Cubierta de 'El loco de Dios'
`El loco de Dios en el fin del mundo': Cercas, el soldado de Francisco
Un juicio anticlerical y laico a la Iglesia y al Papa Francisco que termina convertido en catequesis de gentiles
Seis meses han pasado desde que Javier Cercas (Cáceres, 1962) alumbró su libro sobre el difunto Papa Francisco. La novedad editorial está, pues, ya a la infinita distancia de un papado. Suficiente, por tanto, para evaluar el fenómeno.

Random House (2025). 485 páginas
El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo (Random House, 2025) fue el artefacto editorial perfecto: un libro sobre un Papa, sobre el Vaticano, sobre la Iglesia, escrito por un autor conocido, respetado, honesto, pero en las antípodas de la fe. Todas las entrevistas en el lanzamiento editorial, que fueron muchas, sobre el autor –perdón, sobre el libro–, exhibieron sus credenciales: «ateo confeso, anticlerical militante, laicista contumaz, racionalista impenitente». Nada nuevo si se pretende el enésimo ajuste de cuentas al clero. Lo más sorprendente de este libro es su origen. Fue el propio Vaticano quien propuso al autor que lo escribiera. «Se han vuelto ustedes locos», respondió en primera instancia el propio autor.
Pero el autor se lo pensó, y la providencia intervino: agendas, coincidencias, viajes a Roma. Al final, solo una condición para empezar: no condiciones. Un escenario exótico: acompañar a Francisco en su viaje a Mongolia (el fin del mundo, geográficamente hablando). Y un pretexto literario: Cercas quiere preguntar al Papa si su madre se reunirá con su padre en la vida eterna. Quiere llevarle el mensaje, para él sin sentido, que para ella es la razón de la vida. ¿Habrá resurrección? Intrépido Cercas: sin epopeya no hay viaje, y si no hay viaje, no hay epopeya. El perfecto artefacto editorial resulta que es un libro de viajes, y un ensayo, y una crónica, y un reportaje, y, a ratos, dos biografías. Cercas no sabe escribir sin Cercas en el texto, y que conste que no es malo, le da valor, pero a él debería darle miedo.
La Iglesia católica, siempre en el ojo del huracán, expuesta, juzgada, denunciada… se aprestaba voluntariamente al escrutinio, un examen motu proprio, abrir las puertas al juicio de un inquisidor laico. De locos. A san Francisco, autodenominado «el loco de Dios» (de ahí el título y puede que el nombre del Papa), le hubiera encantado. El acusador no persigue al acusado, se lo encuentra porque ha venido a ser examinado. Se entrega, ¿les suena?
Cercas hizo su viacrucis, con montones de entrevistas: con Antonio Spadaro, considerado el intelectual de cabecera de Francisco y director de La Civiltà Cattolica; con los prefectos Paolo Ruffini (Comunicación) y Víctor Manuel Fernández (Doctrina de la Fe); con vaticanistas experimentados como Lucio Brunelli y Gianni Valente; con el editor del periódico vaticano Andrea Tornielli; y con misioneros y fieles en Mongolia. Estación tras estación, Cercas preguntó, conversó, convivió. Y su honestidad le despojó de una docena de estereotipos. Encontraba humildad (ahora se llama autocrítica) donde esperaba defensa cerrada. Descubría anticlericales más anticlericales que él, vestidos con sotana. Cada conversación se convirtió en una catequesis sorprendente, que es como deben ser las catequesis. El santo estupor. Javier se dejó sorprender. Como cuenta él mismo, ya le advirtió su mujer: «A ver si te vas a convertir en un soldado de Francisco».
Estaciones del viacrucis de Cercas. Uno: la Iglesia mola, pero si solo hubiera misioneros, cree él, ya sería perfecta. Dos: esto no es una ONG, aunque los medios se empeñen en evaluarla así. No hay que ir hasta Mongolia para que una misionera te lo explique. El cura de tu barrio te lo podría haber dicho. Tres: la fe «es un superpoder» inexplicable. Cuatro: el Papa no es rupturista, no va a cambiar los fundamentos; al revés, está para que sean más fundamentales. Es más anticlerical que el autor, pero no quiere el fin del sacerdocio, sino todo lo contrario. Cinco: esto no funciona como las ideologías. Quiere una Iglesia horizontal, pero no asamblearia ni democrática. Seis: no se trata de adaptarse al mundo, sino, todo lo contrario, de huir de la mundanidad. Y así, un descubrimiento tras otro.
Pero a Cercas le traiciona la Razón, con mayúscula divinizada, esa ilustrada y jacobina, su religión inconsciente. Aunque su ateísmo no es beligerante, es casi un agnosticismo, y es sincero, se trata sencillamente de su identidad. Y, aunque se abre a todo y a todos, y escucha y dialoga, esa Razón le encierra en el último círculo invisible de su zona de comodidad. El autor se reconoce «incapaz de dar el salto mortal que exige la fe, la creencia en otra vida, sin la cual no hay cristiano ni cristianismo que valga». Ve un cristianismo real, no una burda parodia. Ha valido la pena.
Seis meses después, la pregunta es: ¿qué ha quedado del libro, tan vendido, tan criticado, tan alabado? La respuesta es que este libro sobre la Iglesia escrito por un ateo racionalista ha gustado mucho a los católicos y disgustado mucho a los más fervientes (¡ja!) enemigos declarados de la Iglesia. El gusto es proporcional a la humildad del lector cristiano. El inquisidor de Los hermanos Karamázov hubiera destinado a todos sus esbirros a quemar la tirada entera. El libro es, para muchos, una auténtica catequesis impartida por un ateo honesto. Al final, Cercas ha sido un soldado de Francisco. Dios escribe derecho con renglones torcidos.