalmente desmadrados al principio en unos momentos de exaltación revolucionaria, pero que había una izquierda sensata y moderada que no estuvo en condiciones de reconducir el orden público sino hasta finales de 1936. Pero desgraciadamente eso no fue así; el cese de las matanzas anticlericales se debió al exterminio aparente de toda muestra de catolicidad en territorio controlado por el bando gubernamental. Y las muestras de disciplina y control público que efectivamente empezó en la España Roja desde la caída del Gobierno de Giral, no se debieron a los partidos republicanos moderados, sino a la acción paulatina del Partido Comunista controlado por Stalin. Esa es la triste realidad.

–¿Fue la persecución religiosa durante la guerra algo descontrolado o se había planificado a conciencia?

–Está claro que fue si no «planificada», sí promovida e instigada. Hay hechos objetivos que demuestran que las autoridades republicanas respaldaban la persecución, como el fusilamiento del obispo de Teruel, Don Anselmo Polanco, que se produce en 1939, cuando ya tenían perdida la guerra. Además, hay muchísimas declaraciones de políticos de la época, orgullosísimos de la labor de exterminio que han realizado. Es verdad que luego, en sus memorias, algunos de ellos (Carrillo, Martínez Barrios…) deploran los crímenes y vandalismos anticlericales, aduciendo que no pudieron frenarlos. Pero, como digo, no solo no movieron un dedo para hacerlo, es que son abundantísimas las declaraciones de políticos del momento encantados con esta labor de destrucción.

–Sostienes que parecía que en España por fin se había superado el anticlericalismo. ¿Cómo explicas el resurgimiento de estos mecanismos en el siglo XXI?

–Si miramos las Escrituras, Jesucristo predice que los cristianos van a ser perseguidos por su fe como lo fue el mismo Señor. Hay aquí un «misterio de iniquidad» actuando desde el mismo origen del cristianismo, pero que parece especialmente reactivado por las ideologías emancipatorias surgidas a partir del siglo XVIII.

Y centrándonos un poco en criterios más humanos, ya hemos visto cómo la gente vulgar necesita a menudo encontrar un «caper emissarius», una víctima a la que poder culpar de sus problemas. Especialmente cuando alguien interesado, en nombre de la cultura y el progreso, le facilita una respuesta fácil de a quién deben responsabilizar de sus desgracias.

Los que tenemos cierta edad recordamos cómo la Iglesia postconciliar fue un factor muy importante en la democratización de nuestro país y la llegada de la democracia, cuando los obreros se encerraban en catedrales e iglesias para exigir sus reivindicaciones; y en los púlpitos se oían soflamas contra la dictadura. Yo recuerdo textos del Partido Comunista y de otras formaciones situadas incluso a su izquierda que hablaban con respeto de las declaraciones del Papa y de los obispos. Con lo cual el anticlericalismo empezó a sonar como cosa de otros tiempos.

Por eso sorprende ahora el rebrote de esta ideología del odio -ellos que tanto hablan de «discursos de odio»-, de la mano del feminismo radical y de otros movimientos de izquierda. Ahora se ve a gente muy joven y muy anticatólica que no ha podido tener malas experiencias con la Iglesia, porque apenas han pisado un templo y no han estado en instituciones eclesiales, por lo que no han podido interactuar con ningún sacerdote. Los que estudiamos en colegios de curas si tuvimos oportunidad de tener algún desencuentro con ellos: una confesión atosigante, una reprimenda excesiva, un comentario hiriente, por no hablar de cosas peores… Tantas cosas por las que todavía hay gente que se queja, algunos con razón. Pero oyendo la letra de algunas canciones de grupos de rock de chavales jovencísimos, uno se pregunta: ¿Cómo es posible que ahora salgan con ese resentimiento? Yo creo que es porque se sembrado ese odio de forma artificial e inducida. Insisto, los mismos que después aparecen escandalizados hablando de «delitos de odio».

–¿Qué papel juega en este clima anticatólico la ofensiva contra la Basílica del Valle de los Caídos?

–El Valle representa un papel simbólico pero muy importante. Las izquierdas han creado un mito a base de mentiras, como si aquello hubiera sido un lugar de torturas masivas o un campo de concentración, que demostraría el afán humillante y opresor del régimen franquista. Poco importa la realidad documentada que nos dice que las condiciones laborales y la redención de penas por el trabajo que comportaban aquellas obras hicieron que fuera casi una bicoca trabajar allí. Por supuesto en los parámetros laborales y carcelarios propios de la época, pero con una situación de ventaja respecto a otras realidades del contexto.

Aparte de eso, la realidad es que el fin propuesto por los constructores de aquella obra -la reconciliación de los españoles de ambos bandos sepultados sin distinciones bajo el símbolo de la cruz- es un concepto que nuestra izquierda rencorosa no puede admitir bajo ningún concepto. Lo que da pena es comprobar cómo nuestras autoridades religiosas parece que creen que pueden capear el temporal cediendo poco a poco a lo que les van planteando, en la idea de que algo de razón tienen los que quieren «resignificar» el conjunto.

Probablemente, los miembros de la Conferencia Episcopal entienden que la Iglesia no puede poner en riesgo algunas ventajas que tiene en el régimen actual (conciertos económicos y sanitarios, financiación a través del IRPF, sistema fiscal, medios de comunicación propios…) y que lo mejor es llevarse bien en temas que ellos entienden que son secundarios. Pero todos sabemos o deberíamos saber que hay asuntos simbólicos que tenemos que defender y ante los cuales uno debe plantarse. El Valle es uno de ellos.

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