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Cubierta de Sin relato

Cubierta de Sin relatoAnagrama

‘Sin relato’: hacia un mundo incapaz de narrarse

Diagnóstico fundado sobre la dificultad creciente de la sociedad actual para construir la vida como una historia con sentido

Uno de los grandes aciertos de este libro es su título. En los últimos años la palabra «relato» ha sufrido un desgaste considerable y, desde los desgraciados acontecimientos de Valencia, se ha despeñado hasta considerarse sinónimo de falsedad y manipulación. El mismo deslizamiento hacia un sentido equivalente a mentira sufrieron en su momento el griego mythos y el latín fabula. Y sólo en el último siglo se ha recuperado el prestigio de estas palabras y con ellas del relato, del modo narrativo de pensar y de pensarse a uno mismo. Defender en este momento la vigencia del término, y con él de la narratividad como concepto útil para la vida, es de por sí una contribución notable.

Cubierta de Sin relato

Anagrama (2024). 344 paginas

Sin relato: Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad

Lola López Mondéjar

La tesis central de la obra es un diagnóstico certero sobre un mal de nuestra época que han emitido ya prestigiosas voces contemporáneas como Byung-Chul Han y Christian Salmon, y hace más de medio sigo el filósofo Günther Anders. Todos ellos son profusamente citados y comentados por Lola López Mondéjar, que reivindica especialmente el acierto profético de Anders. La idea que todos ellos comparten es que la caída de los grandes relatos que advino con la postmodernidad ha sido sucedida por una inundación de anécdotas sin profundidad (que la autora llama storytelling haciendo del anglicismo en un feo sustantivo concreto) y desconectadas unas de otras. La acumulación de información en torrente y micronarrativas dispersas, junto a las cámaras de eco y la polarización que fomentan las redes sociales, ha contribuido a la pérdida de la identidad narrativa de los individuos, que carecen hoy de la capacidad de contarse a sí mismos y de dar sentido a sus vidas como un todo. La crisis de credibilidad del relato ha pasado de ser un fenómeno público a invadir la conciencia psíquica de los individuos, un proceso en el que la digitalización de la vida social y la pérdida de referentes tiene un papel fundamental.

La autora, psicoanalista de profesión, contribuye a cimentar esta tesis con ejemplos del cine, la literatura y la historia del último siglo; pero sobre todo, con casos reales producto de su larga experiencia práctica con pacientes y muchos años de investigación rigurosa. En especial es de agradecer que su respeto por la figura señera de Sigmund Freud no le impida contextualizar sus teorías en su época y señalar aspectos en que pronto quedaron obsoletas, o la distorsión que sufrieron hacia derivadas muy perniciosas, como la defensa de la pederastia en buena parte de la élite intelectual francesa de la segunda mitad del siglo XX. Con ejemplos concretos de pacientes demuestra que fenómenos como la adicción al tatuaje o a las redes sociales, o la desorientación sexual de tantos jóvenes y adultos derivan en buena parte de una causa concreta: la pérdida de la capacidad para dotar a la vida de un sentido narrativo. Y encontrar la causa de una dolencia es el paso decisivo para dar con el remedio.

A este diagnóstico bien formulado y documentado se asocian varias otras ideas y propuestas, muy respetables, pero que ya no proceden de una experiencia profesional o científica sino de opiniones subjetivas y por tanto discutibles. Llamar «neoliberal» a todo lo que no nos gusta ha pasado ya de moda tras el manifiesto final del errejonismo, y lo mismo podría suceder pronto con «masculinidad». La desgracia de los palestinos no tiene que ver con la pérdida de narratividad, ni tampoco el calentamiento del planeta, el consumo excesivo de carne, o los efectos del colecho en los bebés. Tampoco las experiencias personales que adornan el libro apuntalan la tesis, sino que la cargan de contenido innecesario: tomar mal un billete de avión y las dificultades para su reembolso, o la afición al buceo, son anécdotas prescindibles, como tantas que justamente se critican en los influencers. En el tono condescendiente con los deplorables (por usar la malhadada expresión clintoniana) escasea la empatía tan enfáticamente recomendada.

Pero aunque la falta de contención pueda irritar al lector, sería injusto quedarse con el poso negativo que siempre acarrea dejar para el final los defectos de un libro. Son muchas más las bondades de una obra que une reflexión, conocimiento y empeño decidido en denunciar un mal de nuestro tiempo, la carencia de capacidad autonarrativa, que debe combatirse desde múltiples trincheras.

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