Cubierta de 'Una jaula salió en busca de un pájaro'
'Una jaula salió en busca de un pájaro'… y lo encontró
Diez jaulas kafkianas para un mundo sin lógica
Suele decirse, para fomentar la lectura, que los libros nos ayudan a conocer mejor el mundo que nos ha tocado en suerte y, por ende, también a nosotros mismos. Es cierto que leer nos abre muchas ventanas al conocimiento, la comprensión, la psicología, la verdad… Leer, en fin, nos da herramientas para un mejor entendimiento de cuanto nos rodea, y no hablemos de la escritura. No en vano, el teórico literario Roland Barthes afirmó con razón que «escribir es un verbo transitivo».

Mutatis Mutandis (2024), 208 páginas
Una jaula salió en busca de un pájaro
Pero ese foco de luz que es la literatura, esa herramienta que nos ayuda a salvar nuestra circunstancia, por ponernos en plan Ortega, encontró cierta disonancia en la figura de Franz Kafka (1883-1924), el extraño autor checo que nos introdujo en un mundo angustioso y perturbador donde el ser humano queda retratado como un ente aislado, sin identidad, sin sentido, desorientado.
La original búsqueda de Kafka en los recovecos menos explorados de nuestra psiquis, cargada de numerosas preguntas y escasas respuestas, lo convirtieron en uno de los autores más emblemáticos de todos los tiempos. Su influencia es inmensa en la literatura y, algo más difícil aún, fuera de ella; de ahí el adjetivo «kafkiano», tantas veces usado en el día a día para describir una situación que se escapa de toda lógica, sea lo que sea eso que entendemos por lógica.
El libro que hoy reseño, Una jaula salió en busca de un pájaro (Mutatis Mutandis, 2024), es un homenaje a la figura de Kafka y a esas ventanas por él abiertas con la misión de revelarnos un universo atrapante —en el peor sentido de la palabra—, cargado de angustia existencial.
Los diez relatos escogidos para este volumen, firmados por diez autores, tienen un nexo común: la presentación de acontecimientos perturbadores en un contexto a priori normal donde los personajes acaban siendo rehenes –no se sabe bien de qué o de quién–, perdiendo así el contacto con esa zona de confort que nos protege de la locura.
La excelente introducción del libro, de la crítica literaria Becca Rothfeld, comienza de esta manera tan sugestiva:
«En el mundo invertido de Franz Kafka, la culpa precede al pecado y el castigo al juicio, de modo que, como es natural, la jaula precede al pájaro».
Y ese mundo invertido, donde el orden establecido por el que nos regimos los seres humanos es ultrajado, actúa como escenario de estos diez cuentos fatalistas, esas diez jaulas en busca de su correspondiente pájaro que, bien leídos, no hacen sino aumentar el grado de desorientación sobre nuestro yo del que hablaba antes.
En «Hotel Arte», de Ali Smith, conocemos a una familia que se mueve en caravana y allá adonde van encuentran una línea roja dibujada alrededor de su vehículo; en «Regreso al museo», de Joshua Cohen, un neandertal que vive en un museo comenta el comportamiento de los visitantes una vez el centro abre sus puertas tras un año cerrado; en «La junta», de Elif Batuman, una mujer visita un piso laberíntico con intención de comprarlo, pero choca con una junta –metáfora de esas fuerzas oscuras e incomprensibles que gobiernan el mundo– que, como es propio en el mundo kafkiano, establece una burocracia impositiva difícil de sortear; en «El timbre de Dios», de Naomi Alderman, las máquinas toman el mando sobre los hombres en la torre de Babel; en «El suplicio», de Tommy Orange, asistimos a un mundo distópico, en plena plaga, en el que las personas pueden acabar esposadas; en «El casero», de Keith Ridgway, el «inquilino ideal» queda atrapado en las conversaciones con su casero y concernido con la situación de este: su esposa que se está muriendo, el hijo que corta el césped... Un hombre, una vez más, de identidad desdibujada, sin rumbo fijo; en «El sueño del apóstrofo», de Yiyun Li, leemos una conversación a lo Godot becketiano entre signos de puntuación: la coma, los dos puntos, la elipsis, las comillas, los paréntesis... Y en el que es mi preferido, «Dolor de cabeza», de Leone Ross, una mujer que había sufrido cefaleas orgásmicas en el pasado acude al hospital para informar de que ya se encuentra bien y no necesita someterse a ninguna prueba. La mujer, como es previsible en este cenagal kafkiano, no solo no es escuchada, sino que es introducida por los sanitarios en una espiral de ensayos donde su voluntad carece de importancia.
Ocurre en estas historias, como en las del autor checo, desafiando toda lógica narrativa, que al final del texto creemos conocer menos a los personajes que al principio. Cosas de Kafka…
En las últimas páginas de Una jaula salió en busca de un pájaro hay una semblanza sobre los autores de estos interesantes y logrados relatos, a quienes, por cierto, yo no conocía. He preferido no leer nada sobre ellos para mantener la aureola del anonimato y preservar la sensación de que no están escritos por escritores de hoy, sino por el propio Franz Kafka, quien, desde un lugar remoto e inasible similar al que habitó en vida, sigue componiendo esa mirada suya, tan desempoderadora, valga el palabro, sobre ese tetris que es nuestra vida, en el que nunca encajan las piezas.