07 de octubre de 2022

Portada de «El látigo vivo» de Milo Urban

Portada de «El látigo vivo» de Milo UrbanCiudadela

'El látigo vivo': un clásico olvidado sobre las miserias de la guerra

Milo Urban convierte la pequeña aldea eslovaca de Ráztoky y sus habitantes en el epicentro narrativo de un relato universal sobre la guerra y sus consecuencias

No puedo confirmar que El látigo vivo sea «una de las obras cumbre de la literatura eslovaca», porque mi conocimiento de la literatura de aquel país es más bien tirando a nulo. Tampoco puedo dármelas de experto sobre su autor, Milo Urban: previo a esta lectura, no tenía ni idea de su existencia. A este respecto, resulta de gran utilidad el estudio inicial del propio traductor, Alejandro Hermida de Blas, para la estupenda edición de Ciudadela, y en él podemos confiar para dar pábulo a la afirmación inicial que consta en la portada del volumen. Porque por no tener, Milo Urban no tiene ni entrada en español en la Wikipedia, y su única novela traducida a nuestro idioma es la que nos ocupa. Milo Urban pertenece a la categoría de autores esenciales, pero injustamente olvidados por una mayoría de lectores.
Con todo, si no puedo confirmar lo anterior, sí puedo defender que con respecto al tema central de El látigo vivo, la propuesta de Urban trasciende sus raíces eslavas para ofrecer un relato universal sobre la guerra y situarse junto a los grandes clásicos de la literatura contemporánea. Esa «cumbre» sí resultará evidente para cualquiera que se acerque a sus páginas, y es tanto más impresionante en cuanto que el escritor la alcanza con 22 años de manera autodidacta.
Portada de «El látigo vivo» de Milo Urban

CIUDADELA / 512 PÁGS.

El látigo vivo

Milo Urban

En esta obra clave ambientada en la Gran Guerra, el escritor convierte la pequeña aldea eslovaca de Ráztoky y a sus habitantes en el epicentro narrativo de las desgracias e infortunios que acompañan a todo enfrentamiento bélico: jóvenes ansiando dirigirse al frente para no volver –o volver mutilados de cuerpo y mente– esposas viviendo en el temor de enviudar, amores truncados, padres deslomándose por dar de malcomer a sus familias, oportunistas sirviéndose del desorden para sacar tajada...
El gran acierto de Urban es presentar todas estas miserias de forma progresiva e intensidad creciente. Señales que traen al pequeño pueblo, donde todo transcurría hasta el momento en pacífica normalidad, la realidad de la guerra. El pasmo para los habitantes de Ráztoky es tanto mayor en cuanto esta había sido hasta entonces poco más que la serie de relatos y leyendas heroicas de otra época y de un frente lejano –como lo es para la mayoría de nosotros todavía hoy, desde la distancia y la comodidad de la historia o de una vida que sigue pese al infortunio de otros–.
Con cada uno de estos eventos, la tensión interna crece en la aldea, y con ella la tensión narrativa, edificada con tino y paciencia en sus centenares de páginas hasta implosionar en un profético final revolucionario que adelanta en buena medida el violento espíritu del pueblo en los nacionalsocialismos que estaban por llegar. Impulso al que el propio Urban sucumbió, quizá por oportunismo –El látigo vivo fue una de las obras quemadas por la Alemania nazi–, quizá por convicción.

La patria, lo popular, lo espiritual

Sea como fuere, el tono de este arrebatado final –en el que la agresión perpetrada por el pueblo parece por momentos justificada– me hace dudar del supuesto pacifismo con el que se viene etiquetando la novela. Pero de lo que no hay duda es del fuerte antiestatismo que se respira en El látigo vivo de principio a fin. Los personajes se interrogan: ¿por qué habríamos de luchar? ¿Qué sentido tiene esta guerra? ¿A quién beneficia esta barbarie? Así lo manda la patria y por la patria:
«La patria… Esta palabra, pronunciada de manera cortante, provocó en Vorciak la imagen de una enorme máquina para triturar piedras, adornada de un halo de intangibilidad, algo contra lo que no se podía protestar. Ella era a sus ojos una especie de monstruo sagrado que tenía derecho a sus vidas, y ellos estaban obligados a dárselas con profunda humildad de creyentes ortodoxos» (53).
Esta evocación del uso instrumental de la religión presenta otra de las batallas internas más interesantes de la novela. La pugna entre una fe meramente normativa, brutal y cruel y la fe vivida, compasiva y caritativa, proponiendo reflexiones al respecto sorprendentes en el momento preconciliar en el que escribe Urban.
La presencia continua de lo espiritual en El látigo vivo nos deja también algunos de los fragmentos más inspirados y preciosistas de la novela, combinando con los giros populares de los que está repleta la prosa del escritor. Un contraste que resulta de lo más fascinante y revela a un jovencísimo Urban capaz de una literatura popular, a la par que elevada.
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