Cubierta de 'Gilgamesh'
Tan antiguo como actual: `El poema de Gilgamesh'
El viaje de un héroe muy humano que tampoco quería morir
Hablar de héroes es recordar a Ulises, a Héctor, a Eneas, incluso a nuestro Cid. Encarnación de valores fundamentales, legítimos modelos, defensores del bien y protagonistas de hazañas inauditas, pero ante todo humanos. Gilgamesh también lo fue, aunque de él se decía que era «dos tercios dios, un tercio hombre». Este rey de Uruk, bastante desconocido para nosotros y famoso en la antigua Mesopotamia, nos es en realidad mucho más cercano de lo que puedan decir los siglos que de él nos separan. Fue el inspirador de todo un ciclo épico integrado por poemas en torno a su figura, que fueron reunidos y puestos por escrito en torno al 2500 a.C. El resultado final de esta compilación, que duró largos años, fue la primera epopeya clásica: El poema de Gilgamesh.

Edición de Rafael Jiménez Zamudio
Cátedra (2015). 392 páginas
Poema de Gilgamesh
Los límites humanos de nuestro protagonista afloran ya en los primeros versos. Por ser rey no está exento de la tiranía con la que somete a un pueblo que no tarda en elevar su queja a los dioses. Estos envían a un ser monstruoso llamado Enkidu, creado como doble del propio rey pero concebido para vivir como salvaje y enfrentarse a él para castigarle. Lo que comenzó siendo lucha no termina en derrota sino que hace brotar la amistad. Gilgamesh y Enkidu pasan a convertirse en una pareja universal que nos habla del descubrimiento del otro y de la importancia de caminar acompañados a la misión.
El viaje que los dos nuevos amigos emprenden consolida su relación, forjada por el hecho de compartir un objetivo: vencer al mal, encarnado en un gigante que habita en el Bosque de los Cedros. Una amistad que se revela absolutamente profunda a raíz de la muerte de Enkidu. La pérdida desencadena uno de los lamentos fúnebres más desgarradores de la literatura así como un bellísimo canto al amigo fallecido. La duda asalta entonces a un rey cada vez menos tirano: ¿hay remedio contra la muerte? ¿qué nos espera más allá de ella? El temor a morir verbalizado por Gilgamesh golpeará al hombre contemporáneo, acostumbrado quizá a esconder este miedo. Acertado estuvo Rilke al denominarla «epopeya del miedo a la muerte».
Tampoco faltan las referencias a la divinidad y a la relación con un otro que trasciende el mundo terreno, en el sentido más primigenio de lo religioso. Leer el poema es adentrarse en la cosmovisión espiritual del mundo sumerio. Comprendemos así el arraigado sentido del culto y la importancia de los sueños como medio de contacto entre los dioses y los hombres.
Los hallazgos arqueológicos en distintos puntos del territorio mesopotámico han sacado a la luz tablillas, más o menos fragmentadas, pertenecientes a las distintas versiones de la obra: asiria, babilónica, hitita, sumeria, acadia… Las doce tablillas que conforman este extenso poema poseen, por lo tanto, unidad argumental. Y es que, gracias a esta ardua tarea de compilación y orden se consiguió recomponer el poema solventando las lagunas que, aún hoy, siguen existiendo. Con todo, las incógnitas no esconden la hondura del mensaje ni la actualidad del mismo.
Como todo proceso madurativo, el itinerario de Gilgamesh es en realidad un camino de aprendizaje. El rey regresa a la ciudad de Uruk, pero no es el mismo. El viaje, como arquetipo de la marcha vital, ha sido para él maestro de vida. El hombre sigue siendo hombre y sus límites humanos no han desaparecido, pues ni siquiera ha conseguido sortear su condición mortal. Regresa a Uruk, y los versos describen sus muros igual que lo hicieron al inicio. Muros que contemplan a su héroe. Humano marchó y humano vuelve; ha aprendido a vivir pero, quizá más importante, también a morir. Su yo ya no es el centro sino que ha orientado su existencia hacia un fin más allá de sí mismo.
La antigüedad de las tablillas en las que fue escrito el poema no rivaliza con la eternidad de los temas en él labrados. La amistad, la muerte, el anhelo de eternidad, el viaje iniciático, la pregunta por el más allá… Si los héroes fueron héroes fue, en gran medida, por haber sabido hacer suyos estos asuntos tan marcadamente humanos. Por ello, su estela es larga, pues acompaña toda la historia de la humanidad y, quizá hoy, en un mundo tan falto de héroes, conviene que Gilgamesh siga a nuestro lado más que nunca.