La Sala 012 del Museo del Prado alberga algunas de las más importantes obras de Velázquez, como 'Las Meninas'
Un neurocientífico se cuela en el Museo del Prado para explicar los secretos de los grandes maestros
El neurocientífico Fernando Giráldez explica en su libro Un neurocientífico en el Museo del Prado el secreto detrás de las grandes obras maestras de la histórica del arte y por qué cautivan a la humanidad
El misterio del arte puede resumirse en unas pocas preguntas: ¿Cómo es posible que una pintura nos conmueva con la intensidad de una experiencia real? ¿Qué secretos se esconden tras las imágenes inmóviles que, sin embargo, parecen vibrar ante nuestros ojos?
Estas son algunas de las cuestiones que se plantea Fernando Giráldez, catedrático emérito de Fisiología, en su obra Un neurocientífico en el Museo del Prado (Paidós), donde el arte y la ciencia se dan la mano para desentrañar el misterio de la percepción estética.
En su libro, informa Efe, Giráldez expone con claridad cómo maestros como Tiziano, Velázquez o Leonardo da Vinci poseían un conocimiento intuitivo –aunque no científico– del modo en que el ojo humano y el cerebro procesan la realidad visual.
Esta intuición, según explica en declaraciones a Efe, les permitió manipular nuestra percepción para lograr que sus obras resultaran extraordinariamente vivas, convincentes y emocionalmente poderosas.
Cubierta de 'Un neurocientífico en el Museo del Prado'
El punto de partida de su investigación fue una sencilla pero reveladora pregunta: ¿por qué hay cuadros que transmiten movimiento, mientras que otros permanecen estáticos?
La respuesta, afirma, se encuentra en las claves neurológicas que subyacen al acto de mirar. Durante años, su trabajo se ha centrado en el funcionamiento de los órganos sensoriales, y su formación en neurociencia le ha permitido analizar con una mirada distinta las obras maestras de la historia del arte.
Un ejemplo que desarrolla con especial detalle es Las Meninas, de Velázquez. «Cuando te pones delante de Las Meninas ves una sala con personas y, si te acercas, ves que no hay más que borrones; ¿cómo pueden unos borrones generar la ilusión de un espacio tridimensional?», se pregunta.
La respuesta, afirma, es que los grandes pintores aprendieron a reproducir el mundo de forma «accesible, creíble y convincente», adaptándose a cómo realmente vemos.
Esa capacidad para generar lo imposible –la sensación de profundidad, volumen o movimiento sobre un lienzo plano– exige, según el autor, una auténtica «ingeniería perceptiva».
De ahí que califique a estos genios como «neurocientíficos intuitivos», porque, aunque desconocían las bases científicas de la percepción visual, fueron capaces de deducirlas y aplicarlas con una precisión asombrosa.
La sonrisa de la Mona Lisa se convierte en otro de los ejemplos más ilustrativos. Giráldez explica que Leonardo aprovechó las limitaciones del ojo humano para crear el célebre enigma de la expresión de la Gioconda.
«Tenemos una retina con una alta precisión sólo en el 2 %, el resto queda fuera de foco», detalla. Por eso, cuando miramos a los ojos del retrato, la boca, situada en la periferia de la visión, se difumina y parece esbozar una sonrisa. Pero si volvemos a centrar la mirada en la boca, la expresión se deshace, volviéndose estática. Así, Da Vinci «está jugando con tu mirada».
Esa técnica encuentra su máxima expresión en el sfumato, un recurso pictórico que difumina los contornos y confunde al espectador, que no sabe si lo que ve es parte del rostro, del manto o del fondo.
Este efecto reproduce, con fidelidad asombrosa, el modo en que vemos en la vida real, donde los límites entre figuras y entorno no son tan definidos como en un dibujo lineal.
A lo largo del libro, Giráldez ofrece una explicación accesible y apasionante de cómo nuestro cerebro procesa factores como la profundidad, la luz, los colores o la perspectiva, y cómo los artistas han sabido aprovechar estos mecanismos para generar emociones, ilusión de espacio y dinamismo.
Ejemplos extraídos de obras de El Bosco, Sorolla o Tiziano acompañan sus análisis y muestran cómo cada uno desarrolló, a su manera, una verdadera «ingeniería inversa de la percepción visual».
Un neurocientífico en el Museo del Prado está concebido, según el propio autor, para un público amplio. Aunque puede interesar especialmente a los amantes del arte y a los científicos fascinados por el vínculo entre ciencia y estética, «yo creo que este libro, a todo el que haya hecho un buen bachillerato, le tiene que encantar», concluye Giráldez.
Una invitación a mirar los cuadros con otros ojos –los del conocimiento– y a descubrir que, detrás de cada obra maestra, hay también una lección de neurociencia.