07 de diciembre de 2021

Detalle de la portada «Sobre nosotras. Sobre nada» de Rosa Belmonte y Emilia Landaluce

Detalle de la portada «Sobre nosotras. Sobre nada» de Rosa Belmonte y Emilia Landaluce

Ficción

Belmonte y Landaluce: de la columna a nuestro salón

Dos de las más reconocidas periodistas de nuestro país presentan un divertido y nostálgico paseo por la vida que entusiasmará a los lectores de ambas. Se trata de columnismo ininterrumpido, como tener una pulsera que permite subir a todas las atracciones sin límite
Detalle de la portada «Sobre nosotras. Sobre nada» de Rosa Belmonte y Emilia Landaluce

la esfera de los libros / 216 págs

Sobre nosotras. Sobre nada

Rosa Belmonte y Emilia Landaluce

Tenía tantas ganas de leer el libro que presentan Belmonte y Landaluce estos días, que, cuando se me ofreció un hueco en la sección de libros de El Debate, hice encaje de bolillos con el género. El literario, claro. Se me pedía narrativa española, y yo, que soy de ciencias, me fui a mirar la contraportada de Sobre nosotras. Sobre nada. «Esta es una novela escrita a cuatro manos por dos periodistas y sin embargo amigas, Rosa Belmonte y Emilia Landaluce, Emilia y Rosa». Obtuve luz verde pero, seamos claros, no lo llamen novela cuando quieren decir conversación.
Y no entre ellas, precisamente. La fiesta que ambas han montado va de largar. Copa y pitillo en mano. De sacar un tema y cruzarse la rebeca. De salir a tender la ropa en el patio de luces y contarle a la del quinto que una vez conociste a un marqués coprófago o que tuviste una cita con un tipo que vino ya cenado.
Perfectamente reconocibles en su estilo cada una, quizá desconocidas en los temas seleccionados. A saber: la maternidad, el amor, el trabajo, la educación, los perros, la comida, el deporte y la amistad. Y la televisión, claro. No es excesivamente importante el punto de partida del lector respecto a las dos periodistas, pero, para la adolescente que leía las columnas de Rosa sobre tele en el diario La Verdad que fui, Belmonte es una institución. Y claro, poder descubrir qué piensa del amor, de su familia o cómo fue su infancia, una tentación. Y se moja, no crean. Que dice –sin dar la chapa– que se puede vivir sin amor y que lo insoportable es perderlo. Que parece que te está pidiendo que le pases más pinzas de tender mientras te suelta que «no quiero necesitarte si no puedo tenerte». 

Rosa

No van a encontrar en los capítulos escritos por ella a otra Rosa: va a hablar de tele, de extrañas autoras americanas, de referencias lejanas y de cosas kitsch. Pero sí van a encontrar más Rosa. Como ella dejaría de leer en este momento si yo dijera aquello de que se «desnuda» en el libro, diré que filtra menos que en sus columnas, que permite hablar a su memoria de colegios de monjas, de deportes de barrio y de afectos sencillos. 
El plus, para los que vivimos en una comarca cercana a la suya, es no saber bien en ocasiones si estamos leyendo un libro o asomados a la ventana. Ahora queremos a una Belmonte que se arrime más al toro en sus columnas. Ya no nos puede decir que no.

Emilia

Y luego está Emilia. Que habla de las mismas cosas que Rosa pero que vivió otras. En Emilia me reconozco y me temo. Primero porque mi madre aún no me ha llamado «gilipollas» en tantas ocasiones como la suya a ella pero todo llegará. Y segundo, porque en su casa tienen las mismas excentricidades que en la mía. O me van a decir ahora ustedes que en Navidad también brindan en sus hogares con un «Por Carolina del Sur, Mississippi, Louisiana».
De todas formas, si algún día conozco a Emilia, no le diré que quiero ir de copas con ella al Richelieu, ni escribir en LOC, ni le preguntaré si alguna vez se ha tropezado con el escabel de Horcher. Por lo que yo le diré «yo sí te creo hermana», o quizá un ma semblable, ma soeur –por aquello de que también compartimos afrancesamiento– es por cuestiones de peso.
Verán. Emilia fue a practicar submarinismo con un tipo guapo y no pudo sumergirse porque le dijo a la señorita que le tenía que dar el equipo de inmersión, junto con el lastre, que pesaba 20 kilos menos. Servidora hizo algo parecido en clases de prácticas de fisiología en la facultad. Para vaya usted a saber qué nos preguntaban el peso. Delante de la clase. Evidentemente, mentí con el mismo desparpajo que Landaluce. Y consideré, como ella, que con 20 menos, mantenía mi dignidad. Los resultados de aquello que pretendían diagnosticar quedaron un pelín falseados.
No se preocupen, sólo les he destripado uno, la escritora tiene decenas de divertidísimos pasajes con los que sentirse identificado o admirarla.
Abdico de la tarea de tratar de inventar lo mejor que se ha escrito sobre ellas. Ya lo han hecho en Forocoches. ¿Les sorprende la referencia? Va en la línea del libro, no hacen ascos a nada. Son ellas, sin tapujos ni remilgos. Pero lean: «Muchas veces soy incapaz de no imaginarla (a Emilia) en una mañana de domingo junto a la cocina. Cortando ajos en finas láminas cubierta por una camiseta amarilla de Bimba y Lola. Con su pelo todavía engominado […] y un libro de Elvira Roca Barea abierto por la página que más duele a los holandeses. Recordando entre sonrisas el último whatsapp que le envió Rosa Belmonte sobre alguna intimidad sonrojante de la murciana».
Algo así es también Sobre nosotras. Sobre nada. Un contar cosas en la cocina con amigas. Un ver la risa en el drama. Un no tomarse en serio. Una amistad en carne viva. Palabra de las dos mejores columnistas de España.
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