Fundado en 1910
Entre el asfalto y la catedral

Entre el asfalto y la catedralRealizado con IA

El Debate de las Ideas

Apuntes para un manifiesto reaccionario

Mi amigo Paco, que en su día me recomendó volver al Arcipreste de Hita para recobrar la salud, me receta ahora los Cuentos de Chaucer. En vena, a ser posible. Siente la obligación de intervenir siempre que recaigo en los vértigos existenciales del sujeto moderno. Sostiene que las grietas del alma son un sarpullido que cuanto más se rascan tanto más empeoran, así que, cada vez que me ve borrascoso, asomado a mis propias entretelas, me manda a la Baja Edad Media como mandaban a los tuberculosos a los sanatorios alpinos. Le obedezco, aunque con un punto de negligencia. Antes de llegar propiamente a Chaucer, he decidido leer la biografía que le dedicó Chesterton y el estudio introductorio de la edición de Cátedra, firmado por el doctor Pedro Guardia Massó. La distancia condescendiente de los prolegómenos críticos mermará el efecto terapéutico del poeta medieval; me consta, pero qué se le va a hacer: uno tampoco se cura de sus filologías de la noche a la mañana.

Tanto el origen común de los males como la similitud entre los tratamientos apuntan hacia una doble evidencia: la primera, que la contemporaneidad es enfermiza; la segunda, que el remedio se halla entre los siglos XI y XV de lo que fuera la Cristiandad. Allí está la sanación. Aquí, la enfermedad. Estoy de acuerdo. Y como lo que quiero para mí lo quiero para mis semejantes, debería difundir esta noticia a través de un manifiesto, uno reaccionario. Sin embargo, la empresa es ardua por muchos motivos.

El primer escollo lo encontramos en casa, entre los reaccionarios de toda la vida. Acostumbrados a que nadie les eche cuenta, se han macerado y reconcentrado hasta ganar unos escrúpulos doctrinales que les permiten hacer la taxonomía de un cabello. No son gente dada a las concesiones, de modo que se lanzarán contra el texto con la fiereza de quien no tiene nada que perder, porque, en efecto, no tienen nada que perder. Podría escribirlo en verso para que sea más escurridizo. Pero ni por esas. Desplegarán todo su repertorio de refunfuños, que es amplio y lleno de matices. No, con los reaccionarios no se puede contar.

El siguiente obstáculo se encuentra en el extremo opuesto, entre los progresistas, que engrosan la holgada mayoría de la sociedad. Quizá les seduzca la idea de proyecto que subyace a cualquier escrito de estas características, pero arrugarán la nariz en cuanto descubran que se les propone un salto mortal hacia atrás, muy atrás, hasta el siglo XIII por ejemplo. Aunque cabe la posibilidad de que ni siquiera reaccione su sentido arácnido porque la idea les resulte, directamente, inconcebible. ¿Quién en su sano juicio iba a preferir el pasado al presente, con la democracia liberal, los electrodomésticos, los antibióticos, la emancipación de la mujer y la inminente apoteosis de la Inteligencia Artificial? Habrá que hacerles creer que el retroceso, bien mirado, es un avance. Se trata incluso de una propuesta disruptiva, digna de un CEO. Hasta tenerlos en el bote, dejaremos a santo Tomás de Aquino, pobre, guardado en el armario. Podrá recurrirse a Eugenio d’Ors: «Toda revolución constituye, a su vez, una reacción y contiene en sí la invocación de un precedente». Y si los protestantes reivindicaron a los primeros cristianos y la Revolución francesa a la República romana, nosotros haremos lo propio con el Medievo. ¿Por qué no?

La época, por supuesto, será presentada con sus mejores galas; al fin y al cabo, como escribió Gómez Dávila, fueron aquellos los únicos siglos en que la humanidad no se malgastó. Emplearemos los tonos más oscuros de nuestra paleta para retratar el mundo moderno, ya que todo manifiesto se escribe también contra algo. Frente a la dispersión y el sinsentido de la actualidad, las bondades del teocentrismo. Frente a la desorientación del sujeto contemporáneo, el homo viator, la existencia como peregrinaje. Puede que el mundo de hoy sea más complejo que el de entonces, pero también menos dramático, pues la vida ya no está entrelazada con la eternidad ni atraída por ella. Se vive y basta. Nos gastamos como las pilas para acabar convertidos básicamente en un problema de reciclaje. Pilas que, gracias a los avances de la técnica, duran mucho más, eso hay que reconocerlo. Mayor esperanza de vida para vidas desesperanzadas. Morir tardísimo, pero morir para siempre. Vidas largas, inútiles y compulsivas como la del conejito de Duracell, que tocaba y tocaba su tambor sin acompañar melodía ninguna.

La enfermedad todavía tiene cura, aunque no por mucho tiempo, diremos para animar a la acción. Urge recuperar la lozanía de los medievales, lo diáfano de su psique. Habla de ello Jean Leclercq, a quien se citará o no dependiendo de lo pedante que esté quedando el manifiesto. El francés ve muestras de esa salud en el «primitivismo letrado» de figuras como san Bernardo, que podía mostrarse afectuoso o severo según las circunstancias, pero siempre de manera directa y absoluta. También refiere el ejemplo de los cruzados, que cometían durante la mañana brutalidades sobrecogedoras para arrepentirse por la tarde con corazón sincero. Eran inconstantes, desde luego, pero no ambiguos. El hombre podía variar a lo largo de la jornada sin convertirse por ello en un enigma irresoluble. Abogaremos, en consecuencia, por restaurar la simplicidad, así como el diagnóstico mediante el uso de palabras no enajenadoras, tales como vicio o virtud. Donde la psicología nos enmarañó, donde Freud habló del ello, el yo y el superyó, nosotros recuperaremos la naturaleza, el pecado y la gracia. Nos reconciliaremos con lo que somos, con lo que siempre fuimos. Ni neuróticos ni histéricos ni psicóticos. Simple y llanamente, pecadores todos, la mayoría redomados.

Con lo anterior quedarían sentadas las bases de nuestro manifiesto. Tiene sus grietas, lo admito, y tal vez la más preocupante sea que no transmite la sensación de que yo mismo me lo crea del todo. El problema no es el humor; el problema es la ironía. Basta leer los párrafos anteriores para sospechar de mi compromiso, y no tanto por falta de arrojo como por falta de fe. Se han sucedido las líneas de chiste en chiste como de oca en oca. He perseguido imágenes con la ligereza de quien no carga con ninguna convicción. Esteticismo. Medievalismo kitsch. El mismo hecho de publicar los apuntes de un manifiesto que, en realidad, no tengo intención de escribir, ¿no es moderno o, peor aún, posmoderno? No hay remedio: tengo la cabeza ahormada por el siglo, mal que me pese, si es que en el fondo me pesa. Esto no lo solucionan Los cuentos de Canterbury, aunque igual los leeré porque, según aseguran Paco y la crítica universal, no es mala literatura. Pero la inocencia se pierde de una vez por todas, y si alguna pureza cabe esperar a estas alturas, no será la antigua, sino una nueva, segunda, graciosa e inmerecida como la de María Magdalena.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas