Javier Sierra posa en el Museo del Prado con su última novela 'El plan maestro'
Javier Sierra: «Las obras de arte son puertas que se pueden abrir»
El escritor estrena novela, El plan maestro, con la que se ha propuesto convertirse en ese antiguo chamán que se adentraba en una cueva con un pequeño grupo del clan para vivir el arte como una experiencia mística
El reconocido autor Javier Sierra, ganador del Premio Planeta por El fuego invisible en 2017, asegura que ya no ve cuadros cuando se pasea por un museo, ve novelas en cada uno. Su última, El plan maestro (Planeta), pretende ser un alegato para apretar el botón de pausa y que el lector reflexione sobre algunas de las grandes obras pictóricas de todos los tiempos que, en el imaginario del escritor, tienen algo en común: forman parte de una lista exclusiva que cuenta con maestros instructores en sus imágenes y te pueden transportar al más allá. El Jardín de las Delicias (El Bosco), Tobías y el Ángel (Goya), Las meninas (Velázquez), La primavera (Botticcelli) o Retrato de una niña (Frida Khalo) son algunas de las pinturas en las que el escritor reposará esta vez su mirada para descubrir al lector todo un mundo de conexiones detrás del lienzo. Sierra promete que, tras leer su novela, el lector no volverá a mirar el arte de la misma manera. ¿Existen realmente los arcanos? ¿El arte abre puertas a otros mundos? El Debate ha querido charlar con él para tratar de desentrañar los misterios que envuelven las páginas de su nueva apuesta literaria.
— El plan maestro está en su imaginario desde 2013, cuando lanzó El maestro del Prado y se convirtió en un superventas...
— Sí, El maestro del Prado partió de una experiencia real que tuve con 19 años cuando, estando de visita en el Prado, un señor se me acercó y me enseñó a leer el arte. A ese hombre nunca más lo encontré, pese a que volví muchas veces al Prado esperando volver a verlo. Para mí se convirtió en una especie de obsesión y lo convertí en personaje literario. Aquel libro lo terminé con un enigma al final que no resolví y que de alguna manera confié a mis lectores. Eran unos versos en los que supuestamente el señor me daba pistas sobre cómo podría reencontrarlo si lo buscaba. Ni yo mismo sabía muy bien cómo resolver aquel acertijo. Y con el tiempo, con las cartas de los lectores, con El Maestro del Prado convertido en un clásico contemporáneo, encontré los elementos que me permitirían desarrollar ese universo y construir otra novela. El plan maestro es esa novela, aunque son obras independientes. No necesitas leer El maestro del Prado para entenderla, pero sí es una expansión de ese universo y una mirada más madura al arte.
— Es una novela muy poliédrica con muchas pretensiones. ¿Cuál es la principal?
— La clave de esta novela es enseñar a mirar al lector, a entender el arte de otra forma. Por nuestra formación y por la época que nos ha tocado vivir, nuestra aproximación al arte es casi exclusivamente materialista. Nos fijamos en la vida del artista, en los materiales que emplea, en la escuela a la que pertenece, en si esa obra estuvo en un palacio, en una iglesia... Pero no se nos enseña a preguntarnos el para qué se pintó, el por qué se pintó. Como mucho, nos quedamos con la emoción que nos genera la belleza o no del cuadro. Yo quería ir un poquito más allá. Quería atravesar esa capa superficial y ir al trasfondo, a veces mágico o filosófico, de la pintura. Para eso he escrito El plan maestro, para que el lector sepa que las grandes obras de arte son puertas que se pueden abrir.
— ¿Cómo?
— La llave para abrirlas se llama percepción. Cuando la desarrollas logras entender los mecanismos que hay detrás de la pintura; y cuando los descubres se genera dentro de ti una energía muy particular, se produce una epifanía. De repente comprendes el universo casi como si fuera místico, y eso es maravilloso.
— ¿Cuáles son las claves para llegar a la percepción?
— Primero, comprender que el arte se inventó para marcar dónde estaba el límite entre el más acá y el más allá. El arte se inventa en las cavernas hace como mínimo 70.000 años, en cavernas del norte de España y del sur de Francia. Esto tampoco nos lo subrayan en el colegio, pero el arte se inventa en este territorio que hoy habitamos y se inventa con una característica muy particular. Se elegía dónde pintarlas al tacto. La gente palpaba la caverna y donde veía una protuberancia o detectaba un agujero el prehistórico veía una panza de un animal o imaginaba un ojo de un caballo, y a partir de ahí, trazaba su dibujo. Pero él no veía piedras. Él creía que eso era una membrana que separaba su mundo del mundo de los espíritus. Y ese ojo correspondía a un caballo que estaba al otro lado de la membrana. Y esa protuberancia era una panza de verdad de un bisonte. Por lo tanto, lo que él estaba haciendo al pintar era un acto mágico, sobrenatural. Ese instinto practicado durante miles de años y cientos de generaciones, llegó de manera inconsciente a los pintores que hoy consideramos grandes maestros y lo aplicaron a algunas de sus obras. Aquellas en las que fueron más libres. Por lo tanto, hay pinturas, no todas, pero hay algunas que son pinturas sobrenaturales que son puertas al más allá. Cuando comprendes eso, ya ves el arte con otra perspectiva. Es la primera gran lección. Luego vienen otras de carácter filosófico o simbólico, pero ya son lecciones que se aprenden con la razón, con el estudio, ya no tanto con el instinto.
— ¿Qué pasa con la figura central del libro: los maestros instructores?
— Para construir esas figuras bebo de algo que es real y que es muy misterioso. Todas las civilizaciones antiguas hablan de maestros que les enseñaron los rudimentos de la civilización. Los mesopotámicos, los precolombinos en América, las tribus africanas muy antiguas... hablan de que, de repente, irrumpe en su comunidad un señor como venido de la nada. Les enseña a mirar las estrellas y a usarlas como calendario, a contar las fases de la luna, a sembrar trigo, a domesticar animales. Y cuando ha terminado todas esas lecciones del Neolítico, desaparece. Es lo que hacen esos maestros del tránsito del paleolítico al Neolítico milenarios. Y es lo mismo que hizo el Maestro del Prado conmigo. Esos maestros son los que en mi imaginación preservan el arcanon, esa colección de obras de arte que se explican en el libro y que son puertas al más allá que solamente se pueden explicar a unos elegidos. Ahora los elegidos serán mis lectores.
Cuando desarrollas la percepción se genera dentro de ti una energía muy particular, se produce una epifanía
— ¿Y, además del maestro del Prado, cuáles han sido sus grandes maestros en la vida?
— Han sido los libros y entre ellos me resultó muy evocador el último libro que escribió Mark Twain. Fue un libro muy raro que dejó inacabado. Se llamaba El forastero misterioso. Es la historia de un señor que llega en el 1.500 a un pueblo de Centroeuropa y les enseña a los habitantes a mirar hacia el futuro. Es un personaje raro, casi diabólico, que un día desaparece y los deja colgados. Es un maestro instructor también. Mark Twain creía de alguna manera en estas cosas. Pero también encontré a otro en una novelita de Emmanuel Mújica Lainez, Un novelista en el Museo del Prado, en donde él imagina las grandes obras del Prado como puertas de las que se apean los personajes cuando el museo se cierra y de las que los personajes son capaces de hablar y comunicarse y contarse secretos. Bueno, a partir de esas lecturas muy dispersas, a mí se me crea un estado mental particular que me ayuda a generar mi propia ficción. O sea que ellos son mis maestros de alguna forma.
— Y Javier Sierra, como persona, no como autor, ¿cree en la existencia de estos maestros arcanos?
— Si no creyera en ellos, no podría escribir con convencimiento sobre ellos. Así que, por supuesto, pongo en suspenso mi razón para que intervenga mi instinto y se emocione como se emocionan los personajes de mi novela. Si no, no lo transmitiría con verosimilitud. Así que no sé si creo o quiero creer, que es un matiz, pero es importante.
— Jesús de Nazaret, ¿encaja en la figura de esos maestros instructores?
— Él encaja en el arquetipo de maestro. Lo que pasa es que el relato en torno a Jesús nos explica de dónde viene y a dónde va. Y en el de los maestros instructores no sabemos de dónde vienen ni a dónde van. O sea, Jesús sería una visión expandida del maestro.
Portada de 'El plan maestro', de Javier Sierra
— El ojo que todo lo ve presente en los cuadros y protagonista de la portada del libro, las diferentes miradas... son parte esencial del libro...
— Sí. Es un libro de muchas miradas efectivamente. Está la mirada no limitada del niño donde todo es posible y observa el mundo como si fuera algo animado; la mirada del adulto que se reprime a la hora de mirar porque le han enseñado a reprimirse; y la mirada del anciano, que ya lo ha visto todo o que cree haberlo visto todo y que, de repente, sabe que su salvación está en recuperar al niño que un día perdió ese tránsito por las tres edades del hombre y por sus miradas. Ese es el eje filosófico de la novela. Con la novela busco romper esa mirada dogmática y que la rompan también los lectores. ¿Por qué tengo que ver el mundo como me lo dicen los demás? ¿Por qué tiene que haber una visión corta de la realidad?
El arte es el gran libro que no tiene quién lo cuente
— Quiere convertir a los lectores en homo quaerens...
— Sí, en ese hombre reflexivo que pregunta, pero a la vez que se pregunta.
Javier Sierra frente a 'El jardín de las delicias' de El Bosco
— El libro también ofrece una crítica al mundo actual tal y como lo vivimos, al efecto Instagram que nos hace consumir rápidamente imágenes...
— Sí, y lo he hecho de manera deliberada. El arte solo te habla si tú te detienes frente a él y le concedes tiempo. Y de todas las artes, solamente hay una donde el tiempo lo entregamos sin titubear: con la literatura. Le concedes unas horas, unos días o unas semanas a un texto y te permites la reflexión simultánea mientras estás navegando por sus páginas. Pero eso no pasa con las demás artes. La música la consumimos con muchísima velocidad. De hecho, las canciones son cada vez más cortas, más rápidas. El arte lo tenemos a golpe de móvil y de Instagram, de redes sociales, y nos detenemos dos segundos en él y no nos paramos. Por lo tanto, estamos perdiendo esa capacidad de observación, de saborear el arte y yo quiero invitar al mundo a recuperarla.
— Busca invocar una revolución Vultus (del latín, mirar) como la estrategia que empleó con sus hijos para poder ver más allá de las pinturas rupestres y cuenta en el libro...
— Sí. Me encantará si con El plan maestro sucede algo como lo que pasó con El maestro del Prado. Yo soy frecuente visitante del Prado y me he encontrado en estos años a muchos lectores que iban con el libro debajo del brazo, buscando las claves de lectura de las obras de arte de la novela. Espero que los nuevos lectores vayan con sus hijos al museo y jueguen con ellos a encontrar cosas en los cuadros. Si consigo eso, habré conseguido que le dediquen ese tiempo que requiere el arte, porque el aprendizaje que de verdad se queda en nosotros es el que recibimos jugando.
Espero que sea una obra inmersiva para el lector. Está editada como tal
— En esta novela no solo se sirve del Prado, realiza un recorrido por diferentes países a través de sus obras maestras...
— Sí, no he querido limitarlo al Prado y he incluido otros lugares con obras maestras, desde la Capilla Sixtina a los Uffizi de Florencia, pasando por el Louvre de París o el Museo Frida Kahlo en México. Lo que he querido es dar a entender que las obras del arcanon también están en un pequeño museo de provincias. Es una invitación al lector a convertirse en cómplice de mi búsqueda y espero que me informe de sus descubrimientos. Espero que sea una obra inmersiva para el lector. Está editada como tal.
— Dice que ya no ve cuadros, que ve novelas. ¿Cuáles es el siguiente cuadro que le está inspirando para escribir la siguiente novela?
— Hay uno que he dejado solo esbozado en El plan maestro, que es una obra de juventud de Velázquez, que me parece muy interesante, que es La Fragua de Vulcano. Tiene una historia narrativa muy potente, pero hay muchas otras. El Descendimiento de Van der Weyden, del que no me había atrevido a escribir una palabra porque me produce mucho respeto... También me intriga mucho la etapa atómica nuclear científica de Salvador Dalí. Los cuadros que él pintó inspirados en la bomba atómica, que hay varios, también tienen una historia que no se ha contado. Tengo tantas obras que me atraen que sé que no voy a tener tiempo de escribir tantas novelas sobre ellas.
Me gustaría sentarme junto a Leonardo da Vinci, compartir un banquete cocinado por él y conversar hasta el atardecer
— Es periodista de formación... ¿tanta fascinación por el arte de dónde viene?
— La pasión por el arte me viene de la infancia. Yo pasé toda mi infancia, hasta los 15 años, en Teruel y Teruel es una ciudad histórica. Tiene una muralla medieval, arquitectura mudéjar, artesonados impresionantes... Es una ciudad muy bonita, pero nadie me la explicaba. Yo era muy preguntón de niño y empecé a ir a la biblioteca a buscar respuestas. Eso hizo que empezara a leer mucho sobre arte y que empezara a fascinarme. De repente descubrí que nada estaba hecho por casualidad, que siempre había una intención o una razón detrás de cada elemento, de cada baldosa, de cada azulejo, de cada ladrillo... Lo que pasa que había que contarlo para que te enamoraras de ello. Y fue así, poco a poco, que me enamoré del arte y me di cuenta de que el arte es el gran libro que no tiene quién lo cuente. Así que me animaba ser yo uno de los que lo cuentan.
— Si tuviera que elegir a un artista con el que pudiera charlar ¿a quién elegiría?
— A Leonardo da Vinci. Su obra La última cena me impactó muchísimo y le dediqué mucho tiempo y una de mis mejores novelas La cena secreta. Leonardo no es lo que vemos. No es solo el genio pintor de la Gioconda ni el inventor de tantas cosas que han llegado hasta nuestros días. Leonardo era un tipo con un sentido del humor extraordinario, un guasón alucinante. Era un espíritu rebelde, un lector increíble que se hacía listas de las de las obras que tenía en su posesión y que gracias a ellas sabemos lo que le impactaba. Tenía una mente muy poliédrica, muy inquieta y le apasionaba vivir más que crear. Me gustaría sentarme con él, compartir un banquete cocinado por él –porque también era cocinero– y conversar hasta el atardecer.