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Cubierta de 'Carcel de tinieblas'

Detalle de cubierta de 'Carcel de tinieblas'Espasa

‘Cárcel de tinieblas’: Retrato de la bohemia española en el exilio parisino durante la Guerra Mundial

Una novela de grandeza decimonónica escrita en pleno siglo XXI para ofrecernos un retrato descarnado del París del XX

No es la primera vez que Juan Manuel de Prada pone su afilada pluma al servicio de la exploración de la bohemia artística. Ya lo hizo en su primera novela, Las máscaras del héroe (1996), de la que ha tomado prestado al personaje canalla Fernando Navales, que lleva el peso del proyecto narrativo Mil ojos esconde la noche, articulado en dos tomos: La ciudad sin luz y Cárcel de tinieblas.

Cubierta de 'Carcel de tinieblas'

Espasa (2025), 848 páginas

Mil ojos esconde la noche 2. Cárcel de tinieblas

Juan Manuel de Prada

Se hace pertinente explicar, ahora que apenas ha comenzado a rodar esta reseña, que, en puridad, Mil ojos esconde la noche no está constituido por dos novelas, como pudiera parecer, sino por una sola, repartida en los dos tomos ya citados, publicados por Espasa —sello de Editorial Planeta—, en 2024 y 2025 respectivamente, cada uno de ellos con más de 800 páginas. Por este motivo, entiendo que sería más provechoso leer Cárcel de tinieblas después de La ciudad sin luz.

No son libros, por su extensión y por la prosa tan personal y exigente de De Prada, definibles —con toda la volatilidad del término— como novelas de verano. Muy al contrario, para no perecer en el intento, estas más de 1.600 páginas deberían ser leídas con la dedicación y exclusividad con las que los lectores se entregaban a las novelas decimonónicas, en tiempos de Dostoievski y Balzac, cuando no existía la desaforada y mareante oferta de ocio que nos bombardea hoy por tierra, mar y aire.

Dicho esto, pasemos a contar qué hallará el lector en Cárcel de tinieblas, el título que pretende cubrir esta reseña, si bien muchas de las alusiones aquí vertidas son aplicables también a su hermana gemela La ciudad sin luz. Y lo que encontraremos, como adelantaba, es el friso de la bohemia artística que se estableció en el París que fue tomado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Si La ciudad sin luz se centra en los años 1940-1941, con el dominio alemán en su clímax de poder y petulancia, Cárcel de tinieblas habita los años 1942 y 1943, cuando el declive de las fuerzas militares nazis era difícil de disimular incluso por sus más abnegados promotores.

Fernando Navales, un falangista sin fisuras que dormita su hastío en la redacción de la prescindible revista El Hogar Español, relegado a tareas subalternas pese a sus grandes dotes intelectuales, es quien lleva el peso de la narración en ambos libros, donde se narra su fulgurante ascenso en Falange como reclutador de los artistas españoles exiliados en Francia, a quienes ha de convencer —por no decir «comprar»— para que se pongan al servicio del Movimiento Nacional. Un encargo que le encomienda el policía Pedro Urraca Rendueles (1904-1989), jefe de operación de la represión franquista en Francia.

De Prada dibuja una desesperada comunidad de artistas «rojillos» que hacen todo lo posible por sobrevivir en tiempos difíciles cuando esa pinza imaginaria (pero a la postre real) creada por Franco y Hitler, declarados enemigos del marxismo, se cierne sobre ellos.

En el primer tomo aparecen personajes de la talla de Louis Ferdinand Céline, Ernest Jünger y Paul Éluard (escritores), Lucien Rebatet (escritor, crítico y periodista), Gregorio Marañón (médico, ensayista, gran intelectual), Felipe de Solms y Mariano Daranas (periodistas), José Félix de Lequerica (ministro de Asuntos Exteriores de la primera etapa franquista), Pablo Picasso, Óscar Dominguez y Fabián de Castro (pintores), Victoria Kent (abogada y política, a la que Navales ha de encontrar para facilitar su detención), Ana de Pombo (bailarina), María Casares (actriz), Ana María Martínez Sagi (poeta y anarquista)... Algunos de estos nombres repiten en el segundo tomo, muy especialmente César González Ruano, «Ruanito», retratado como un hombre caótico y libidinoso que vive a salto de mata, subsistiendo gracias a su productiva pluma (cuando no estaba censurado o castigado por sus desviaciones sexuales) y a sus habituales sablazos y trapicheos, incluida la venta de cuadros falsificados.

Aunque el disipado Ruanito parece ocupar la cúspide de esos artistas que hacían de las artimañas el motor de su manual de resistencia, sus compañeros, muy especialmente los varones, no se quedan atrás. Así las cosas, son muchos los que, en mayor o menor medida, se habituaron a moverse en arenas movedizas dominadas por el mercado negro, el latrocinio, la prostitución, el robo o la delación, «que era la enfermedad social más extendida en la Francia ocupada» (p. 622). Un panorama desolador que resultaba un espejo a pequeña escala de una Europa en guerra castigada como nunca por la sinrazón y la barbarie.

Lo que distingue en gran medida Cárcel de tinieblas de su predecesora, además de bocetar la descomposición paulatina del ejército alemán antes insinuada, es que en Fernando Navales, un tipo sin escrúpulos, duro, displicente, inteligente y astuto, comienza, a su pesar, una tibia rehabilitación moral una vez que Ana de Pombo le incitara, en las últimas páginas de la primera novela, a alejarse del mal y abrazar el bien.

Navales, artero y manipulador, sabe que está dominado por el resentimiento, esa lacra que ha tomado el mando de su existencia. No en vano, son numerosas sus alusiones en los dos libros al ensayo Tiberio, de Gregorio Marañón, que aborda el resentimiento partiendo del análisis psicológico de tan cuestionado emperador romano.

Pese a las intenciones de Navales de obrar con rectitud, que él mismo trata de reprimir, en claro ejercicio del doble vínculo tan bien estudiado por la psicología moderna, no le va a resultar nada sencillo. Cómo hacer borrón y cuenta nueva después de orquestar tantas maniobras en la oscuridad contra quienes él consideraba enemigos o personas tibias que no defendían como deberían los ideales de Falange, el propio Gregorio Marañón entre ellos... Y, sin embargo, poco a poco, sin prisas pero sin pausa, esa luz que ha abandonado al París retratado en estas páginas va renaciendo en él, de tal modo, como ocurre en muchas grandes novelas, que el personaje principal acaba por experimentar un profundo cambio interior que nos obliga a revisarlo al final desde un prisma diferente. Y si bien Navales sigue realizando tareas de dudosa moralidad, se las apaña para envolverlas en el papel de regalo de las buenas acciones, como podría ser, por ejemplo, salvar la vida a numerosos niños judíos o proteger a sus amigos.

Cárcel de tinieblas, apoyada en Ciudad sin ley, tiene bastante de obra faraónica escrita al albur de una exhaustiva documentación. El resultado son dos libros, o uno, como decía al principio, que retrata con espléndida ambientación y profundidad psicológica el subsuelo que habitaron los artistas españoles exiliados en Francia tras la guerra civil española, donde vivieron todo tipo de vicisitudes, a cuál de ellas más azarosa.

Estas más de 1.600 páginas conforman una de las apuestas más ambiciosas de la literatura española de los últimos tiempos. Una obra que se adentra con claridad meridiana en el análisis de la historia, el arte y la condición humana. Una novela de grandeza decimonónica escrita en pleno siglo XXI para ofrecernos un retrato descarnado del París del XX.

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