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Cubierta de 'Mejillones para cenar'

Cubierta de 'Mejillones para cenar'Ediciones invisibles

`Mejillones para cenar': la receta perfecta contra el silencio impuesto

Una larga espera y una cena fría que avivan candentes confidencias para vencer al miedo en el seno de una familia alemana

«Aquel día había mejillones para cenar». Con estas palabras arranca esta breve novela publicada por primera vez en Alemania en 1990. Mejillones para cenar relata la espera de una familia que aguarda la llegada del padre para poder iniciar la cena. Los mejillones, apetitosos al principio y cada vez más repulsivos con el pasar de las horas, son el símbolo perfecto para ilustrar la realidad de su hogar. Símbolo del que brotan los recuerdos y al que vuelven las miradas como al anclaje con el presente. Una niña, voz narradora en primera persona, observa el abrirse y cerrarse de los moluscos en la olla y descubre en ellos una resignación que, por desgracia, se cierne también sobre los miembros de su casa.

Cubierta de 'Mejillones para cenar'

Traducción de Marisa Presas
Ediciones invisibles (2022). 136 páginas

Mejillones para cenar

Birgit Vanderbeke

Todo empieza con una cena preparada con mimo para el padre de familia que regresa del trabajo. Cena que va quedándose cada vez más fría, pero es mayor la capacidad evocadora de la comida que sí aviva y despereza los corazones de los pacientes comensales. Birgit Vanderbeke (1956-2021), galardonada con el Premio Ingeborg Bachmann (1990) por este título, escoge el punto de vista infantil para abordar asuntos de compleja dureza. En este caso, se trata del clima de la Alemania anterior a la caída del muro, caída que tuvo lugar un año después de la publicación de nuestra historia. A través de la mirada de esta niña, Vanderbeke, que al igual que ella también huyó de la Alemania Oriental, pone a jugar a la inocencia con una sutil ironía que deviene crítica.

Un largo monólogo interior que reproduce las reflexiones suscitadas en torno a una olla de mejillones. Sin pausas y con apenas saltos de párrafo la niña intercala sus pensamientos con los recuerdos pasados y, al posarse su mirada en la cena, reproduce asimismo los comentarios que se intercambia con su madre y su hermano. Casi sin que se den cuenta, los tres comienzan a respirar libertad, y a soltar las amarras del miedo. Liberados de la opresión paterna, emprenden una osada travesía a través de las confidencias que hasta ahora habían permanecido escondidas.

En este sentido, la novela es una crítica a la falta de libertades y a la inhumanidad en la que vivían muchas familias alemanas. Los ojos de esa niña que espera a su padre nos descubren un ambiente que de tan opresivo «parecía estropeado y tóxico». Controlado por un tirano que decía ser protector de los de su casa, ese hogar debía amoldarse a los gustos y exigencias paternos, a medida del ideal.

No obstante, si el ideal se persigue a costa de lo real, puede convertirse en pesadilla cuando se impone más allá de lo soportable. El padre habla, madre e hijos callan. Callan para escucharle, pero también porque el bozal del miedo ahoga su voz antes de que el dolor, la queja, o el desacuerdo lleguen a ser palabras. Por ello, asistimos a la realización de los deseos y satisfacciones del padre por parte de toda la familia. Pero somos tan solo testigos en la sombra de los secretos anhelos que los demás miembros de la casa se conforman con imaginar y acallar forzosamente.

Una casa sin música, en la que los pequeños placeres cotidianos no tienen cabida y la belleza no logra imponerse a la utilidad. La sensibilidad y la emoción carecen de sentido para un padre que, sabiéndose superior a mujer e hijos, humilla y exige un hacer y conocer que satisfagan sus estándares de lo perfecto. La calidez del hogar la experimentan, por lo tanto, no cuando la familia está reunida, sino cuando el padre está ausente. Aliviada, la niña reconoce que solo entonces puede sacar del escondite sus secretos y dedicarse a aquellas actividades prohibidas que molestan al señor de la casa y con las que ella es realmente feliz.

La libertad se gana a pulso en un hogar cerrado y asfixiante que huele a opresión. El dinamismo narrativo que aporta el flujo de conciencia nos arrastra en ese túnel de experiencias que han abrumado y abruman la vida de la protagonista, y logran abrumar también a quienes leemos. Los ejemplos, de tan concretos, logran inquietarnos y ponen de manifiesto lo insostenible de una vida familiar en semejantes condiciones.

Como las valvas de los moluscos que contemplan mientras esperan, las tres conciencias se abren y las verdades silenciadas brotan, poco a poco, hasta que se preguntan por qué toleran todo aquello. El agotamiento vital puede más que el silencio impuesto a fuerza de miedo. Así, sabemos de la madre que «esa fue la primera vez en su vida que protestó». La rebeldía tantos años contenida se materializa en torno a la olla de mejillones augurando que, quizá, esa será la protesta definitiva.

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