La Tertulia del café de Pombo, de Gutiérrez-Solana
Las intrigantes referencias de 'La tertulia del Café de Pombo' con Gómez de la Serna de protagonista
José Gutiérrez-Solana concibió una obra que todavía hoy sigue generando debates y estudios
El pintor expresionista José Gutiérrez-Solana es uno de los más rocambolescos, extraordinarios y sorprendentes de los artistas españoles de la primera mitad del siglo XX.
En una España por la que pululaban los Valle-Inclán, los Ignacio Sánchez Mejías y los Ramón Gómez de la Serna, no es de extrañar la España retratada en los oscuros cuadros de Gutiérrez-Solana.
Por sus cuadros sórdidos y tremendistas –que beben directamente de las fuentes de la Quinta del Sordo y las pinturas negras de Goya–, reflejan esa España negra llena de muecas y máscaras grotescas.
Precisamente Ramón Gómez de la Serna es el protagonista absoluto de su obra más célebre: La tertulia del Café de Pombo, pintado en 1920.
La pintura refleja una de las costumbres más populares y extendidas en la España previa a la Guerra Civil: los cafés literarios, donde escritores, pintores, músicos, toreros y bohemios de todo pelaje celebraban tertulias y, en ocasiones, organizaban levantamientos populares contra el gobierno de turno.
El Café de Pombo, situado en la calle Carretas, era el más célebre de todos y Gómez de la Serna presidía los sábados la tertulia más famosa de toda España. Gutiérrez-Solana inmortalizó esas tertulias en su cuadro, que más allá de un simple retrato coral, es todo un juego de referencias, percepciones y trucos de magia que llevan al espectador a un mundo onírico.
El cuadro no es lo que parece y sus detalles esconden mensajes que, una vez desvelados, sorprenderán a quien lo contemple.
La pintura representa a nueve personajes sentados alrededor de una mesa donde se reparten botellas, copas, tabaco, azucarillos y café. Pero hay algo inquietante en todo ellos. Su actitud hierática, sus miradas perdidas, sus rictus rectos…, el color ocre y negro de la pintura.
Todo ello genera una percepción de irrealidad, una atmósfera fantasmagórica que genera ansiedad e incomodidad en el espectador. Sólo Gómez de la Serna, en el centro de la composición, muestra rasgos de humanidad viva. Los demás parecen meros convidados de piedra.
Junto al escritor están el propio pintor José Gutiérrez Solana, el poeta Mauricio Bacarisse, el dramaturgo Manuel Abril, el periodista Tomás Borrás, el escritor José Bergamín, el caricaturista José Cabrero, el periodista Pedro Emilio Coll y el escritor Salvador Bartolozzi.
Imagen completa de 'La Tertulia del café de Pombo'
Pero lo interesante del cuadro son los detalles, y en ello profundizaron los expertos del Museo Reina Sofía, donde se expone la obra, en una reciente publicación en Twitter.
Llama la atención el Reina Sofía, en primer lugar, que Gómez de la Serna sostiene en su mano su portafolio donde solía llevar toda clase de papeles con anotaciones, borradores, pruebas de imprenta y dibujos que empleaba en sus tertulias.
Detrás de él se encuentra uno de los detalles más inquietantes de la obra: un espejo donde se reflejan dos ancianos que, como espectros, asisten a la tertulia en la distancia.
El hombre, con la cara arrugada y una mueca que la deforma parece ajeno a la realidad mirando a algún punto indeterminado del café. La mujer, más joven, con la cabeza cubierta por un velo y vestida de negro, mira directamente al espectador que contempla el cuadro.
Más detalles: los objetos que se reparten sobre la mesa. Es fácilmente reconocible una botella de ron Negrita y una botella de cerveza Mahou. Más difícil de identificar es la marca de la botella de agua mineral y de la caja de cerillas (en realidad, marca Solana), aunque es indudable que están ahí con una intención clara.
Pero lo verdaderamente sorprendente es lo que se descubrió cuando se sometió la obra a un estudio con radiografía en 2009.
Bajo la pintura del Café de Pombo había un cuadro previo, obra también de Gutiérrez-Solana, ya terminado, de temática religiosa. Se trataba de un altar con sus reliquias y una plañidera en el suelo llorando.
La turbadora imagen religiosa era una versión de otra obra bien conocida del mismo pintor, de composición prácticamente idéntica salvo por el hecho de que, en lugar de un altar, Gutiérrez-Solana situó a la plañidera ante una imagen de un Cristo yacente en el interior de una urna de cristal.
¿Por qué decidió Gutiérrez-Solana reutilizar el lienzo de una obra ya acabada? ¿Un descarte del pintor? ¿Una broma a Gómez de la Serna y a sus amigos? El descubrimiento no hizo más que añadir más misterio y emoción a una de las pinturas cumbres del expresionismo español.